En las alturas húmedas, silenciosas y casi inalcanzables entre Honduras y Guatemala, no había radares ni cámaras. Solo caminos de tierra, árboles centinelas y armas pesadas. Por allí, camiones cargados con hasta 1.5 toneladas de cocaína surcaron las montañas en rutas que nunca aparecieron en los mapas oficiales, pero que durante más de una década conectaron al cartel de Sinaloa con Centroamérica.

Fue Alexander Ardón, exalcalde de El Paraíso, Copán, quien reveló en una corte de Nueva York cómo se tejía la red.

Desde San Pedro Sula, la droga viajó con protección armada hacia la frontera guatemalteca.

AK-47, M-16, fusiles AR-15 y hasta bazucas custodiaron el trayecto montañoso, donde los narcotraficantes utilizaron vehículos blindados para abrir paso a la mercancía.

Montañas de Honduras y Guatemala, refugio del narco

Las montañas eran refugio, trinchera y autopista. Ardón confesó mover al menos 250 toneladas de cocaína en alianza con figuras del crimen organizado guatemalteco.

Entre ellos, los primos Ronald Enrique Salguero Portillo y Otto René Salguero Morales, ambos hoy convictos en Estados Unidos por narcotráfico.

También mencionó a Mario Ponce, un guatemalteco extraditado desde Honduras en 2012.

Su centro de operaciones estaba en Playitas, Morales, Izabal, desde donde manejó fincas que luego las confiscó el Estado.

Ponce era más que un aliado: era una pieza clave en la expansión del cartel de Sinaloa por la región.

En la zona de Nueva Frontera, departamento de Santa Bárbara, su presencia fue constante, convirtiendo ese paso fronterizo en un punto ciego bajo control narco.

La cocaína cruzó casi sin resistencia, en una tierra donde el Estado solo estuvo ausente.

Cocaína en las montañas de la frontera
En las montañas que dividen Honduras y Guatemala, convoyes de droga eran escoltados por hombres armados en rutas invisibles para el Estado. Foto creada con IA.

No solo cocaína: tierra, poder y deforestación narco

Pero no todo era droga. En esos territorios montañosos también se libró otra guerra: la de la tierra.

Un estudio sobre la frontera entre Guatemala y Honduras reveló que, entre 2000 y 2019, más de 1.1 millones de hectáreas de bosque fueron acaparadas en ambos países, muchas en manos de grandes terratenientes relacionados con el narcotráfico.

Los capos usaron la tierra para algo más que sembrar: la consolidaron como ruta, lavaron dinero, compraron propiedades y desplazaron comunidades rurales para instalarse.

Las zonas más afectadas eran precisamente las de frontera, áreas protegidas e incluso territorios indígenas, donde el régimen de tenencia de la tierra es débil y el Estado de derecho casi nulo.

Allí, las Organizaciones de Tráfico de Drogas (OTD) construyeron pistas clandestinas, instalaron bodegas y aseguraron los nodos de tráfico. Donde antes hubo selva se convirtió en fuego, motosierras y fincas.

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La huella criminal en la frontera olvidada Honduras-Guatemala

En Copán, por ejemplo, Chande Ardón dominó el territorio que conectó La Playona con la frontera guatemalteca.

Los hermanos Valle Valle también tenían su reinado. Desde Izabal hasta Ocotepeque, el mapa del crimen se dibujó con sangre y cocaína.

La intensidad del trasiego se correlacionó con la pérdida de cobertura boscosa, según imágenes satelitales.

Donde pasaron toneladas de droga, desaparecieron hectáreas de árboles. Porque el narco no solo deja muerte y violencia: también transforma el suelo, el paisaje, el poder.

En el silencio de las montañas, donde solo los animales parecían oír, se tejió una de las rutas más efectivas para el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos.

Hoy, muchos capos están tras las rejas. Pero el daño ya está hecho: las montañas no solo escondieron droga… también sepultaron bosques, comunidades y verdades.