En Los Amates, Izabal, frontera caliente que divide a Honduras y Guatemala, hubo un tiempo en que la línea entre ambos países dejó de pertenecer al Estado.

Los mapas seguían diciendo que aquello era territorio soberano, pero en la práctica quienes controlaron los caminos, los pasos ciegos y el silencio de las comunidades eran las estructuras dedicadas al narcotráfico.

Los Amates, Izabal, se convirtió desde inicios de los años 2000 en una pieza estratégica dentro del corredor narco hondureño.

No era un punto cualquiera, era un territorio diseñado por la geografía para esconder movimientos ilícitos y por el abandono estatal para facilitar operaciones clandestinas. Allí, entre montañas, fincas y caminos de tierra, el flujo de droga se volvió constante.

Agentes de inteligencia consultados por tunota sostienen que organizaciones criminales utilizaron esa zona fronteriza para recibir cargamentos procedentes de Sudamérica.

En ese punto los movieron vía terrestre hacia otros puntos de Centroamérica con destino final en Estados Unidos.

Pero la operación no se sostenía únicamente con hombres armados o vehículos cargados de cocaína.

Lo que existía era una red perfectamente articulada que mezclaba control territorial, logística y dominio social.

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Antes de Los Amates, trancas, vigilancia y tierras partidas

El corredor funcionó porque las estructuras criminales entendieron algo antes que las autoridades: quien controló esa frontera controló una parte del tráfico regional.

Por eso comenzaron a instalar trancas clandestinas en caminos estratégicos, no eran retenes oficiales.

Eran puntos de control para vigilar quién entraba, quién salía y qué se movía por la zona, todo pasaba bajo observación.

En varias áreas fronterizas, según las pesquisas, los grupos criminales también comenzaron a interesarse por propiedades ubicadas exactamente entre Honduras y Guatemala.

Terrenos con una peculiaridad clave para las operaciones ilícitas: una parte estaba en territorio hondureño y otra en suelo guatemalteco.

operativos
Los operativos en los puntos ciegos entre Honduras y Guatemala son escasos. Foto: cortesía.

Las bondades del paso fronterizo

Aquello ofrecía ventajas logísticas y de escape. Si detectan la operación de un lado de la frontera, bastó con cruzar unos metros para complicar cualquier persecución. La frontera dejó de ser un límite; se convirtió en una herramienta criminal.

Comunidades como La Playona, en El Paraíso, Copán, y El Refugio, en Los Amates, Izabal, comenzaron a aparecer en informes de inteligencia como puntos utilizados para almacenamiento temporal y redistribución de droga.

La cocaína permanecía allí el tiempo suficiente antes de seguir ruta hacia otros territorios controlados por coordinadores terrestres.

Esos eran los encargados de garantizar que los cargamentos atravesaran carreteras, retenes y zonas bajo disputa.

El hombre que movía las piezas en Guatemala

Dentro de esa estructura, uno de los personajes que aparece en las investigaciones era conocido con los alias de “Comandante” o “Guerrillero”.

Según los reportes, era el encargado de dirigir y supervisar las operaciones en territorio guatemalteco.

Coordinaba envíos, manejaba recursos y mantenía comunicación con colaboradores que aseguraban el movimiento de la droga por la frontera.

Las investigaciones apuntan que la estructura operó mediante conexiones locales e internacionales, utilizó redes en ambos países para mantener activo el corredor.

A Ortiz lo capturaron el 15 de septiembre de 2025 en Ixcán, Quiché, pero para entonces el corredor llevaba años funcionando como una maquinaria aceitada por el dinero del narcotráfico.

puntos ciegos
En 2015, las Fuerzas Armadas intentaron destruir el paso por los puntos ciegos y evitar las rutas de los ilícitos. Foto: cortesía.

El corredor que sobrevivió al tiempo

La historia de Los Amates y la frontera con Copán es también la historia de cómo el narcotráfico aprendió a incrustarse en territorios olvidados.

Mientras las autoridades enfocaron operaciones en grandes capos o cargamentos millonarios, en la frontera se consolidaron estructuras más silenciosas.

Eran hombres que cuidaron caminos, coordinadores que garantizaron paso seguro, comunidades atrapadas entre el miedo y el dinero ilícito.

Porque en esa frontera, donde Honduras y Guatemala se tocan entre montañas y caminos de tierra, el narco entendió hace años que controlar el territorio era mucho más valioso que esconder la droga.

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