Con paso lento pero decidido, doña María Amparo Sosa, de 78 años, recorre más de un kilómetro bajo el sol de la aldea Las Minas, en El Progreso, Yoro, al norte de Honduras, para llegar a la Escuela Cristiana Las Águilas, donde decidió matricularse en primer grado.

"Es bien bonito aprender, aunque sea viejita, pero voy a aprender, así nadie lo engaña a uno con los vueltos", comentó doña Amparo entre risas, mientras sujeta los útiles escolares con la mano izquierda.

La escuela no es un lugar común para alguien de su edad: las aulas están llenas de niños, pero eso no la intimida. Su meta es clara y firme: cumplir un sueño que abandonó en su infancia, aprender a leer y escribir.

"La escuela no me gustaba", dijo con sinceridad al noticiero TN5 Estelar de Canal 5. Recordó que, cuando sus padres la matricularon, "no me gustó y me fui para la casa, dejé la maestra sola".

Hoy, a pesar de su avanzada edad, su deseo de aprender es tan intenso como la gratitud hacia quienes la apoyan.

Doña María Amparo "comprende todo"

Doña María Amparo asiste a clases tres días a la semana, recibiendo enseñanza personalizada de los pastores y maestros de la institución.

Si no está la rectora o la administradora del centro educativo, alguno de los docentes la atiende. "Le preguntamos la lección, le aplicamos trabajo, vemos que ella comprende el trabajo, y se va bien contenta", explicó Evelyn Reyes, docente.

La anciana no solo aprende; se ha convertido en un símbolo de disciplina y cariño, una presencia que inspira respeto y ternura entre niños y maestros.

Doña Amparo entre escolares
Doña María Amparo dijo con honestidad que la escuela no le gustaba cuando era niña.

A pesar de su edad, está lúcida y sus ojos siguen brillando. "Yo bien miro las letras y todo", dice, segura de sí misma.

Además de su educación, doña María Amparo sueña con apoyo para cubrir necesidades básicas: una casita propia y alimentos.

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