Lo que antes era una aldea donde las familias vivían de la agricultura y del trabajo diario hoy se parece más a un pueblo abandonado. En Peñitas Abajo, en el sector de El Merendón, el desplazamiento forzado de al menos 26 familias las obligó a dejar atrás sus casas, sus tierras y buena parte de sus pertenencias por miedo a perder la vida.

No huyeron por un desastre natural ni por falta de empleo, huyeron porque, según denuncian los propios habitantes, un reducido grupo de criminales convirtió la comunidad en un territorio dominado por el miedo.

Según relatan, obligaron a los vecinos a abandonar lo que durante años construyeron con esfuerzo.

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Desplazamiento, casas abiertas y una aldea que se queda sin gente

Una de las víctimas del desplazamiento forzado relató que la salida de las familias ocurrió de forma apresurada y que muchos cerraron la puerta sin saber si algún día volverán a abrirla.

El miedo era tan grande que algunos apenas alcanzaron a sacar un ventilador, ropa y unos cuantos objetos personales.

"Los muebles, herramientas de trabajo y demás pertenencias quedaron dentro de las viviendas, que ahora son silenciosos testigos del abandono", dice un poblador.

De acuerdo con el testimonio, en la comunidad sobreviven apenas unas nueve familias, mientras el resto buscó refugio en distintos sectores de San Pedro Sula para escapar de las amenazas.

"Que aproximadamente 26 familias abandonen sus terrenos y unas nueve continúen residiendo en el sitio deja en evidencia que los buenos son más", expresó uno de los afectados.

una aldea vacía

Dos asesinatos terminaron por quebrar la resistencia

El éxodo no ocurrió de un día para otro, los pobladores aseguran que la violencia escaló hasta hacer imposible permanecer en la aldea.

En las últimas semanas asesinaron a dos vecinos ampliamente conocidos en la comunidad.

El primero fue Carlos Alberto Arriaga, de 52 años, vendedor de frutas y verduras en el mercado El Rápido.

La segunda víctima fue Israel Moreno Garza, de 67 años, agricultor y pastor evangélico.

Según los reportes, salió de madrugada rumbo a su jornada de trabajo cuando lo interceptaron desconocidos que le quitaron la vida.

Su cuerpo quedó tendido en el camino con la mochila y las botas de trabajo puestas, una escena que, para los habitantes, simbolizó que ni siquiera las rutinas más sencillas ofrecían seguridad. En ese mismo ataque otras personas resultaron heridas.

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La advertencia que deja una comunidad vacía

Los pobladores insisten en que no quieren abandonar definitivamente Peñitas Abajo y piden que las autoridades recuperen el control del sector.

Además piden que capturen a los responsables de generar el ambiente de zozobra y les permitan regresar sin temor.

El caso expone una de las expresiones más silenciosas de la violencia en Honduras: el desplazamiento forzado.

Cuando una comunidad comienza a vaciarse porque sus habitantes consideran que quedarse significa morir, el problema deja una alerta para el Estado.

En Peñitas Abajo todavía quedan algunas familias resistiendo, pero cada casa cerrada recuerda que, mientras el miedo gobierna la aldea, los criminales consiguen algo más que sembrar terror: expulsar a toda una comunidad de su propio hogar.

Si el Estado no recupera Peñitas Abajo, no solo habrá perdido un territorio frente a la delincuencia.

También permitirá que el miedo expulse a hondureños de su propio hogar, convirtiendo otra comunidad en un pueblo fantasma donde el silencio reemplaza la vida.

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