La música, las bebidas y la conversación se detuvieron cuando una camioneta blanca irrumpió en la calle de tierra de la colonia Altos de Loarque, al sur de la capital. Eran alrededor de la 1:30 de la madrugada del 14 de agosto de 2016 y nadie imaginó que quienes descendían del vehículo no llegaban para realizar un operativo policial, sino para perpetrar la masacre de Altos de Loarque, una de las más impactantes de aquel año.
Vestidos de civil, con chalecos antibalas similares a los utilizados por cuerpos de seguridad y armados con fusiles, tres hombres obligaron a los jóvenes a levantar las manos.
La escena parecía un registro rutinario, les exigieron sus documentos de identidad y varias de las víctimas respondieron que no eran delincuentes, sino trabajadores del transporte urbano, conocidos como "rapiditos".
Durante unos segundos todo pareció un procedimiento normal, pero después comenzó la ejecución.
Los atacantes obligaron a los ocho hombres a colocarse boca abajo y abrieron fuego hasta asegurarse de que ninguno sobreviviera.
Cuando los asesinos escaparon, dejaron la calle convertida en un escenario de guerra.
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La masacre de Loarque dejó ocho víctimas
Las víctimas fueron identificadas como Jason y Javier Villafranca, quienes eran primos; Sergio Sánchez; Walter Vásquez, de 20 años; Marco Antonio Sarmiento, padre de dos niñas; Denis Martínez; Josué Martínez y David Alejandro Castro Lanza.
Familiares llegaron minutos después para enfrentarse a una escena que cambiaría sus vidas para siempre.
La calle frente a la pulpería Meilyn y al billar Vindel quedó cubierta por rastros de sangre y decenas de evidencias balísticas.
Los equipos forenses contabilizaron 74 casquillos de bala en el lugar, una cifra que reflejó la violencia con la que actuó el comando armado.

Cinco tenían antecedentes policiales
Las investigaciones iniciales establecieron que cinco de los ocho fallecidos tenían antecedentes policiales por distintos delitos, entre ellos violencia doméstica, escándalo en la vía pública y tráfico de drogas.
Según la Policía, a uno de ellos lo detuvieron en ocho ocasiones y otro había recuperado su libertad pocos días antes de la matanza. Las otras tres víctimas no tenían registro policial.

La hipótesis que manejó la Policía
Horas después del crimen, la Policía sostuvo como principal hipótesis una disputa entre estructuras criminales.
Los investigadores relacionaron la masacre con un enfrentamiento ocurrido ese mismo día en la colonia La Rosa de Comayagüela.
En esa masacre tres personas murieron y la teoría apuntó a una posible represalia dentro de la lucha por el control territorial entre pandillas.
Sin embargo, con el paso de los años el caso nunca se convirtió en un ejemplo de justicia.
La ejecución de Altos de Loarque permanece como uno de los episodios que evidenció la facilidad con la que grupos armados suplantaron a las autoridades.
Esas redes engañaron a sus víctimas durante unos segundos y convirtieron una celebración de madrugada en una escena de horror que marcó para siempre a ocho familias hondureñas.
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