La historia que la Fiscalía intenta probar no se cuenta con palabras, sino con imágenes. Veintisiete videos, recopilados a lo largo de la isla, dibujan un recorrido que —según la acusación— no deja vacíos.
En esas grabaciones aparece Gilbert Reyes junto a las tres víctimas: Dione Beatriz Solórzano, Nikendra McCoy y María Antonia Cruz.
La ruta inicia en Oakridge, atraviesa Coxen Hole y termina en French Key, el mismo punto donde luego aparecería el vehículo con los cuerpos.
Las cámaras no solo lo ubican antes del crimen, también lo siguen después. Cerca de las seis de la mañana, las imágenes lo muestran saliendo del lugar, moviéndose hacia una estación de combustible.
Luego al aeropuerto, pasando por migración y finalmente abordando un vuelo que lo saca de Roatán.
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Gilbert Reyes y los disparos desde el asiento del conductor
La prueba pericial apunta a un espacio cerrado: el interior del vehículo. El análisis balístico, presentado por expertos, concluye que los disparos se realizaron desde la posición del conductor y a corta distancia.
La trayectoria de los proyectiles y la ubicación de las lesiones —según la Fiscalía— no dejan margen para otra lectura dentro de la escena.
En el caso de Dione Solórzano, la acusación va más allá, uno de los disparos fue de contacto, a quemarropa, evidenciado por los patrones en la herida. No fue distancia, fue una proximidad absoluta.

Teléfonos que hablan y silencios que pesan
La reconstrucción no se limita a lo visible, también se sostiene en lo que registran los dispositivos.
El análisis de telefonía ubica a las víctimas en los mismos sectores que captaron las cámaras.
Sus teléfonos marcan desplazamientos coincidentes con el día de los hechos y, después, permanecen en la zona donde fueron encontradas.
Pero hay otro dato que la Fiscalía subraya: el teléfono de Reyes deja de emitir señal alrededor del mediodía. Un silencio que, dentro de la línea temporal, se vuelve parte del relato acusatorio.
El chaleco y las micro salpicaduras
Entre la evidencia física, hay una prenda que concentra atención: un chaleco que, según la acusación, vestía el imputado ese día.
Los análisis revelan manchas de sangre en forma de salpicadura, no de goteo. Los peritos explicaron que ese patrón es compatible con disparos efectuados con un revólver calibre .38 especial, arma que genera micro partículas al momento del disparo.
Esas salpicaduras aparecen en el lado derecho del chaleco, coincidiendo —según la Fiscalía— con la posición desde la cual se habrían realizado los disparos.
Búsquedas previas y una imagen en el celular
El teléfono de Reyes añade otra capa a la acusación, los peritos extrajeron más de 24 búsquedas realizadas meses antes en páginas oficiales del Ministerio Público y del Poder Judicial, todas relacionadas con su nombre y el caso.
A eso se suma la presencia de una fotografía de un arma de fuego en el dispositivo, esa es una pieza más en la narrativa que la Fiscalía intenta sostener ante el tribunal.
Lo que aún falta en el rompecabezas
Aunque la mayor parte de la prueba ya se evacuó, la Fiscalía aún espera incorporar elementos clave.
Entre ellos, una pericia de reconocimiento físico basada en tatuajes y rasgos corporales, con el objetivo de confirmar la identidad del imputado en los registros audiovisuales.
También está pendiente la declaración de un testigo considerado relevante, esas son las piezas finales para cerrar un caso que ya fue armado en su estructura principal.
Una historia reconstruida sin margen de escape
No es una confesión, tampoco un testimonio único. Es, según la Fiscalía, una cadena, una secuencia donde las cámaras marcan el camino, la balística fija la posición, los teléfonos delimitan el tiempo y la sangre dibuja la escena.
La defensa tendrá que romper ese hilo pieza por pieza. Porque si la estructura se sostiene, lo que queda no es una duda.
Es una reconstrucción completa que coloca a Gilbert Reyes —según la acusación— en cada tramo del crimen y en la ruta de salida que vino después.
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