Aproximadamente a finales de septiembre de 2015, un venezolano conocido como “Hamudi” presentó a los narcosobrinos del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro —Efraín Antonio Campo Flores y Franqui Francisco Flores de Freitas— a un narcotraficante radicado en Honduras llamado César Orlando Daza Cardona, alias “Flaco”, “Negrito” o “Negrito Nico”.

Este hondureño se convirtió en el puente que conectaría a la red venezolana con una ruta sólida hacia Estados Unidos.

Daza, quien no trabajó bajo órdenes de la DEA, introdujo a los acusados a su socio, Carlos Amílcar Leva Cabrera, alias “Sentado”.

Aunque este último intentó colaborar secretamente con el Gobierno estadounidense, ni los narcosobrinos ni Daza sabían de sus verdaderas intenciones.

Narcosobrinos, conspiración que aterrizó en Roatán

El 3 de octubre de 2015, Daza y Sentado recibieron a los narcosobrinos en Honduras. En esa reunión, hablaron de un envío de cientos de kilogramos de cocaína desde el Aeropuerto de Maiquetía, en Venezuela, hacia el Aeropuerto Internacional Juan Manuel Gálvez en Roatán, Islas de la Bahía.

El plan tomó forma: Honduras sería el punto de tránsito de uno de los mayores cargamentos que la red venezolana pretendía introducir a Estados Unidos.

El aeropuerto de Roatán fue controlado por Roberto de Jesús Soto García, quien fue extraditado a Estados Unidos el 20 de diciembre de 2017 desde Honduras, condenado a tiempo servido en octubre de 2019 y liberado en noviembre de ese año.

Narcosobrinos y Honduras.
Fragmento del memorándum de sentencia. El documento oficial del Gobierno de EE. UU. detalla cómo los narcosobrinos planearon enviar 800 kilogramos de cocaína desde Venezuela al Aeropuerto Internacional Juan Manuel Gálvez en Roatán. Foto: captura de pantalla.

Pactos sellados con cocaína y vuelos programados

Tras la reunión en Honduras, los narcosobrinos viajaron a Caracas y entre el 23 y 27 de octubre de 2015 se reunieron con CS-1 y CS-2, quienes eran confidentes del gobierno estadounidense.

Durante estos encuentros, negociaron los términos del envío y proporcionaron una muestra de cocaína para demostrar la calidad del cargamento que planificaban despachar.

El 6 de noviembre de ese mismo año, Efraín Campo Flores, uno de los narcosobrinos, volvió a Honduras para ultimar los detalles del envío de 800 kilos de cocaína.

En nombre de los acusados, Campo acordó despachar el cargamento desde Venezuela el 15 de noviembre de 2015.

Todo estaba listo. Las rutas, los contactos, el destino y los cómplices. El aeropuerto de Roatán sería el corazón del operativo.

Soto García, el enlace hondureño que se quebró

El nombre de Roberto de Jesús Soto García volvió a tomar fuerza años después, cuando lo capturaron y presentaron ante el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York.

Allí, Soto admitió su participación en la conspiración y reconoció el rol que jugó al facilitar el uso del aeropuerto hondureño para los fines del narcotráfico.

Documentos del Gobierno de Estados Unidos, incluidos en el memorándum de condena, revelan que Soto no solo permitió el ingreso de la droga sino que tejió conexiones locales que daban legitimidad a las operaciones.

Cuando las pruebas lo acorralaron, no tuvo más opción que asumir su culpa.

Un caso que unió cocaína, poder y traición

Los narcosobrinos, sobrinos directos de la primera dama venezolana, Cilia Flores, intentaron aprovechar su poder político para abrir una ruta de tráfico de cocaína con la complicidad de actores en varios países.

Honduras, y en particular la isla de Roatán, fue pieza clave para este engranaje que terminó fracturándose cuando los confidentes del gobierno estadounidense grabaron las negociaciones y entregaron evidencias contundentes.

El caso expuso cómo el crimen organizado corrompe terminales aéreas, autoridades locales y operadores del sistema.

Pero también mostró que cuando las piezas comienzan a caer, los pactos y lealtades se disuelven.

En este escenario, Soto García pasó de ser pieza esencial del engranaje a un testigo de cómo la estructura se vino abajo.

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El legado de los narcosobrinos en Honduras

Aunque los sobrinos de Cilia Flores fueron condenados y Soto admitió su culpa, y ahora está de vuelta en el país, el caso deja huella.

En Honduras, el aeropuerto de Roatán opera, pero con el peso de haber sido parte de una de las operaciones más sofisticadas de narcotráfico internacional.

La historia, ahora documentada en registros judiciales, recuerda la vulnerabilidad de las instituciones y la necesidad urgente de fortalecer los controles.

Los narcosobrinos pensaron que tenían todo bajo control. Que los pactos, los pagos y las conexiones serían suficientes.

Pero como suele pasar en el narcotráfico: la traición y la justicia llegaron por la puerta que menos esperaban.