Las cifras parecen frías, pero detrás de cada número hay una historia de angustia, incertidumbre y pérdida. En apenas unos días, 1,799 familias sienten en carne propia la fuerza de las lluvias que castigan al occidente de Honduras.

Son más de 5,500 personas que lo perdieron todo o que aún luchan por salvar algo en medio del lodo.

Las tormentas, que no dan tregua en departamentos como Ocotepeque, Copán e Intibucá, provocan estragos mayores.

Luis Salinas, jefe de Operaciones de la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco), confirmó que al menos 122 familias están damnificadas y 53 fueron evacuadas de emergencia, muchas de ellas ahora están en albergues temporales.

El impacto de las lluvias

Las lluvias no solo afectan hogares: las cifras indican que 96 viviendas sufrieron daños estructurales, de las cuales 26 están completamente destruidas.

Son casas que ya no existen, recuerdos que arrastró la corriente. Y mientras el agua cede, deja al descubierto otro problema: la incomunicación.

Al menos 25 comunidades, como Costa de los Amates, están aisladas, sin acceso por carretera ni asistencia oportuna. La emergencia se expande más allá de lo visible.

Lluvias en Honduras
Muy activos han estado los cuerpos de emergencia en varios sectores de Honduras. Foto: Copeco.

Albergues y coordinación institucional

El gobierno respondió con evacuaciones urgentes: 87 en total, la mayoría en Ocotepeque.

Las familias que se rescataron fueron trasladadas a centros de atención donde reciben asistencia básica, pero la necesidad supera la capacidad.

La coordinación entre la Secretaría de Infraestructura y Transporte (SIT), la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE) y la Secretaría de Salud se activó para intentar rehabilitar caminos, restablecer servicios y prevenir brotes de enfermedades en zonas anegadas.

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El país frente al temporal

Honduras enfrenta, una vez más, las secuelas de su vulnerabilidad climática. Las lluvias no solo golpean con agua: traen consigo la pérdida de viviendas.

Además, la desconexión de comunidades y la fractura de un país que ya convive con la emergencia constante.

Mientras los albergues se llenan y las autoridades suman daños, las familias afectadas solo tienen una certeza: lo perdieron todo.

En cada rincón que se inundó queda una súplica por ayuda, por atención y por soluciones que no lleguen solo cuando el agua toca la puerta.

Porque en Honduras, cada tormenta es una advertencia que no se puede seguir ignorando.