Cuando una montaña se desploma sobre oficinas llenas de trabajadores, cuando una niña desaparece bajo grava o cuando el fuego amenaza con devorar la vida de decenas de personas, los bomberos son quienes deben avanzar mientras todos retroceden.
Lo que pocas personas ven es que detrás del uniforme no hay máquinas entrenadas para soportarlo todo. Hay padres, esposos, hijos: hombres que cargan imágenes que nunca desaparecen y aprenden a controlar el miedo, pero no a dejar de sentirlo.
Eso lo sabe el mayor Sergio Madrid, quien lleva 36 años enfrentando tragedias en Honduras.
Sergio es integrante del equipo internacional USAR Catrachos y fue el oficial que asumió la responsabilidad de dirigir una de las operaciones más complejas de los últimos tiempos: el rescate de las víctimas del derrumbe en las bodegas de Loarque.
Su voz transmite serenidad cuando habla de rescates, pero se quiebra cuando habla de las personas que quedaron bajo los escombros.
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Bomberos y fe: el motor que impulsa cada rescate
Madrid asegura que ninguna emergencia comienza con maquinaria pesada, empieza con una oración.
"Cuando uno se encomienda a Jesucristo, las cosas salen de la mejor manera posible porque el tiempo de Dios es perfecto", afirma a tunota.com.
Durante los últimos meses enfrentó cuatro emergencias que marcaron profundamente su vida: el accidente de una volqueta en la colonia Villa Nueva, el incendio del mercado Galindo, el accidente donde murieron siete policías y la tragedia de Loarque.
En todas, asegura, encontró dirección en la fe. "La mano poderosa de Jesucristo estuvo con nosotros en todos estos momentos", sostiene.
Más de una vez algunos compañeros le preguntaron cómo podía estar tan seguro de ciertos puntos de búsqueda cuando las evidencias parecían apuntar hacia otro lugar.
Su respuesta siempre fue la misma. "Yo tengo fe de que esa persona está en ese lugar porque así el Señor me lo ha indicado a mí".

La búsqueda de Karen Girón entre los escombros de Loarque
La emergencia en Loarque puso a prueba la resistencia física y emocional de todos los rescatistas.
Durante más de 40 horas trabajaron sin descanso entre tierra, concreto, hierro retorcido y estructuras inestables mientras las familias aguardaban noticias sobre sus seres queridos.
Cuando gran parte del material se removió y las labores se concentraron en una de las pocas áreas pendientes de inspección, Madrid decidió apartarse unos minutos del operativo.
Necesitaba un momento de silencio en medio del ruido constante de las máquinas y los equipos de rescate.
Allí, sentado a solas, hizo una oración. “Le dije a Dios, si está con vida, es tu decisión, pero si es el cuerpo de ella, danos una pista donde podemos encontrarla”.
Poco después reanudaron la búsqueda, Madrid dice que los caninos especializados marcaron una señal en una zona específica.
Posteriormente, los equipos tecnológicos reforzaron ese indicio y los rescatistas continuaron trabajando en el sector. Finalmente, Madrid señaló un punto concreto dentro de la estructura.
“Les dije: ella tiene que estar en la caja de gradas”. Fue allí donde encontraron a Karen Girón.
El oficial recuerda aquel momento con especial intensidad. No solo por el hallazgo, sino porque aquel lugar terminó adquiriendo un significado personal durante la emergencia. “En ese lugar Dios me dio dirección”, asegura.

Cuando el peso de las tragedias se vuelve personal
Aunque el uniforme obliga a mantener la serenidad frente a las cámaras y ante los equipos de trabajo, Madrid reconoce que hubo momentos en los que la carga emocional fue demasiado pesada.
“Sentí impotencia en un momento, pero la fe a mi Señor Jesucristo me dio fortaleza, me limpié las lágrimas y continué con el trabajo”, relata.
Las horas transcurridas en Loarque estuvieron marcadas por imágenes difíciles de olvidar.
Cada víctima tenía una historia, una familia y personas esperando respuestas al otro lado del perímetro de seguridad.
“Son escenas tristes porque detrás de esas personas había hijos, padres, hermanos, esposos”, reflexiona.
Uno de los episodios que más lo impactó ocurrió durante uno de los pocos descansos que pudo tomar.
Mientras revisaba su teléfono celular encontró una publicación en redes sociales donde habían recreado mediante inteligencia artificial la imagen de una de las víctimas que seguían buscando.
Aquello lo golpeó profundamente. “Me tocó el corazón”, recuerda y fue entonces cuando volvió al sitio donde acostumbraba sentarse durante la operación para orar y pedir dirección.
Con el paso de las horas, aquel rincón entre los escombros se convirtió en un espacio íntimo de reflexión. “Ese era mi altar de adoración en ese momento”, cuenta.

El rescate de Villa Nueva que terminó en lágrimas
De todas las emergencias que ha enfrentado, existe una que todavía le cuesta recordar sin emocionarse.
Se trata del rescate de una niña atrapada bajo una volqueta y toneladas de grava en la colonia Villa Nueva.
Mientras avanzaban las labores de búsqueda, contó que muchas personas consideraban que la menor podía encontrarse en otro lugar. Sin embargo, Madrid insistía en que permanecía bajo la estructura.
“Yo les dije que tenía fe y que sabía que la niña estaba abajo de la volqueta y de la grava”.
Cuando finalmente lograron encontrarla, la tensión acumulada durante horas terminó desbordándolo. “Lloré después de que sacamos a la niña porque yo tengo una hija de casi la misma edad”.
La experiencia profesional, el entrenamiento y los años de servicio no lograron borrar la reacción de un padre que veía reflejada a su propia hija en aquella tragedia.

La familia que también espera cada vez que suena una alarma
Durante las más de 40 horas que permaneció trabajando en Loarque, Madrid apenas tuvo tiempo para comunicarse con su esposa y sus dos hijas.
Mientras él dirigía una de las operaciones más complejas de los últimos años, su familia esperaba noticias desde casa.
“Ellas me decían que parecía que era más de un mes que yo no me había comunicado con ellas”, recuerda.
Entre todas las conversaciones hubo una que quedó grabada en su memoria. “Papi, cuídate, porque nosotros te queremos aquí en casa”, le dijo su hija mayor.
Esa frase lo acompañó durante el resto de la emergencia y le recordó que, mientras él buscaba devolver tranquilidad a otras familias, la suya también vivía con preocupación cada hora de silencio.

El lado humano de los bomberos
Madrid asegura que los bomberos reciben preparación psicológica y entrenamiento especializado para enfrentar situaciones extremas. Sin embargo, admite que el miedo nunca desaparece completamente.
“Siempre existe temor, pero nos impulsa más la adrenalina de salvar personas y ofrendar nuestra propia vida”, afirma.
Esa convicción es la que lo mantiene durante 36 años dentro de una profesión donde cada llamada puede convertirse en una lucha contra el tiempo.
Cuando la operación en Loarque finalmente terminó, regresó a casa agotado física y emocionalmente. Lo primero que hizo no fue descansar ni dormir, buscó a su esposa y a sus hijas para abrazarlas.
“Lo primerito que hice al llegar a casa fue abrazar a mi esposa, abrazar a mis hijas. Y yo les dije: gloria a Dios que pudimos hacer el trabajo”.
Después de más de tres décadas enfrentando incendios, derrumbes y rescates imposibles, Sergio Madrid sigue convencido de que cada emergencia exige entregar el ciento por ciento.
Pero también sabe que detrás de cada casco hay seres humanos que cargan el peso de historias que nunca olvidarán.
Por eso no tiene problema en admitir algo que pocas veces se escucha de quienes dedican su vida a salvar a otros: los bomberos también lloran.
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