La cocaína podía llegar desde el cielo y terminar nuevamente sobre el agua, entre ambos puntos había pistas clandestinas, lugares para recibir cargamentos, movimientos por tierra, lanchas rápidas y contactos fuera de Honduras. En medio de ese engranaje aparece un nombre que las autoridades investigan desde hace más de una década: “Los Coleman”.
No eran, según las líneas de investigación, simples receptores de droga. El grupo construyó una maquinaria capaz de conectar las rutas de Suramérica con el Caribe hondureño y, desde allí, continuar empujando cargamentos hacia Estados Unidos.
Para entender quiénes son “Los Coleman” hay que seguir la cocaína.
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"Los Coleman", una estructura bajo la lupa desde 2014
La historia que las autoridades intentan reconstruir no comenzó con los ocho allanamientos ejecutados recientemente en Cortés.
El Ministerio Público sostiene que “Los Coleman” son investigados desde 2014, tiempo durante el cual se documentó su presunta participación en actividades relacionadas con el crimen organizado.
Pero alrededor de la estructura también existen investigaciones por presunto sicariato, almacenamiento de drogas y posesión de armas y municiones de uso prohibido.
Su dimensión, sin embargo, se entiende mejor al mirar más allá de Honduras. Según las autoridades, “Los Coleman” mantenían conexiones con organizaciones criminales establecidas en Colombia y México.
Esos vínculos habrían permitido que el grupo se insertara en una cadena mucho más grande que ellos mismos.
Una cadena que comenzó en Suramérica y terminó miles de kilómetros después, en Estados Unidos.
El primer engranaje: las pistas clandestinas
Uno de los lugares que aparece marcado en la investigación es El Remolino, Baracoa, Cortés.
Allí, según el Ministerio Público, “Los Coleman” utilizaron pistas clandestinas para recibir aeronaves procedentes de Suramérica cargadas con droga.
Era el primer gran movimiento de la maquinaria y los cargamentos aterrizaban en Honduras, pero todavía tenían mucho camino por recorrer.
Una vez descargada, la droga presuntamente era movilizada mediante una estructura logística hacia diferentes puntos del litoral atlántico. Honduras no era el destino, era el puente.
Del avión a las lanchas
Después de tocar tierra, el mar volvía a entrar en el negocio. Las investigaciones señalan que “Los Coleman” utilizaban lanchas rápidas para mover cargamentos por vía marítima, aprovechando las condiciones geográficas de la costa norte.
Así, la estructura podía combinar diferentes modalidades de transporte dentro de una misma operación: primero el avión, después la tierra y finalmente, otra vez el Caribe.
Las lanchas permitían que los cargamentos avanzaran hacia otras rutas internacionales utilizadas para llevar cocaína rumbo a Estados Unidos.
Esa capacidad de cambiar de transporte sin romper la cadena ayuda a explicar el papel que las autoridades atribuyen a “Los Coleman”.
No necesitaban producir la cocaína, tampoco venderla directamente en las calles estadounidenses.
Su negocio estuvo en algo igual de importante para el narcotráfico: recibirla, moverla y ponerla nuevamente en ruta.

El engranaje colombiano y mexicano
Pero pistas y lanchas servían de poco sin alguien colocando la droga en un extremo y otra estructura esperando recibirla más adelante.
Allí aparecen las conexiones internacionales, el Ministerio Público asegura que “Los Coleman” mantenían vínculos con organizaciones criminales de Colombia y México, lo que fortaleció su capacidad operativa.
Colombia aparece dentro del entramado suramericano desde donde procedían la cocaína, Honduras funcionó como territorio de recepción y tránsito y las conexiones mexicanas formaron parte de una cadena que empujó la droga hacia el norte.
Y al final de ese recorrido está Estados Unidos, “Los Coleman” encontraron su lugar justamente en medio de esos mundos.
Una maquinaria con un brazo violento
La cocaína no es la única pieza que aparece en el expediente, también está la investigación por su presunta participación en sicariato.
A ello se suman señalamientos relacionados con almacenamiento de drogas, posesión de armas y municiones de uso prohibido y otros delitos vinculados al crimen organizado.
Las investigaciones buscan determinar hasta dónde llegó la capacidad de una estructura que logró mantenerse activa durante años en un territorio estratégico para las rutas del narcotráfico.
Porque mover grandes cargamentos no requiere únicamente transporte, también implica lugares donde recibirlos, capacidad para ocultarlos, contactos para continuar el viaje y una estructura capaz de mantener funcionando cada pieza.
Eso es precisamente lo que las autoridades intentan desmontar.
Ocho allanamientos y una década de investigación
La Operación “Mare Nostrum” llevó finalmente a fiscales e investigadores hasta ocho inmuebles ubicados en Barra de Chamelecón, Las Cruces y El Tigre.
Los equipos buscaron evidencia documental, tecnológica y científica para fortalecer los expedientes fiscales contra los presuntos integrantes de la organización.
Pero reducir la historia de “Los Coleman” a ocho puertas allanadas sería contar solamente el último capítulo.
Detrás hay una investigación que se remonta a 2014, hay pistas clandestinas señaladas como puntos de recepción de aeronaves procedentes de Suramérica.
Hay lanchas rápidas utilizadas presuntamente para mover cocaína por el Caribe, hay conexiones atribuidas con organizaciones de Colombia y México.
Y hay una ubicación privilegiada en medio de todo: la costa norte de Honduras, "Los Coleman” sabían aprovechar cada pieza: el cielo para recibir la cocaína, la tierra para moverla y el mar para mantenerla viajando.
Una maquinaria diseñada para que la droga nunca permaneciera demasiado tiempo en el mismo lugar, porque Honduras no era el final de la ruta.
Para “Los Coleman”, según la investigación, era el engranaje que permitía que el cargamento siguiera avanzando.
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