A tres horas de Tegucigalpa, los caminos hacia Curarén —al sur del departamento de Francisco Morazán— se retuercen entre montañas pálidas y ríos que ya no corren. Allí, en la aldea de San Marcos, la vida gira alrededor de una palabra que cada vez pesa más: sequía.

Durante generaciones, la tierra fue generosa. Los campesinos sembraban con el primer aguacero de abril y agradecían la cosecha en noviembre.

Pero desde hace años, las nubes pasan sin dejar agua, los cultivos se pierden y el futuro parece marchitarse junto al maíz.

José García, agricultor lenca, lo dice con resignación a Conexión Migrante: “Antes el invierno era bueno, ahora uno ya no sabe cuándo va a llover. A veces no llega nunca”.

Esa incertidumbre cambió la historia del pueblo. Donde antes había siembra, ahora hay abandono. Donde antes se hablaba de cosechas, hoy se habla de partir.

Sequía y el hambre que viaja más rápido que la lluvia

La sequía no solo mata la milpa, también el ánimo. En San Marcos, el campo se vacía y las cocinas se enfrían.

Lo poco que se logra cosechar se lo lleva el viento o se pudre por exceso de lluvia cuando el clima decide vengarse.

Irma Sánchez lo sabe. Cada mañana mira el suelo agrietado frente a su casa y calcula cuántos días podrá alimentar a sus tres hijos.

Su esposo, Manuel, partió hace meses a trabajar cortando café. “Uno se acostumbra a quedarse sola”, dice sin dramatismo, como quien ya lloró demasiado. “Pero si él no se va, los niños no comen”.

En el sur, la economía depende del cielo. Un invierno corto puede destruir la siembra y arrastrar a miles a la miseria.

En 2023, más de 2.4 millones de hondureños enfrentaron inseguridad alimentaria. En aldeas del Corredor Seco, el precio del frijol se desploma cuando hay abundancia, pero se dispara cuando la lluvia falla. Cada tormenta o sequía dicta el precio del hambre.

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Migrar o morir: la nueva normalidad del Corredor Seco

En las comunidades rurales del sur, migrar se volvió una estrategia de supervivencia.

Primero se iban por semanas, luego por meses, y ahora ya no vuelven. Las casas cerradas hablan de un éxodo lento, silencioso, pero constante.

“Antes la gente se iba a cortar café, ahora se van todos”, explica Irma. “Si queda alguien, es el abuelo que ya no puede caminar.”

Niños de siete años llevan botas de hule y gumbos para trabajar junto a sus padres.

Según estudios del CIAT y la Alianza Biodiversity, las sequías prolongadas han cambiado la estructura familiar: los hombres migran hacia Choluteca o Comayagua; las mujeres, hacia Tegucigalpa o al extranjero; los niños, hacia la finca más cercana.

La sequía, sin saberlo, está vaciando generaciones enteras. El 22 % de los hogares hondureños ya tiene un miembro viviendo fuera del país. Las remesas que envían mantienen a flote los pueblos que el clima dejó atrás.

La sequía también tiene rostro de mujer

En el Corredor Seco, las mujeres se quedan a resistir. Mientras los hombres buscan empleo temporal, ellas cargan con los hijos, los enfermos y el peso del agua que cada vez está más lejos.

Los estudios de ONU Mujeres y el CGIAR lo confirman: cuando las cosechas se pierden, aumenta la violencia doméstica y la pobreza se feminiza.

En Choluteca, seis de cada diez mujeres viven en una fase crítica de hambre, mucho más que los hombres.

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En las cocinas de barro del sur, ellas aprenden a estirar el maíz hasta el último grano. Algunas, cuando ya no hay nada más que repartir, también deciden marcharse.

La sequía está dejando a Honduras sin agricultores, sin aldeas y sin memoria rural. Cada parcela abandonada es un pedazo del país que se apaga.

En el sur de Honduras, donde el sol no da tregua, cada semilla es un acto de esperanza.Y cada gota de lluvia, una bendición que ya casi nadie ve caer.