Las masacres dieron la primera señal apenas comenzó 2026. El 10 de enero, tres personas fueron asesinadas en Olanchito, Yoro, en el primer homicidio múltiple registrado ese año en Honduras.

Siete meses después, la violencia volvió a golpear el mismo municipio. Esta vez fueron seis las víctimas de un homicidio múltiple ocurrido el 4 de agosto de 2026.

Entre ambos extremos, Yoro siguió sumando muertos: El Progreso, Sulaco, Yoro y El Negrito aparecen también entre los escenarios de homicidios múltiples registrados durante el año.

El resultado hasta agosto es inquietante: siete masacres y 27 víctimas solamente en ese departamento.

Pero basta avanzar hacia el Caribe hondureño para descubrir que Yoro no está aislado.

En Atlántida se contabilizan otras tres masacres que dejaron 12 muertos, mientras que Colón registra un solo episodio, pero de dimensiones devastadoras: 20 personas asesinadas en Rigores, Trujillo, el 21 de mayo.

La suma entre los tres departamentos alcanza 11 masacres y 59 muertos en 2026, los hechos ocurrieron en circunstancias diferentes y no existe evidencia que permita atribuirlos todos a una misma organización o al narcotráfico.

Sin embargo, su concentración territorial pone sobre la mesa otra pregunta: ¿por qué la violencia insiste precisamente en esta franja del país?

El comisionado en condición de retiro de la Policía y analista en seguridad José Ponce Alvarado encuentra parte de la explicación mucho antes de que comenzaran las masacres de 2026.

DepartamentoMasacres 2026Víctimas
Yoro727
Atlántida312
Colón120
TOTAL1159

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Masacres: viejas rutas donde la violencia no desapareció

Yoro, Atlántida y Colón comparten algo más que su ubicación en el norte hondureño, Ponce Alvarado sostiene que esos departamentos, junto con Olancho, están históricamente expuestos a la penetración del narcotráfico.

Y, al mismo tiempo, presentan dificultades para mantener un control permanente del territorio.

“Atlántida, Colón y Yoro son los departamentos, junto a Olancho, cooptados por el narcotráfico. Son lugares donde existe poco control territorial de parte de las autoridades de seguridad del Estado”, explicó.

La extensión de los departamentos complica todavía más el escenario. Según el analista, lugares como Colón y Yoro cuentan con pocos policías frente a la cantidad de territorio que deben cubrir.

Y allí aparece una ruta conocida: Gracias a Dios, Colón, Atlántida y Yoro están dentro de un corredor históricamente utilizado por el narcotráfico.

No significa que las 11 masacres registradas en los tres últimos departamentos tengan su origen en el tráfico de drogas, pero sí que están ocurriendo sobre territorios donde las estructuras criminales encontraron condiciones para operar.

“Son zonas donde fácilmente se reproducen las bandas criminales que son el brazo armado del narcotráfico y el crimen organizado”, señaló.

El problema, según su análisis, es que esas estructuras no necesitan controlar formalmente un municipio para generar violencia.

Les basta conservar movilidad, hombres, rutas y capacidad para disputar negocios ilícitos o territorios. Y cuando esas bandas permanecen, el riesgo también permanece.

la violencia

El narco no desapareció, cambió

Durante años, una de las imágenes más visibles del narcotráfico hondureño fueron las avionetas clandestinas aterrizando en pistas improvisadas.

Pero reducir las trazas aéreas no necesariamente significó cerrar el negocio. “El narcotráfico no paró. Poco a poco la criminalidad mutó y bajaron las trazas aéreas, pero aumentó el tráfico marítimo”, advirtió Ponce.

A esa transformación agrega otro fenómeno detectado durante los últimos años: los cultivos ilícitos que se encuentran en diferentes zonas del país, particularmente plantaciones de coca y marihuana.

El negocio cambia, las rutas se modifican y las estructuras se adaptan. Lo que no desaparece es el brazo armado que durante años creció alrededor de esas economías criminales.

Para Ponce, allí existe una de las claves para comprender por qué determinados territorios son vulnerables a hechos violentos de alto impacto.

Yoro: siete masacres en siete meses

Si Colón tuvo durante 2026 el homicidio múltiple más devastador de los tres departamentos analizados, Yoro presenta otro problema: la repetición.

Desde enero hasta agosto se contabilizan siete masacres: el 10 de enero, tres personas murieron en Olanchito.

El 12 de marzo, cuatro fueron asesinadas en El Progreso y, apenas un día después, otras cinco personas perdieron la vida en Sulaco.

El 26 de mayo, El Progreso apareció con tres víctimas. El 15 de junio otras tres personas las asesinaron en el municipio de Yoro; el 2 de julio, tres más murieron en El Negrito.

Y el 4 de agosto la violencia regresó al punto donde comenzó el año: Olanchito, esta vez con seis muertos.

Para Ponce, ese municipio debe observarse dentro de una problemática territorial mucho más amplia.

También menciona municipios de Olancho como Juticalpa y Catacamas como zonas donde la actividad de bandas criminales representa un desafío para las autoridades.

Su diagnóstico sobre Yoro es especialmente duro. “Es importante que las autoridades de seguridad del Estado retomen el control territorial de Yoro, porque se perdió”, advirtió.

soluciones

22,000 policías para un problema que exige más

Recuperar territorio no consiste únicamente en enviar patrullas después de una masacre.

Ponce identifica debilidades en inteligencia, investigación criminal, prevención, disuasión y presencia física permanente de las autoridades.

Y detrás aparece otro número, según el excomisionado, la Policía Nacional dispone actualmente de unos 22,000 miembros, cuando calcula que debería contar aproximadamente con 37,000.

Esa diferencia pesa especialmente en departamentos extensos y municipios alejados donde distribuir policías, investigadores y equipos especializados se convierte en un desafío.

“Actualmente se puede controlar ese problema si trabajan en equipo las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, pero tienen que mandar más equipamiento, personal técnico y personal de prevención a esos sectores para hacer un control territorial”, indicó.

Para el analista, sin embargo, llenar las calles de uniformados tampoco resolverá por sí solo lo que ocurre.

La intervención, sostiene, debe llegar acompañada de educación, salud, oportunidades económicas y recuperación del sistema de valores.

Esos son elementos que considera necesarios para reconstruir el control social en comunidades donde las estructuras criminales encontraron terreno para crecer.

Donde quedan las bandas, queda el riesgo

Las cifras de Yoro, Atlántida y Colón dejan dos fotografías distintas de un mismo problema.

Yoro muestra recurrencia: siete masacres. Atlántida suma tres episodios y 12 muertos. Colón demuestra hasta dónde puede escalar la violencia: un solo ataque dejó 20 víctimas.

“En esos lugares hay grandes posibilidades de que se den masacres de alto impacto, como lo que ocurrió en Colón y otras zonas”, advirtió.

Ponce considera que las autoridades “quedaron a deber” y plantea fortalecer la investigación criminal, inteligencia y prevención.

Además de establecer una política criminal de Estado que defina cómo enfrentar a las estructuras que continúan operando.

Porque las rutas pueden cambiar, las avionetas pueden disminuir y el tráfico puede trasladarse hacia el mar.

El problema comienza cuando las estructuras que crecieron alrededor del negocio permanecen en tierra.

Y mientras las bandas conserven espacio para moverse y el Estado llegue después de los muertos, Yoro, Atlántida y Colón seguirán teniendo demasiados ingredientes para que el cóctel de violencia vuelva a explotar.

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