Nolvia Albertina Ovando puede describir perfectamente la vida que todavía no tiene, pero que sueña alcanzar junto a otras mujeres. Ella se ve con un sombrero, camisa de manga larga y las manos trabajando la tierra mientras sus hijos aprenden a sembrar.

Antes de llegar a esa imagen, sin embargo, conoció otra: la cárcel. Pasó cinco meses en prisión después de ser detenida en 2023, durante un desalojo en La Bomba, Jutiapa, Atlántida.

Este grupo de mujeres luchó junto a decenas de mujeres campesinas acceder a un pedazo de tierra.

Hoy está libre, la tierra por la que luchó también parece más cerca. En noviembre de 2025, el Instituto Nacional Agrario (INA) resolvió otorgar 300 manzanas al Movimiento de Mujeres Campesinas Las Galileas.

Pero hay algo que todavía falta: el título definitivo de dominio pleno no se emite. Nolvia conoció primero los barrotes. "Estamos en esa espera y tenemos la fe que lo vamos a lograr”, dice.

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115 mujeres detrás de una misma tierra

La historia comenzó mucho antes en La Bomba, una comunidad rural del municipio de Jutiapa, en Atlántida.

Allí la tierra es fértil y alrededor crecen maíz, frijol y banano, pero poder mirar tierra cultivable no significa tener dónde sembrar.

En 2022, 115 mujeres campesinas decidieron organizarse, querían tierra propia para producir alimentos, sostener a sus familias y dejarles a sus hijos algo más que la misma incertidumbre.

Se llamaron Las Galileas, el nombre, explica Nolvia, nació de su fe y de las mujeres de Galilea que inspiran su convicción de alcanzar aquello que parece imposible.

“Queremos alcanzar lo que no vemos. Es por la fe que nosotros tenemos, una fe positiva, deseamos tener donde sembrar, donde tener un solar bien amplio, donde cultivar, enseñarles a nuestros hijos cómo trabajar”, relata.

Pero detrás de esa aspiración sencilla —sembrar, cosechar y alimentar a sus hijos— comenzó una pelea que terminaría llevando a Nolvia a prisión.

Las Galileas
Albertina Ovando (derecha), lideresa del Movimiento de Mujeres Campesinas Las Galileas, en La Bomba, municipio de Jutiapa, Atlántida, Honduras, junto a otras integrantes del Movimiento. Foto: ACNUDH/Vincent Tremeau.

"Me ponían las armas hacia el frente"

En 2023 ocurrió uno de los episodios que marcaría la lucha de Las Galileas, durante un desalojo forzoso en La Bomba, a Nolvia la detuvieron.

De acuerdo con ONU Derechos Humanos, hombres armados vinculados al terrateniente que presentó la denuncia participaron en el operativo.

Nolvia todavía recuerda el miedo. “Me ponían las armas hacia el frente, que me iban a quitar la vida”, cuenta.

Su reacción, asegura, fue arrodillarse. “Que se haga tu voluntad, Padre, pero yo aquí solamente estoy por querer ayudar”, recuerda haber rezado.

Después vino la cárcel y permaneció cinco meses en prisión preventiva en el centro penitenciario de La Ceiba.

Varias imágenes de Nolvia custodiada por policías circularon mientras era presentada como integrante de un grupo criminal y terrorista.

ONU Derechos Humanos posteriormente calificó esa estigmatización pública como una vulneración de su derecho a la presunción de inocencia y a la honra.

Nolvia recuerda incluso un momento en que, según su testimonio, le aplicaron una inyección. “La mente la quise perder un poco”, relata.

Dice que volvió a aferrarse a lo mismo que la acompañó afuera. “Pero como en eso yo me sometí en ayuno y oración”.

Salió de prisión, pero la lucha siguió

Cinco meses después recuperó su libertad con el respaldo de redes de mujeres defensoras de derechos humanos.

Pero Las Galileas no abandonaron la pelea por la tierra y en 2024, las mujeres salieron de noche desde La Bomba rumbo a Tegucigalpa. El viaje tenía un destino: el Instituto Nacional Agrario.

Querían respuestas, “ONU Mujeres abrió esas puertas porque parecía que no las querían abrir”, recuerda Nolvia.

Un año después llegó una decisión que parecía cambiarlo todo, en noviembre de 2025, el INA resolvió otorgar 300 manzanas de tierra a favor del Movimiento de Mujeres Campesinas Las Galileas.

Ellas pasaron por organización, desalojos, viajes, denuncias y hasta la cárcel, pero la historia todavía no terminaba.

El título definitivo de dominio pleno quedó pendiente.

La Bomba
Vista aérea de la aldea La Bomba, municipio de Jutiapa, departamento de Atlántida, Honduras, donde el Movimiento de Mujeres Campesinas Las Galileas lleva tres años luchando por el acceso a tierras de reforma agraria. Foto: ACNUDH/Vincent Tremeau

Una tierra también significa poder decidir

Para Nolvia, que la propiedad quede en manos de las mujeres no es un detalle, es parte de la razón por la que Las Galileas nacieron como una organización de mujeres campesinas.

“El grupo de mujeres es porque nosotras queremos criar a nuestros hijos. De repente el padre dice: ‘Se vende la tierra’. Y la madre dice: ‘no’”, explica.

ONU Derechos Humanos sostiene que en Honduras persisten desigualdades de género en el acceso, control y titulación de tierras.

Según la Oficina, normas sociales y prácticas administrativas tienden a favorecer que las propiedades sean inscritas a nombre de los hombres.

Juan Carlos Monge, representante de ONU Derechos Humanos en Honduras, señala que tener acceso efectivo y seguro a la tierra puede determinar mucho más que la posibilidad de cultivar.

“El acceso a la tierra, incluida la seguridad de la tenencia, permite producir alimentos y sostener medios de vida, y constituye un componente clave para superar desigualdades estructurales vinculadas a la pobreza y la discriminación en el ámbito rural”, sostiene.

El sueño después de los barrotes

Cuando Nolvia habla de lo que espera hacer si finalmente recibe la tierra, no menciona expedientes, tribunales ni cárceles, habla de niños.

“Mi sueño es ver a esas mujeres y niños que andan descalzos, que andan aguantando hambre: que ellos puedan vivir mejor”, dice.

Después vuelve a aquella imagen que parece haber construido durante todos estos años de lucha.

“Yo me veo con un sombrero, con mi camisa manga larga, trabajando al monte para ver mis hijos, que de ahí ellos van a cosechar. Vamos a cosechar. Y así quiero ver a todas las mujeres”.

Las 300 manzanas ya existen en una resolución del Estado, Las Galileas consiguieron llegar hasta allí después de cuatro años de organización.

Ahora falta convertir el papel en propiedad definitiva, Nolvia ya pagó cinco meses de cárcel en el camino.

Y mientras llega el título, se aferra a la misma idea con la que comenzó todo: algún día ponerse aquel sombrero, entrar a su tierra y enseñarles a sus hijos que esta vez lo que sembraron también les pertenece.

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