La música ocupó buena parte de la vida de Santiago Ávila hasta que la violencia entró directamente en su familia. Su hermano Mauricio tenía apenas 16 años cuando lo asesinaron miembros de pandillas.
Aquel crimen no terminó con un entierro. Después llegó el miedo, las amenazas y una decisión que empujó a la familia fuera de su propia casa en Nueva Capital, Tegucigalpa.
Santiago también quedó frente a una elección mucho más personal: buscar venganza o intentar impedir que otros jóvenes terminaran atrapados en el mismo ciclo de las pandillas.
Eligió lo segundo y más de una década después, la historia adquiere otra dimensión: los grupos criminales condicionan la vida de jóvenes en comunidades hondureñas.
El riesgo de reclutamiento todavía aparece entre las razones que obligan a algunos a encerrarse, abandonar sus estudios o pensar en marcharse.
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Pandillas: el asesinato que cambió el rumbo de Santiago
Mauricio era el segundo de cuatro hermanos y según la historia que publicó Naciones Unidas en Honduras en septiembre de 2021, lo asesinaron después de que un familiar no pagó una deuda que mantenía con un integrante de una pandilla.
Para entonces, Santiago tenía poco más de 20 años y cantaba en una banda de heavy metal.
Su vida estaba mucho más cerca de la música que del trabajo comunitario que terminaría definiendo su camino, pero la muerte de Mauricio cambió todo.
La violencia volvió a tocar a la familia poco después. Otro de los hermanos golpeó a un pandillero que asaltó a su novia y el temor a represalias empujó a los Ávila a abandonar Nueva Capital.
Primero buscaron refugio en otra zona de Honduras, después salieron del país, pero Santiago, sin embargo, regresaría.

Volver al lugar del que tuvieron que huir
Había pasado aproximadamente un año desde el asesinato de Mauricio cuando Santiago tomó la decisión de regresar a Tegucigalpa.
No volvió porque el peligro que expulsó a su familia desapareciera. Volvió porque comenzó a mirar a otros jóvenes y a reconocer en ellos el destino que alcanzó a su hermano.
Su propia familia consiguió mantenerse alejada de las pandillas, pero Santiago entendió que otros adolescentes crecían sin las mismas redes de apoyo y rodeados por grupos criminales capaces de ofrecerles dinero, pertenencia o protección.
De ese camino surgió su participación en Jóvenes Contra la Violencia, una organización que crea alternativas para niños, adolescentes y jóvenes expuestos a contextos de violencia.
En 2021, Naciones Unidas documentó que unos 400 voluntarios participaron en actividades deportivas, orientación y acciones comunitarias en barrios afectados por las pandillas.
La apuesta parecía sencilla, aunque el terreno no lo era: llegar a los jóvenes antes que las pandillas.
Entre vengar a Mauricio o intentar salvar a otros
La muerte de su hermano también puso a Santiago frente a la posibilidad de repetir el mismo ciclo.
Él mismo reconoció que llegó el momento de decidir si se incorporaba a una pandilla para vengar a Mauricio o encontraba otra manera de trabajar por los jóvenes de Honduras.
El respaldo de su familia, aseguró, terminó siendo determinante y ese detalle cambia el sentido de su historia.
Santiago no comenzó a trabajar contra la violencia observándola desde afuera. La violencia le quitó a su hermano, desplazó a su familia y puso delante de él la posibilidad de responder de la misma manera.
En lugar de hacerlo, convirtió aquella pérdida en el punto de partida de un trabajo que años después le valió el Premio Nansen para los Refugiados 2021 en la región de las Américas, otorgado por ACNUR.
Pero el premio no cerró la historia.

Cinco años después, el riesgo continúa
Los datos más recientes permiten mirar aquel relato de 2021 desde otro punto. En enero de 2026, Naciones Unidas volvió a documentar la situación de jóvenes en Nueva Capital, precisamente la comunidad que la familia de Santiago tuvo que abandonar años atrás.
El informe describe cómo la violencia, el estigma y la falta de espacios seguros llevan a adolescentes y jóvenes a permanecer dentro de sus casas para protegerse.
En sectores como Nueva Capital y San Miguel, algunos jóvenes también restringen sus movimientos.
Ellos dejan de asistir a clases para evitar zonas controladas por grupos criminales o consideran abandonar sus comunidades ante amenazas de reclutamiento y extorsión.
El problema tampoco se limita a Tegucigalpa, también en Choloma, Cortés, Naciones Unidas documentó comunidades afectadas por violencia, desplazamiento y migración irregular.
Estas zonas tienen pocas oportunidades laborales para la juventud conviven con un alto riesgo de reclutamiento por grupos criminales.
La disputa sigue siendo por los jóvenes
Por eso, la historia que comenzó con Mauricio no pertenece únicamente al pasado, Santiago regresó después de que las pandillas le arrebataran a su hermano y expulsaran a su familia.
Su respuesta fue intentar construir alrededor de otros jóvenes aquello que puede hacer la diferencia antes de que una estructura criminal llegue primero.
La paradoja es dura, pasaron los años, Santiago volvió, cientos de jóvenes encontraron alternativas, pero en 2026 las pandillas todavía disputan en algunos barrios hondureños.
Y van por algo mucho más valioso que un territorio: quién llega primero a sus jóvenes.
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