Eran las 11:55 de la mañana del 24 de noviembre de 2015 y en la terminal de rapiditos de la colonia Cerro Verde, sector López Arellano, nada advertía que estaba por comenzar una masacre.

Había cerca de 50 buses estacionados y más de 100 personas dentro del predio, entonces aparecieron dos vehículos.

Uno era una camioneta azul y el otro un pick-up negro, testigos contarían después que ambos pasaron primero rumbo al centro de la colonia y poco después regresaron.

Esta vez entraron a la terminal, avanzaron unos metros y dieron vuelta rápidamente hasta quedar estacionados en posición de salida y las puertas se abrieron.

Ocho hombres descendieron con los rostros cubiertos, pero había un detalle que podía confundir a cualquiera que los observara durante aquellos primeros segundos: llevaban chalecos antibalas con distintivos de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI).

Pero no llegaron a realizar un operativo, esos hombres llegaron a matar.

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Masacre en Cerro Verde: ocho hombres quedaron muertos

Los atacantes comenzaron a disparar contra motoristas, ayudantes y despachadores ubicados en diferentes puntos de la terminal.

No permanecieron juntos, según los relatos recabados después del crimen, se distribuyeron por el predio mientras ejecutaban el ataque.

Un grupo se dirigió hacia un rapidito que estaba listo para salir en ruta, allí se encontraban varias de las víctimas.

Otro de los atacantes fue hacia una unidad donde estaba uno de los motoristas y los demás avanzaron hasta una galera cercana a la oficina utilizada por los despachadores.

La terminal, que apenas unos momentos antes estaba llena de conversaciones, almuerzos y trabajadores preparando sus unidades, se convirtió en escenario de una masacre.

Ocho hombres murieron, tres eran ayudantes: José Omar Ruiz, de 21 años; Rubén Darío López Matamoros, de 23, conocido como “Guatío”, y Miguel Antonio Gonzales, de 22.

Otros tres eran motoristas: Franco Enrique Sarmiento Maldonado, de 22 años, conocido como “Sirenita”; Gerardo Enrique Fúnez, de 35, alias “El Guato”, y Gerardo Dubón, de 28.

Los despachadores Wilson Omar García, de 32 años, y German Ulises Vásquez, de 34, completaron la lista de ocho víctimas.

Eran trabajadores de una terminal que aquella mañana terminó atrapada en una violencia que, según las primeras investigaciones policiales, se relacionó con la extorsión.

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Una unidad de rapidito quedó en medio de la escena tras la masacre ocurrida en la terminal de Cerro Verde, donde ocho trabajadores del transporte fueron asesinados. Foto: redes sociales.

Los atacantes habían preparado hasta la salida

Hay un detalle de la reconstrucción que muestra cómo actuaron los hombres que irrumpieron en Cerro Verde.

Los vehículos se colocaron en posición de salida antes de que los encapuchados descendieran.

Cuando terminó el ataque, no tuvieron que maniobrar para escapar, solo subieron nuevamente a la camioneta azul y al pick-up negro y huyeron de la terminal.

Atrás quedaron ocho trabajadores muertos y decenas de personas que presenciaron el ataque.

También quedó una pregunta entre quienes trabajaban en el lugar: ¿cómo había podido ocurrir semejante despliegue tan cerca de una posta policial?

Según denunciaron motoristas y ayudantes en aquel momento, había una instalación policial aproximadamente a cuadra y media de la terminal.

Aun así, reclamaron que no hubo una reacción que permitiera detener a los responsables.

La extorsión apareció detrás de la masacre

Las primeras pesquisas pusieron la mirada sobre las pandillas y el llamado “impuesto de guerra”.

La Policía Nacional manejó inicialmente la hipótesis de que el ataque se trató de una represalia vinculada con el cobro de extorsión.

Las averiguaciones establecían que cuatro empresas de rapiditos que operaban en aquel plantel pagaban extorsión en la terminal que tenían en San Pedro Sula, pero supuestamente no lo hacían en Cerro Verde.

Los investigadores consideraron entonces que una estructura criminal de la zona pudo haber utilizado la masacre como represalia, pero no era la única línea.

También se investigaba si detrás de las ocho muertes había una disputa territorial entre grupos criminales.

En cualquiera de las dos hipótesis había un elemento común: el transporte público quedó atrapado en medio de estructuras que pretendían imponer control mediante violencia y miedo.

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Familiares de las víctimas se abrazan entre lágrimas tras conocer la magnitud de la masacre ocurrida en la terminal de rapiditos de Cerro Verde. Foto: redes sociales.

Los falsos chalecos de la DPI

La masacre de Cerro Verde dejó una escena difícil de olvidar por la cantidad de víctimas, pero también por la forma en que llegaron sus atacantes.

No irrumpieron únicamente encapuchados, llevaban chalecos con distintivos de una institución policial.

A las 11:55 de aquella mañana, quienes estaban en la terminal pudieron haber visto aquellos chalecos y pensado durante unos segundos que se trataba de agentes.

La verdad apareció cuando los hombres descendieron de los vehículos, los chalecos decían DPI.

Quienes los llevaban habían llegado a dejar ocho muertos. A casi once años, aquella contradicción es una de las imágenes más perturbadoras del caso.

Los distintivos eran de la Policía, pero quienes los llevaban eran los hombres que llegaron a matar, pero según la propia Policía, no eran sus agentes.

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