La noche anterior al secuestro, Víctor Hugo Romero, exdiputado, asegura que algo no estaba bien. Dice que despertó sobresaltado por pesadillas extrañas y que, mientras permanecía sentado en la sala de su casa, sintió un miedo que jamás había experimentado.
“Esa noche desperté porque tenía pesadillas feas y cuando estaba en la sala sentí miedo y yo nunca sentía miedo”, recordó durante una entrevista en One Podcast.
Horas después, su vida cambiaría para siempre. El 14 de mayo de 2014 salió de madrugada hacia una hacienda para ordeñar ganado.
Según contó, cerca de las siete de la mañana llamó a su hijo mayor, quien cursaba estudios de Medicina y estaba de vacaciones. “Venite y te llevás la leche”, le dijo.
Romero lo describió como un muchacho tranquilo, inteligente y querido por la gente. Asegura que intentaba no molestarlo demasiado y que incluso lo consentía porque era “un cipote bueno”.
Su hijo llegó, dejó la leche y regresó nuevamente a la hacienda. Allí todavía hablaron por última vez. “Me dijo que quería quedarse y hacer una parcela de milpa”, relató.
Poco después, el joven desapareció.
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El secuestro y la llamada que destruyó su vida
Víctor Hugo Romero contó que ese 14 de mayo de 2014, se fue al banco y luego a la casa y se sentó a almorzar.
Fue entonces cuando recibió una llamada que todavía recuerda palabra por palabra. “Compa, le llevaron el cipote”.
Dice que en ese instante perdió el control. “Salí como loco, empecé a parar carros, fue una locura”, recordó con la voz quebrada.
Asegura que desde ese momento no volvió a ver a su hijo. “No sé qué hicieron con él, no sé si vive o murió”, lamentó.
Según su relato, los secuestradores le exigían 30 millones de lempiras, una cifra que, asegura, relacionaban con los ingresos que obtenía a través de negocios de telefonía celular y la venta de una propiedad realizada por su madre.
Romero sostiene que detrás del secuestro operaba una estructura criminal organizada que ya había cometido al menos 14 plagios. “Era una banda bien estructurada”, afirmó.

“Papá pagá, me van a matar”
Las llamadas comenzaron el mismo día del secuestro y Romero asegura que negoció directamente con los secuestradores y que logró acordar un primer pago que entregó el 18 de junio de 2014.
Esperó durante horas la liberación de su hijo, pero nunca ocurrió, en cambio, recibió otra llamada.
Los secuestradores le dijeron que el dinero había sido insuficiente. “Les di tres millones y dijeron que era poquito”, relató.
Después vino otra negociación y otro pago programado para el 20 de agosto de 2014, justamente el día de su cumpleaños.
En medio de la desesperación, pidió pruebas de vida, entonces recibió un video. Su hijo aparecía encerrado en lo que parecía ser un baño o un pequeño servicio sanitario. En la grabación suplicaba por su vida.
“Papá pagá, me van a matar”. Esa frase quedó marcada para siempre en la memoria del exdiputado.
La llamada final
Romero contó que inicialmente envió a su hermano a entregar el dinero en El Zapotal, en San Pedro Sula, una zona que describió como peligrosa.
Sin embargo, asegura que el nerviosismo y la presencia policial provocaron tensión entre los secuestradores.
“No aceptaban negociar con otro”, explicó. Esa misma noche recibió otra amenaza. “Hoy sí te lo vamos a matar porque nos echaste la Policía”, asegura que le dijeron.
Pese a que el dinero estaba listo nuevamente, los secuestradores dejaron de comunicarse durante varios días.
La incertidumbre se convirtió en tortura, pero el 22 de agosto de 2014 volvieron a contactarlo brevemente y después, el silencio.
La última llamada llegó el 3 de octubre de 2014 y desde entonces, nunca más supo de su hijo.

“Quiero saber dónde lo enterraron”
Doce años después de la desaparición de su hijo, la historia de Víctor Hugo Romero Chinchilla volvió a colocarlo en el centro de la atención pública.
El 5 de junio de 2026 fue capturado por autoridades hondureñas, acusado por la Fiscalía de haber ordenado el asesinato de un hombre en una presunta venganza vinculada al secuestro que marcó su vida y sacudió a su familia en el departamento de Copán.
Con el paso del tiempo, asegura que comenzó a aceptar la posibilidad más dolorosa. “A este tiempo, yo pienso que me lo mataron y lo enterraron en algún lugar para que nadie se diera cuenta”, expresó.
Dice que ya no espera milagros, pero sí una respuesta. “Quiero saber dónde lo enterraron para llevarlo a un cementerio”.
Con la voz entrecortada, confesó que el secuestro destruyó parte de su vida emocional y política. “Gracias a Dios no perdí la cabeza. He sufrido. Un hijo es duro y más la forma como lo hicieron”, dijo.
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