A Nasser Hilsaca, el nombre que dio la vuelta a Honduras cuando su caso se convirtió en símbolo de abandono, obesidad y resiliencia, le dieron el alta del Hospital Atlántida tras más de un mes de atención médica especializada.

El 23 de junio, lo rescataron de su apartamento con grúa y lo trasladaron al centro asistencial. Hoy, a casi seis semanas de aquel suceso, Hilsaca enfrenta una nueva etapa.

"Me siento mucho mejor", dice con voz firme, pero pausada. No hay cansancio aparente, pero sí una claridad honesta: "Ocupo ayuda para levantarme, para asearme. Tengo que esperar que acondicionen la casa".

Por ahora, no tiene un espacio propio y adecuado para volver a vivir. Su antigua residencia en un tercer piso es una trampa mortal para su condición.

La salida del hospital no es el final de su calvario, sino apenas otro peldaño en una escalera cuesta arriba que sube desde que, hace años, la ansiedad, el encierro y el abandono lo empujaron a lo más hondo de su salud física y mental.

La historia de Nasser

Nasser nació en Tegucigalpa en 1968. Es hijo de inmigrantes palestinos que huyeron del conflicto y se asentaron en La Ceiba, y creció en el seno de una familia trabajadora y respetada.

Sus padres fundaron la tienda de telas “La Nueva” y se ganaron el aprecio de la comunidad. Él, como cualquier niño, fue alegre, activo, incluso delgado. Pero todo cambió.

A los 15 años comenzó a ganar peso de manera acelerada. El sobrepeso lo aisló poco a poco, condicionó su movilidad, sus relaciones, su vida entera.

Aunque se graduó como bachiller en Ciencias y Letras y trabajó en la venta de productos, nunca tuvo pareja ni hijos. Su mundo se redujo.

El golpe más fuerte llegó con la pandemia. La movilidad ya reducida se convirtió en reclusión total.

En su apartamento, se confinó a un tercer piso sin ascensor, vivió cinco años de encierro.

Una caída lo dejó aún más frágil. Su salud física se desplomó y su salud mental tocó fondo.

El día que Honduras lo rescató

El 23 de junio de 2025, La Ceiba fue testigo de un operativo inédito. A Nasser Hilsaca, que llegó a pesar 630 libras, lo rescataron desde 20 metros de altura por una grúa, con la ayuda del Cuerpo de Bomberos.

Una rampa especial lo condujo al Hospital Atlántida, donde comenzó su lenta recuperación.

Ese día, entre lágrimas, rompió años de silencio. “Yo ya no miraba esperanza de vida. Viví un infierno más de cinco años”, dijo. Su testimonio conmovió a un país entero.

Hoy, con los glóbulos rojos aún bajos pero en progreso, su cuerpo responde mejor. Aunque no puede caminar por sí mismo, habla con más claridad y reconoce que quiere vivir.

Lo que ahora necesita no es solo un techo, sino dignidad, acompañamiento, atención especializada.

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Una casa, una nueva oportunidad

El alta médica llegó oficialmente este lunes, pero Nasser no se movió del hospital. “No quiero llegar hasta que mi casa no tenga las condiciones para recibirme”, explica.

Por ahora, se quedará en la casa de su hermana, ya que necesita estar en una vivienda de un solo nivel.

La familia, especialmente su cuñado, está al pie del cañón. Pero el proceso no es fácil. “Los primeros días fueron duros. Venían seguido y se iban tarde”, recuerda.

También resiente la falta de personal que lo apoye con las tareas básicas: "Las personas que me ayudaron eran practicantes. Cuando se fueron, ya no tengo ayuda".

Honduras lo rescató una vez. Pero lo que viene ahora será más difícil: crear un entorno donde pueda mantenerse con vida, con dignidad, con esperanza.