Javier abre los ojos antes del amanecer. Son las cinco de la mañana y su primera batalla del día es salir de casa sin ser visto. Vive en Louisiana y trabaja en la construcción, una labor que, paradójicamente, sostiene la economía de un país que ahora persigue a los migrantes.
Desde que las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) comenzaron a multiplicarse, su rutina cambió.
Antes, paraba en la tienda por un café y un pan antes de llegar a la obra. Ahora, no se detiene en ningún lado.
Su empleador, un estadounidense de pocas palabras pero de acción firme, le ha dicho que se quede dentro de la construcción a la hora del almuerzo.
“Nos dicen: 'no salgan, nosotros les daremos de comer porque nos da miedo que el ICE los atrape'. Eso lo agradecemos porque sabemos que afuera es un juego de azar: hoy estás aquí, mañana, deportado”, dice Javier.

El encierro obligado
Concepción sabe de primera mano lo que es vivir encerrada por miedo. Durante dos semanas, no cruzó la puerta de su casa. Hambre, desesperación y angustia fueron sus compañeras en ese aislamiento forzado.
“Nos paralizó el terror. No podíamos salir ni siquiera al supermercado. Pero hubo estadounidenses que se convirtieron en ángeles y nos trajeron comida, nos ayudaron. No todos aquí son opresores”, relata con voz quebrada.
Ella lleva 22 años en Estados Unidos limpiando casas, enviando dinero a Honduras para mantener a su madre. Ahora, su vida se resume a moverse con cautela y a evitar ser detectada. Pero no todos tienen la opción de esconderse.
Entre el odio y la empatía
Josué Arévalo camina por San Antonio, Texas, con la cabeza gacha y el corazón alerta. Ha escuchado insultos en la calle, frases cargadas de odio: "Váyanse a su país", "criminales".
Sin embargo, también ha encontrado el otro rostro de Estados Unidos: personas que valoran su esfuerzo, que reconocen su trabajo.
“Chocamos con el racismo, pero también con la humanidad. Hay norteamericanos que nos protegen, que saben que somos trabajadores, no delincuentes. Nos advierten si hay presencia de ICE en la zona, nos dicen dónde no ir. Es un contraste brutal”, dice.

El regreso obligado
Zulema, radicada en Raleigh, Carolina del Norte, tomó una decisión que le rompe el alma: regresar a Honduras.
Después de siete años construyendo una vida, empacó sus pertenencias y se preparó para partir.
“No queremos seguir viviendo con miedo. Prefiero irme con lo poco que logremos ahorrar, que ser tratada como una criminal. Nos vamos por voluntad propia antes de que nos echen como perros”, lamenta.
Resistiendo en las sombras
El día termina y con él, otro capítulo de incertidumbre para los migrantes hondureños en Estados Unidos.
Algunos resisten, esquivando a 'la migra' con ayuda de desconocidos que los protegen. Otros se rinden y deciden volver a una patria que dejaron porque no ofrecía oportunidades.
El sueño americano se volvió una cacería despiadada. Pero en la oscuridad de la persecución, hay luces de esperanza: manos extendidas, compasión inesperada.
Son esos norteamericanos que, en medio del odio, eligen la humanidad sobre la crueldad.
Para los migrantes, ellos son la diferencia entre la deportación y la sobrevivencia. Son la prueba de que, en un país dividido, la empatía sigue existiendo.
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