Los registros en los centros penitenciarios de Honduras son minuciosos y cada vez dejan al descubierto las formas en que los visitantes, especialmente mujeres, se las ingenian para introducir droga a los privados de libertad.

Un caso reciente lo evidenció el Centro Penitenciario de Ilama, Santa Bárbara, cuando a una mujer de 30 años la requirieron especialistas de la Fuerza Nacional de Control de Centros Penitenciarios (FNCCP).

La fémina intentó ingresar droga oculta en sus partes íntimas durante la jornada de visitas.

Mujeres el patrón criminal

El caso de Ilama no es único. Las autoridades penitenciarias identifican que a las mujeres las usan constantemente como “mulas” de los privados de libertad.

El argumento suele ser emocional: “Si me amás, tenés que ayudarme”, o económico, aprovechando la situación de vulnerabilidad de muchas de ellas.

Los intentos incluyen droga oculta en partes íntimas, camuflada en alimentos o escondida en objetos aparentemente inofensivos que ingresan durante las visitas.

Los registros minuciosos cada vez develan más estas estrategias, pero el flujo no se detiene.

El negocio detrás de los barrotes

Dentro de los centros penales, la droga mantiene una economía criminal en movimiento.

Se vende en pequeñas dosis, se usa como pago por favores y fortalece el poder de estructuras criminales sobre los pabellones.

Sin ese ingreso constante, las redes pierden control, por lo que presionan a familiares y parejas a arriesgarse en su lugar.

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El costo para las mujeres que introducen drogas

Aunque muchas de estas mujeres no tienen historial delictivo, terminan enfrentando penas que superan los 15 años de prisión.

La consecuencia es devastadora: de ser cuidadoras de familia, se convierten en reclusas más dentro del sistema, mientras los cabecillas continúan operando desde las sombras.

El caso en Ilama es solo una muestra de un fenómeno que refleja tanto la astucia del crimen organizado como la fragilidad social de quienes las usan como puente.

En las cárceles hondureñas, la droga fluye disfrazada de afecto y necesidad, pero al final son las mujeres quienes pagan el precio más alto.