En Lexington, una pequeña comunidad de Texas, hay hondureños preocupados por la deportación. Alejandra cierra con llave la puerta de su casa y se asegura de que sus documentos estén al alcance.

“Uno sale y, si comete un error, se acabó todo. Aquí es mi hogar, y aquí me quiero quedar”, dice con voz temblorosa.

Alejandra, como muchos otros hondureños, enfrenta un futuro incierto ante la creciente amenaza de deportación.

Su familia es un reflejo de muchas en la diáspora hondureña: su esposo resolvió su estatus migratorio, pero ella sigue en un proceso detenido por una traba jurídica.

Su hijo, un dreamer, vive en un limbo legal que solo agudiza la ansiedad. “Mi familia es mixta”, comenta, mientras revisa los protocolos que han creado en caso de una emergencia.

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Protocolos para el miedo

El temor de ser detenidos ha llevado a estas familias a tomar decisiones que nunca imaginaron. Alejandra adquirió un seguro de vida, una medida extrema, pero necesaria.

“Si me llega a pasar algo, mi familia sabe qué hacer. Tenemos expedientes con todos los datos: aseguranza, contactos, y hasta el plan de qué hacer si me deportan”.

Pero el retorno a Honduras no es una solución sencilla. La familia teme por el sistema de salud, la inseguridad y la falta de oportunidades.

“El sistema de salud pública en Honduras no tiene ni medicamentos; es un riesgo que no estamos dispuestos a asumir”, expresa.

El miedo en las calles y los trabajos

En estados como Texas y Louisiana, donde la comunidad hondureña es una parte esencial de la fuerza laboral, especialmente en la construcción, el miedo comenzó a paralizar los proyectos.

“Muchos ya no llegan a trabajar; las redadas están afectando a las compañías que antes dependían de nosotros”, señala Carlos, otro migrante hondureño.

El impacto va más allá de los trabajos. “Robos en las calles, inseguridad en las casas, y la idea de no salir de noche son cosas que ahora analizamos si regresamos a Honduras", explica.

Y es que estos hondureños nunca imaginaron volver. "Era impensable que tendríamos que pensar en esto”, dice Carlos, mientras ajusta la gorra que lleva desde que llegó a Estados Unidos hace 15 años.

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Los hondureños tienen temores fundados de ser perseguidos y analizan regresar al país, donde aseguran corren un riesgo real de sufrir daños graves. Foto: Refugees International .

La encrucijada: quedarse o regresar

Entre el miedo de las deportaciones y la incertidumbre del retorno, una palabra resuena en la mente de estos hondureños: paz.

“Pese a lo malo que está el país, al menos no tendremos esta angustia”, expresa Alejandra, quien admite que, aunque ama a Honduras, lo que más necesita es tranquilidad para su familia.

“Nos hemos acostumbrado a vivir con miedo aquí, pero pensar en regresar también nos llena de miedo”, añade. Es una paradoja dolorosa que muchos enfrentan sin respuestas claras.

A pesar de todo, Alejandra y su comunidad no pierden la esperanza. “Estamos aquí para trabajar, para darle un mejor futuro a nuestras familias”, dice con determinación. “No importa lo que venga, seguiremos luchando porque este es nuestro hogar”.

Con las manos temblorosas pero el corazón firme, revisa una vez más sus papeles, guarda las llaves y cierra los ojos.

Mañana será otro día para esquivar al miedo nos dice, pero también para aferrarse a la vida que han construido, con la esperanza de que, algún día, la angustia dé paso a la paz.

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