Durante años, las rutas clandestinas que conectan Honduras y Guatemala no solo sirvieron para mover toneladas de cocaína hacia el norte del continente, también se transformaron en escenarios de “tumbes”, el violento negocio de robar cargamentos de droga a otras estructuras criminales.

Esa práctica desató guerras silenciosas entre narcotraficantes que se disputaban la cocaína como botines de guerra.

Dentro de ese mundo criminal, los llamados “tumbes” marcaron una de las etapas más violentas del narcotráfico regional.

La práctica consistía en interceptar cargamentos de droga pertenecientes a otras estructuras para quedarse con la cocaína, el dinero y el control de las rutas.

Pero detrás de cada robo llegaban las retaliaciones, las emboscadas y las ejecuciones, así murieron muchos.

En zonas fronterizas entre Honduras y Guatemala, aquellas disputas transformaron comunidades enteras en territorios dominados por el miedo.

Los habitantes comenzaron a convivir con hombres armados, caravanas moviéndose de madrugada y caminos clandestinos utilizados por grupos criminales que operaron bajo una lógica de guerra.

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Los "tumbes" una sentencia de muerte

En el narcotráfico regional, robar droga a otras estructuras equivalía a desafiar directamente a organizaciones armadas capaces de responder con violencia extrema.

Los “tumbes” no solo representaban pérdidas millonarias, sino golpes de poder entre grupos que controlaron corredores estratégicos para el tráfico de cocaína.

Entre los nombres que durante años aparecieron vinculados a los “tumbes” de cocaína las autoridades mencionaron a varios operadores criminales señalados por interceptar y robar cargamentos de droga a otras estructuras.

Uno de ellos era Héctor Emilio Fernández Rosa, conocido como el “Rey del Tumbe”, apodo que ganó por su amplia trayectoria arrebatando cargamentos de cocaína a grupos rivales.

También figuró Jairo Orellana Morales, alias “El Pelón”, un operador guatemalteco que, según investigaciones, extendió sus operaciones hacia sectores fronterizos y zonas de Honduras con apoyo de redes locales.

A ellos se sumó Juancho León, señalado de realizar labores de inteligencia para detectar cargamentos que cruzaron desde Honduras por puntos ciegos y posteriormente ejecutaron robos de droga contra otras estructuras criminales.

Con el tiempo, esas disputas comenzaron a convertir la frontera en una zona marcada por la desconfianza y el temor.

Muchas comunidades quedaron atrapadas entre estructuras criminales que buscaron controlar pasos clandestinos utilizados para mover cocaína hacia Guatemala y México.

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La frontera donde el silencio era una forma de sobrevivir

En varios sectores rurales cercanos a la línea divisoria, el silencio se volvió una regla no escrita.

Los pobladores aprendieron a no preguntar quién pasaba de noche, de dónde venían los vehículos sin placas o por qué hombres armados vigilaban caminos de tierra en zonas montañosas.

La región fronteriza entre Honduras y Guatemala la utilizan redes criminales debido a la geografía, los pasos ciegos y la limitada presencia estatal en algunas comunidades.

Eso permitió que durante años grupos dedicados al narcotráfico construyeran corredores para mover cocaína, armas y dinero ilícito.

Los “tumbes” comenzaron a provocar persecuciones y enfreroamientos entre organizaciones que antes compartían territorios o colaboraban entre sí.

La cocaína dejó de ser únicamente mercancía; se convirtió en motivo de traición y muerte.

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Los "tumbes" una práctica que desató disputas violentas en corredores fronterizos entre Honduras y Guatemala. Diseño con IA.

Las heridas que dejaron las guerras por la cocaína

Aunque muchos de los nombres que dominaron esas disputas terminaron capturados, extraditados o asesinados, las huellas de aquellas guerras continúan presentes.

Durante años, familias enteras convivieron con la incertidumbre de quedar atrapadas entre estructuras armadas que se disputaban cargamentos millonarios.

En algunos sectores, el sonido de vehículos entrando de madrugada bastaban para que la población se encerrara antes del anochecer.

Ahora, mientras algunos de los protagonistas de aquellas guerras criminales fueron capturados, asesinados o reemplazados por nuevos operadores del narcotráfico, la región arrastra las consecuencias de una violencia que convirtió la frontera entre Honduras y Guatemala en uno de los corredores más tensos para el tráfico de cocaína en Centroamérica.

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