Una persona puede captar a una víctima, pero necesita dónde llevarla. Puede trasladarla, pero necesita dónde esconderla. Puede explotarla, pero necesita clientes, contactos y lugares donde hacerlo sin levantar sospechas. Una red no funciona sola. Más de cuatro años después de la desaparición de Angie Peña, ocurrida en Roatán en enero de 2022, esa es una de las aristas más inquietantes que rodea el expediente.
No es solamente quién pudo llevársela, sino cuántas personas y recursos son necesarios para que funcione una estructura dedicada a la trata o explotación sexual.
El defensor de derechos humanos de Roatán, Miguel Tejada, puso sobre la mesa esa discusión al advertir que hablar de redes de trata en Islas de la Bahía no necesariamente significa imaginar una enorme organización criminal con decenas de integrantes.
Puede ser algo mucho menos visible y, precisamente por eso, difícil de detectar: personas cumpliendo pequeñas funciones dentro de una misma cadena.
Alguien capta, otro transporta, hay otro que proporciona un lugar y también otros que facilitan contactos y por último, alguien que cobra.
La advertencia adquiere mayor peso alrededor del caso Angie Peña, luego del asesinato de Dereck Mc Neal.
Mc Neal es señalado por Tejada como un testigo protegido que conoció desde dentro a personas relacionadas con la estructura que investigó y dio información al Ministerio Público.
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Angie Peña y las piezas que hacen funcionar una red
El planteamiento de Tejada desplaza la mirada desde los autores visibles hacia el engranaje que permitiría funcionar a una estructura de explotación.
¿Dónde permanece una víctima? ¿Quién facilita su traslado? ¿En qué vehículos se mueve? ¿Quién proporciona una vivienda o habitación? ¿Quién sabe lo que ocurre y permite que continúe?
No significa que propietarios de hoteles, viviendas, vehículos o establecimientos turísticos de Roatán estén involucrados automáticamente en actividades criminales.
Tampoco existen, con la información disponible, elementos para lanzar acusaciones generales contra esos sectores.
Lo que Tejada plantea es otra cosa: para explotar clandestinamente a una persona se necesita infraestructura y colaboración.
Por eso mencionó vehículos, hoteles, viviendas, establecimientos turísticos, resorts y otros inmuebles como espacios o recursos cuya eventual utilización debería formar parte de la mirada investigativa cuando se intenta reconstruir cómo opera una red.
La discusión alrededor de Angie Peña, entonces, deja de concentrarse únicamente en el punto donde desapareció: se extiende hacia quienes pudieron participar antes, durante o después.

No se necesita una gran mafia
Una de las ideas que Tejada desmonta es que detrás de cada caso de trata debe existir necesariamente una gigantesca organización internacional.
Una estructura pequeña también puede repartir funciones y una persona puede encargarse de captar mediante engaños.
Así, separados pueden parecer movimientos sin conexión, pero juntos pueden formar una cadena.
Esa fragmentación también complica las investigaciones porque no todos los participantes necesariamente tienen el mismo nivel de responsabilidad ni conocen la totalidad de la operación.
Tejada hizo además una distinción importante entre prostitución y explotación sexual.
Esta última implica situaciones en las que una persona puede ser sometida mediante amenazas, violencia, engaño, drogas, secuestro u otras formas de coerción.
El escenario resulta todavía más grave cuando las víctimas son niños, niñas o adolescentes.
Un testigo que habría conocido el engranaje
El asesinato de Dereck Mc Neal agrega una pieza especialmente delicada al escenario.
Tejada aseguró, en declaraciones a HRN, que Mc Neal no era simplemente una persona que escuchó rumores sobre lo que ocurría.
Según su versión, conoció desde dentro a personas relacionadas con la estructura investigada.
“Derek Mc Neal conoció esta red, sabía quiénes eran y se lo dijo al Ministerio Público”.
Tejada incluso afirmó que precisamente esa cercanía explica el valor de Mc Neal como testigo. “Él fue parte y conoció a lo interno esta red”, aseguró.
Según Tejada, proporcionó declaraciones, fotografías, videos, contactos y comunicaciones a las autoridades.
Parte de esa información, sostuvo, se incorporó mediante mecanismos de prueba anticipada.
Si esa versión se confirma, la muerte de Mc Neal no necesariamente significaría la desaparición de todo lo que sabía.

El asesinato que golpeó la confianza
La muerte de Mc Neal también abrió otro frente: la protección que reciben quienes aceptan colaborar en investigaciones de alto riesgo.
Tejada cuestionó que un testigo vinculado a una causa de esta naturaleza pudiera permanecer expuesto pese a la información que supuestamente proporcionó.
Aseguró que Mc Neal no contó permanentemente con un agente policial para resguardarlo.
Además cuestionó la efectividad de mecanismos que, según describió, dependen de que la propia persona solicite auxilio cuando se encuentra en peligro.
Para el defensor, el problema trasciende a una víctima y el asesinato puede convertirse en un mensaje para quienes todavía poseen información y deben decidir si confían en las autoridades para entregarla.
De una moto acuática a una investigación mucho mayor
Angie Peña desapareció en enero de 2022 mientras utilizaba una moto acuática en el sector de West Bay, Roatán.
Durante los primeros momentos, una de las hipótesis fue que sufrió un accidente en el mar. Su familia, sin embargo, continuó buscándola y exigiendo respuestas.
Con el paso de los años, el expediente adquirió dimensiones mucho más complejas y las investigaciones también contemplaron la posibilidad de una estructura criminal.
Tejada asegura que el Ministerio Público posee información de las investigaciones, incluidos testimonios y material que permitiría seguir diferentes líneas.
El defensor afirmó que existirían indicios de que Angie podría permanecer con vida y que existió comunicación con una persona que actuaría como negociador.
Según su versión, incluso habría una supuesta “prueba de vida” de hace algunos meses.

El caso Angie Peña ya apunta más allá de Angie
Buscar a Angie comenzó con una moto acuática desaparecida en el Caribe hondureño. Más de cuatro años después, las interrogantes alcanzan terrenos mucho más profundos.
Ya no es únicamente de reconstruir qué ocurrió aquel día en West Bay. Las declaraciones de Tejada obligan a mirar hacia las personas, lugares y recursos.
Es ver la eventual estructura de trata o explotación y cómo funcionó sin ser descubierta.
El caso Angie Peña mantiene una pregunta central sin respuesta —dónde está Angie—, pero alrededor de esa ausencia ahora emerge otra investigación.
Y es: quiénes permitieron que una presunta red funcionara en Roatán y hasta dónde alcanzaron sus conexiones.
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