Cada mañana, antes de que el sol toque el horizonte, Miguel Molina, hondureño beneficiario del TPS, ya está en camino hacia Pacific Palisades.
A las 5:00 a. m., su jornada empieza entre el polvo y los restos de las viviendas que el incendio forestal de Palisades consumió.
“Trabajamos como hormigas”, dice mientras observa a su equipo cargar pedazos de concreto en camiones. “Así trabajamos”.
Para Molina, cada jornada le recuerda por qué llegó a Estados Unidos hace más de 20 años: trabajar, aportar y darle a su familia una vida que en Honduras parecía imposible.
TPS: la protección que se desvanece
Molina ingresó a Estados Unidos con apenas 16 años, huyó de la pobreza y el caos que dejó el huracán Mitch en 1998.
Poco después se acogió al Estatus de Protección Temporal (TPS), el programa que le dio derecho a vivir y trabajar legalmente, junto con más de un millón de migrantes de 16 países.
Sin embargo, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que el TPS para hondureños finalizará el 8 de septiembre.
“El TPS se diseñó para ser precisamente eso: temporal”, advirtió la secretaria Kristi Noem. “Los ciudadanos hondureños pueden regresar a casa de forma segura”.
Pero para expertos en derecho migratorio, como Ahilan Arulanantham, la realidad es otra.
“Es muy difícil argumentar que las condiciones realmente sean mejores en Honduras”, y recordó que incluso el Departamento de Estado mantiene una alerta de viaje sobre el país centroamericano.
Protestas, incertidumbre y miedo por fin del TPS
A inicios de mes, cientos de beneficiarios del TPS se congregaron frente a la Corte de Apelaciones del Noveno Circuito, en Pasadena.
Allí, elevaron su voz contra la decisión de cancelar una protección que para muchos se convirtió en el pilar de su vida en Estados Unidos.
Molina no estuvo en esa protesta, pero su mente estaba allí. Mientras recoge escombros calcinados, piensa en sus cuatro hijos nacidos en suelo estadounidense.
También piensa en su esposa, que teme un futuro en el que la familia quede dividida, unos en Estados Unidos y otros, en Honduras.
“Lo importante es que no estamos aquí para quitarle nada a nadie”, dice con firmeza. “Al contrario, estamos aquí para ayudar y apoyar”.
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Una vida construida en el exilio
Para Miguel Molina, la deportación significaría perder todo lo que construyó con años de trabajo duro.
Su historia refleja la de miles de migrantes que llegaron por necesidad y terminaron formando parte de la columna vertebral de la economía estadounidense.
A pesar de la incertidumbre, él sigue trabajando cada día, como si el futuro dependiera de cada saco de concreto que levanta. Porque, en su caso, así es.
