Puede que nunca hayan discutido, que no compartan enemigos, negocios ni una sola fotografía juntos. Incluso es posible que quien dispara conozca el rostro de la víctima únicamente porque alguien se lo mostró antes de salir a buscarla. Ahí está una de las características más inquietantes del sicariato: el hombre que aprieta el gatillo no necesita cargar con el motivo del crimen.

Puede ser otro quien tenga la deuda, la disputa, la venganza o el interés en sacar a una persona del camino.

Entre uno y otro aparece el encargo, Honduras sigue contando cadáveres, pero sus estadísticas públicas no permiten ponerle una cifra actual y separada a esa forma de matar.

Los datos preliminares presentados por el Observatorio Nacional de la Violencia (ONV) de la UNAH registraron 1,236 homicidios entre enero y junio de 2026, pero no desagregaron cuántos fueron asesinatos por encargo.

La ausencia de esa cifra obliga a hacer una distinción clave: sicariato y ajuste de cuentas no pueden utilizarse automáticamente como sinónimos.

Un ajuste de cuentas describe el posible contexto o móvil de una muerte; el sicariato supone, además, que a alguien lo utilizaron o contrataron para ejecutarla.

Y esa diferencia cambia toda la historia.

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Sicariato: el motivo puede estar lejos del gatillo

En un homicidio nacido de una pelea, el conflicto suele conducir directamente hacia sus protagonistas, en el sicariato, esa línea se rompe.

La persona que aparece en la escena disparando puede no ser quien acumuló razones para querer muerta a la víctima.

El autor material puede ser apenas la última pieza de una decisión tomada en otro lugar y por otra persona.

Eso convierte cada investigación en una búsqueda que no debería terminar necesariamente con quien ejecutó el ataque.

Saber quién disparó responde una parte del crimen, pero saber quién ordenó matar y por qué responde otra mucho más profunda.

El propio Ministerio Público documentó estructuras criminales en Honduras que mantienen células de sicariato.

En mayo de 2026, por ejemplo, una investigación contra supuestos integrantes de la pandilla 18 describió una organización vinculada con extorsión, tráfico de drogas y células dedicadas al sicariato, bajo una estructura en la que cabecillas giraban instrucciones hacia otros miembros.

El dato permite observar algo que una escena del crimen no siempre muestra: detrás del ejecutor puede existir una cadena de mando.

Contrato

Una muerte que las estadísticas no llaman sicariato

El problema aparece cuando se intenta medir el fenómeno, las cifras oficiales de homicidios permiten saber cuántas personas están muriendo, dónde ocurre la violencia y, en determinados análisis, cuál es el posible contexto de los crímenes.

Pero eso no equivale a disponer de un contador nacional actualizado de personas asesinadas por sicarios.

El Observatorio Nacional de la Violencia utilizó históricamente categorías como “ajuste de cuentas” para analizar homicidios en los que a la víctima la buscaron directamente, la ejecutaron sin que mediara un robo, recibió múltiples disparos o presentó signos de tortura.

El propio OV-UNAH advierte que esas características no permiten concluir por sí mismas que una víctima pertenecía al crimen organizado y que una conclusión definitiva depende del proceso judicial.

Una persona perseguida y asesinada a tiros puede ser víctima de un crimen planificado.

Pero la forma de la ejecución no demuestra por sí sola que existió un pago ni identifica a un autor intelectual.

Convertir todos esos casos en “sicariato” inflaría una estadística que las fuentes oficiales consultadas no presentan de esa manera.

El sicario puede ser el rostro equivocado para entender el crimen

Cuando un ataque tiene las características de una muerte por encargo, detener al presunto tirador puede ser apenas el comienzo.

Detrás queda una pregunta más incómoda: ¿quién necesitaba que esa persona muriera?

La respuesta puede estar lejos de la escena donde quedó el cuerpo. Puede encontrarse en relaciones personales, disputas económicas o territoriales, extorsiones, estructuras criminales u otros conflictos que solamente una investigación puede establecer en cada caso.

Por eso tampoco es correcto asumir que cada sicariato responde al narcotráfico, que toda ejecución es un ajuste de cuentas o que cada víctima tenía vínculos criminales.

La manera en que a alguien lo matan no cuenta, por sí sola, la vida de quien murió, lo único que distingue al asesinato por encargo es esa separación: una persona quiere la muerte y otra la ejecuta.

violencia

Honduras conoce sus homicidios, pero no cuántos tienen precio

Al cierre de 2025, Honduras registró 2,633 homicidios, según los datos divulgados en agosto de 2026 por el ONV-UNAH junto con instituciones estatales.

Para el primer semestre de este año, el registro preliminar sumaba otros 1,236.

Son cifras que permiten dimensionar la violencia homicida, pero no responder una pregunta mucho más específica.

¿Cuántas de esas víctimas murieron porque alguien dio la orden de asesinarlas y otra persona aceptó ejecutarla?.

Esa cifra no aparece en la información pública del 2026 y quizá allí está la parte más difícil de contar del sicariato hondureño.

No se trata únicamente del hombre que llega, dispara y huye. Para comprender una muerte por encargo hay que caminar en sentido contrario: desde el gatillo hacia el motivo, desde el ejecutor hacia quien dio la orden.

Porque el sicario puede marcharse sin haber conocido realmente a la persona que acaba de matar.

Quien sí tenía una historia con la víctima puede no haber estado nunca en la escena del crimen.

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