Una patrulla podía entrar a la colonia Rubí, en Choloma, Cortés, creyendo que avanzaba sin ser detectada. Pero antes de acercarse, otros ojos ya podían y seguían su recorrido desde una pantalla que instalaron las pandillas.
Según informes de inteligencia militar, una red de aproximadamente 40 cámaras de videovigilancia las instalaron presuntamente estructuras criminales para observar permanentemente el sector y, entre otras funciones, detectar la presencia de la Policía.
La Policía Militar del Orden Público (PMOP) desmontó ese sistema durante y atribuyó su utilización a integrantes de la Pandilla 18 y la Mara Salvatrucha (MS-13).
El hallazgo va más allá de 40 aparatos colocados ilegalmente: mostró según la versión militar, un mecanismo de vigilancia que permitió a estructuras criminales convertir calles y espacios públicos en parte de su sistema de alerta.
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Las pandillas y las cámaras de videovigilancia
Una cámara colocada estratégicamente podía convertirse en una ventaja: observar quién ingresó, seguir movimientos dentro del sector y advertir la presencia de los cuerpos de seguridad.
Eso es precisamente lo que, de acuerdo con la información de inteligencia hacían las cámaras de videovigilancia encontradas en la colonia Rubí.
La red permitía mantener un monitoreo permanente y alertar, dando margen para intentar evadir las operaciones ejecutadas en su contra.
Así, mientras las autoridades buscaron entrar al territorio para sorprender a sospechosos, quienes utilizaron el sistema podían contar con algo decisivo: verlos venir.
Las cámaras dejaron de funcionar únicamente como instrumentos de seguridad y se convirtieron en ojos puestos al servicio del control criminal.
El territorio también se controla mirando
El sistema descubierto permite dimensionar otra cara del dominio que pueden ejercer las estructuras criminales sobre determinados sectores.
No es únicamente de hombres que vigilaron en las esquinas o personas que realizaron tareas de vigilancia "banderas".
La tecnología amplió ese radio: un poste, una calle o un punto de acceso se transformó en una posición permanente de observación.
En la colonia Rubí, alrededor de 40 cámaras formaron parte de esa red y el objetivo no era solamente saber qué ocurría en las calles.
La información facilitó que integrantes de esas organizaciones lograran escapar antes de que la autoridad los alcanzara.
Las 40 cámaras ahora pueden mirar hacia sus dueños
El desmontaje, sin embargo, no termina cuando una cámara baja del poste, se informó que el equipo se someterá a análisis forense para establecer quién instaló y operó el sistema.
Las autoridades determinarán si los dispositivos contienen información útil para documentar posibles delitos de las pandillas.
Y van más allá: identificar a integrantes de las estructuras vinculadas con la red.
Eso convierte las 40 cámaras de videovigilancia en piezas de investigación: los aparatos que presuntamente servían para observar los movimientos de las autoridades, ahora aportar pistas sobre quiénes estaban detrás de esos ojos.

No sería un caso aislado
La colonia Rubí tampoco es el único lugar donde las autoridades encontraron este tipo de vigilancia clandestina.
Recientemente operaciones similares en San Pedro Sula, Tegucigalpa, Santa Bárbara y Villanueva, también se desmantelaron sistemas utilizados presuntamente por estructuras criminales.
Los hallazgos dibujan una modalidad que va más allá del tradicional vigilante en una esquina para las pandillas.
Son cámaras que se instalaron para extender los ojos de las estructuras sobre el territorio.
En la Rubí eran unas 40, eran cámaras que no solo observaron calles y personas, también miraron a quienes llegaban para perseguir y ahora, a quienes estaban detrás de ellas.
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