La mayoría de los migrantes no llevan más que una mochila, un número de teléfono y una oración en los labios.
Salieron de Honduras con la promesa de un trabajo, cruzaron montañas, desiertos, ciudades. Pero se esfumaron. Y con ellos, el alma de las madres que, año tras año, siguen esperando una llamada que nunca llega.
Frente a esa tragedia silente, el Proyecto Frontera, impulsado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), abrió una posibilidad real de verdad.
Se trata de una iniciativa regional para enfrentar la crisis de migrantes desaparecidos entre Centroamérica, México y Estados Unidos. Y Honduras, uno de los países más golpeados, forma parte de esta alianza.
La ciencia del dolor: bancos forenses en acción
El corazón de este esfuerzo está en los Bancos de Datos Forenses de Migrantes Desaparecidos.
En el caso de Honduras, este banco no es solo un laboratorio: es un entramado humano compuesto por madres organizadas en el Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso (Cofamipro), activistas del Foro Nacional para las Migraciones en Honduras (Fonamih) y defensores del Centro de Investigación y Promoción de los Derechos Humanos (Ciprodeh).
También lo integran autoridades de la Secretaría de Derechos Humanos y la Cancillería, unidos por un mismo propósito: encontrar a los que se perdieron en el camino.
Hasta agosto de 2024, el Banco Forense hondureño logró 80 identificaciones. De esas, el 60 % de los cuerpos fueron localizados en Arizona, Texas y California, gracias a intercambios de datos con morgues estadounidenses.
Mientras que 32 restos fueron hallados en México, en estados como Tamaulipas, Baja California, Sinaloa y Quintana Roo, donde la violencia del narcotráfico y el olvido institucional sepultó miles de cuerpos sin nombre.

Una muestra de saliva, una oportunidad de paz
Las cifras también hablan de esperanza. Se realizaron 62 jornadas de toma de muestras genéticas a familiares de desaparecidos, recolectando 1,870 perfiles genéticos.
Cada muestra extraída en Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Paz o El Progreso es una carta que se envía al tiempo, un intento por cerrar un ciclo.
A veces los resultados tardan años. Pero cuando llegan, no solo identifican un cuerpo: devuelven el derecho a llorar con certeza, a tener una tumba con nombre, a no vivir en el limbo del “no saber”.
Una crisis que no cesa
A pesar de estos logros, la dimensión de la tragedia es abrumadora. Según la Fundación para la Justicia, hasta 120 mil migrantes podrían estar desaparecidos en México entre 2006 y 2016, la mayoría centroamericanos.
El subregistro es brutal: muchos casos no se denuncian, no entran a bases de datos, no existen oficialmente.
En total, más de 329 mil personas se registran como desaparecidas en México desde 1964.
De ellas, 115 mil siguen sin ser localizadas. Y lo más alarmante: estos números ni siquiera contemplan con precisión a los migrantes.
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Una misión inconclusa
El camino hacia la justicia está lleno de obstáculos: falta de recursos, descoordinación institucional, trámites que se estancan.
Pero los bancos forenses son hoy una de las herramientas más potentes y humanas para resistir al olvido.
En cada identificación que se logra, hay una madre que puede dejar de buscar entre fosas comunes. Hay un hijo que finalmente entiende por qué papá nunca regresó; una historia que deja de ser un rumor para volverse verdad.
