Hay maestros que desaparecieron de las aulas hace décadas, pero nunca terminaron de irse. Siguen allí, en la letra que alguien aprendió a escribir, en aquella multiplicación que parecía imposible o en el profesional que todavía recuerda quién le dijo que podía llegar más lejos.
Algunos caminaron kilómetros para enseñar, otros llevaron el conocimiento casa por casa. Hubo quienes sacaron dinero de su propio bolsillo para ayudar a un estudiante.
Y estaban aquellos que, cuando sonaba la hora de salida, permanecían frente al pizarrón explicando nuevamente una lección al alumno que todavía no lograba comprenderla.
No había internet, tampoco teléfonos inteligentes, plataformas educativas ni tutoriales disponibles con apenas tocar una pantalla.
Había un maestro y muchas veces eso bastó.
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Los maestros que permanecieron después de la última clase
Cada 17 de septiembre, Honduras celebra el Día del Maestro, una fecha dedicada a reconocer a quienes hicieron de la enseñanza su profesión y que se conmemora en honor a José Trinidad Reyes, fundador de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
Pero detrás de la fecha hay miles de historias imposibles de guardar en un calendario. Son las de los maestros de Honduras que dedicaron buena parte de sus vidas a formar generaciones y que, aun después de morir, aparecen en los recuerdos de quienes fueron sus alumnos.
En Santa Rosa de Copán ocurre algo parecido, basta preguntar por los antiguos educadores para que comiencen a aparecer nombres, rostros y anécdotas.
Nazario López, Luis López, Teresa Cardona, Isabel Castro, Armando Orellana, Erly Bueso, Luis Alonso Alvarenga, Mario Bueso, Marta Milla, Tulia Bueso y Ángel Prado forman parte de esa memoria.
Muchos ya fallecieron, sin embargo, quienes pasaron por sus aulas todavía hablan de ellos.

“Fueron muy entregados a su vocación”
Fátima Elionora Mejía recuerda una generación en la que la enseñanza dependía mucho más directamente de la relación entre el profesor y sus estudiantes.
“Eran excelentes maestros. Como antes no existía la tecnología, realmente la enseñanza era diferente y los maestros de esta época fueron muy entregados a su vocación y la enseñanza”, relata.
María Antonia Gutiérrez Elvir guarda una memoria similar. “Muchos de ellos fueron mis maestros. Para los que todavía están y para los que ya partieron, su recuerdo es imperecedero”, expresa.
Pero después dice algo que explica por qué aquellos nombres siguen apareciendo tantos años después.
“Sus enseñanzas nos iniciaron en la vida profesional y desarrollo intelectual”.
Ahí quizá está la dimensión menos visible del oficio, el alumno abandona el salón. Pasan los años, construye una carrera, forma una familia y toma su propio camino.
Pero lleva consigo algo que alguien le enseñó cuando todavía ocupaba un pupitre.

Antes del internet, ellos eran la respuesta
Las fotografías antiguas cuentan también esa historia: trajes formales, vestidos, cuadernos, lápices y grupos de docentes mirando hacia una cámara que entonces no cabía dentro de un teléfono.
En 1930 ya aparecen referencias a educadores hondureños como la profesora Antonia Jerez, directora de la Normal de Señoritas, y docentes como Luis Landa, Esteban Guardiola, Filomena Carías, Toribio Bustillo y Salvador Colindres.
La formación de mujeres también comenzó a abrirse espacio en una época en que las oportunidades educativas para ellas eran limitadas.
Con el crecimiento de la población estudiantil capitalina surgieron instituciones destinadas a ampliar esa formación, incluyendo estudios para bachilleres, secretarias, peritos mercantiles y maestras.
La educación hondureña cambiaría profundamente durante las siguientes décadas y también cambiarían sus maestros.
La vocación sobrevivió hasta a una pandemia
Cuando el covid-19 cerró escuelas y convirtió las casas en improvisadas aulas, algunos docentes demostraron que el pizarrón era solamente una herramienta.
La enseñanza podía continuar sin él y la hondureña María Lourdes Bu Hernández fue reconocida en 2021 por la Red Latinoamericana por la Educación por innovar en la enseñanza durante la pandemia.
Saúl Ordóñez hizo algo distinto, ya jubilado, encontró en YouTube una nueva aula y comenzó a transmitir conocimientos de matemáticas para estudiantes de primaria y secundaria.
Luis Alcides Fernández convirtió prácticamente su casa en escuela y en Guacamaya, Gualala, Santa Bárbara, recibió durante la pandemia pequeños grupos de siete estudiantes para impartirles clases.
Los tiempos habían cambiado radicalmente y la esencia del oficio, no tanto.

Cuando enseñar también significa dar algo propio
Hay una frase repetida entre docentes que resume una recompensa que difícilmente aparece en una boleta de pago.
Es hermoso observar que un estudiante utiliza lo aprendido y consigue hacerlo incluso mejor que quien se lo enseñó.
Porque ese es probablemente uno de los pocos oficios donde superar al maestro no representa una derrota.
Representa el éxito y el verdadero resultado de una clase que puede aparecer veinte o treinta años después.
Y es cuando aquel niño se convierte en médico, agricultor, periodista, abogado, ingeniero, comerciante, enfermero, carpintero o también maestro.
Por eso resulta imposible calcular cuántas vidas puede alcanzar un solo educador durante su carrera.
Un maestro enseña a una generación, esa generación educa a otra y la huella continúa.
Una fecha para quienes están y para quienes se fueron
La historia educativa hondureña conserva rastros de esa identidad colectiva desde hace décadas.
El repositorio histórico de la UNAH guarda, por ejemplo, un periódico denominado 17 de Septiembre, publicado en 1937 como órgano de la Sociedad de Maestros de San Pedro Sula.
Casi nueve décadas después, cambió el país, cambiaron las escuelas y cambió la manera de aprender.
Llegaron computadoras, celulares, internet, plataformas virtuales y ahora herramientas capaces de responder en segundos preguntas que antes requerían horas entre libros.
Pero todavía existe algo que ninguna de ellas puede colocar frente a un estudiante: el recuerdo de aquel maestro que creyó en él cuando quizá nadie más lo hacía.
Este 17 de septiembre también pertenece a quienes ya no pueden entrar nuevamente a un salón.
A los que dejaron vacío su escritorio, a los que cerraron por última vez un libro, a los que murieron después de dedicar décadas a enseñar y a aquellos cuyos nombres quizá ya no aparecen en ninguna escuela, pero permanecen vivos en la memoria de sus alumnos.
Porque algunos maestros terminaron sus clases hace muchos años, pero sus enseñanzas, todavía no.
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