No fue quien disparó ni quien dio la orden. Pero, según la acusación del Ministerio Público, sin “La Santera” el crimen no habría ocurrido.
En los barrios donde la pandilla manda, la muerte no siempre llega de frente. A veces llega disfrazada de rutina, de mirada silenciosa, de alguien que observa sin levantar sospechas.
Esa figura —discreta, casi invisible— es la que ahora las autoridades colocan en el centro de este caso.
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"La Santera" y una captura que rompe el silencio
La mujer, de 38 años, fue capturada en la colonia La Cañada, en Comayagüela, durante una operación de inteligencia ejecutada por agentes de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI).
Sobre ella pesaba una orden de captura emitida el 18 de marzo de 2026 por el Juzgado de Letras Penal con Competencia Nacional en Materia de Criminalidad Organizada, Medio Ambiente y Corrupción.
No era una detención cualquiera. Su nombre ya estaba atado a un expediente que llevaba años abierto y que apuntaba a un crimen que, según los investigadores, no fue improvisado.
El seguimiento que terminó en muerte
El caso se remonta al 6 de agosto de 2021, cuando el adolescente Emerson Isaac Ponce Elvir, de 17 años, fue localizado sin vida tras haber sido previamente vigilado.
El crimen, según las investigaciones, no ocurrió de forma aislada. Se movió entre la colonia La Joya y la residencial Los Tulipanes, en Tegucigalpa, dos puntos que quedaron marcados dentro de la ruta que siguieron los implicados.
Un día antes, el 5 de agosto de 2021, ya se había activado la orden. De acuerdo con el expediente, Johnny Ariel López Mejía recibió un mensaje vía WhatsApp desde un contacto identificado como “Gringo el chele Orlin”, en el que se le instruía ejecutar el asesinato.
A partir de ahí, la estructura se movió. Y es en ese engranaje donde, según la acusación, aparece “La Santera”, cumpliendo el rol de ubicar, seguir y entregar información clave sobre la víctima.
Una estructura que no improvisa
Las autoridades sostienen que la imputada actuaba en coordinación con miembros de la Pandilla 18, dentro de una estructura que distribuye tareas con precisión.
Mientras unos ejecutan, otros observan. Mientras unos atacan, otros preparan el terreno.
En esa lógica, el perfilamiento de la víctima no es un detalle menor: es el punto de partida de un crimen planificado, donde cada pieza cumple un rol definido y consciente.

La Cañada, más que un escondite
Según las investigaciones, la mujer había establecido su residencia en la colonia La Cañada no solo como lugar de vivienda, sino como punto de operación.
Desde ahí —sostienen los investigadores— "se coordinaban acciones, se compartía información y se facilitaban actividades ilícitas que golpean directamente la seguridad en la zona".
En territorios marcados por la presencia de pandillas, vivir en un lugar no siempre significa pertenecer a él. A veces significa controlarlo.
La pieza que no se ve
La captura de “La Santera” vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: los crímenes no siempre comienzan con un arma, sino con información.
Con alguien que observa, que sigue, que entrega. Porque en ese engranaje silencioso, donde cada rol parece pequeño, hay piezas que no se ven… pero sin ellas, el crimen simplemente no ocurre.
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