Las lluvias no cesan en Olancho. Durante los últimos días, los torrentes se llevaron consigo vados, cajas puentes y carreteras, dejando aisladas varias comunidades rurales.
En Juticalpa, las aldeas de Cayo Blanco, El Bijagual y El Higuerito quedaron incomunicadas luego de que los ríos crecieran con fuerza y arrasaran las estructuras de paso.
“Las corrientes se llevaron los vados construidos en San José y El Higuerito, ahora no hay cómo salir ni entrar”, relató un poblador.
En la aldea Zopilotepe, el paso quedó cortado a la altura de la quebrada El Morroco, principal conexión hacia Patuca.
En Gualaco y Concordia, la historia es similar: derrumbes de cerros, carreteras destrozadas y sectores rurales totalmente desconectados del resto del departamento.
Las lluvias que muchos esperaban como alivio, hoy son sinónimo de aislamiento y pérdidas.
La otra cara de las lluvias: alivio para unos, ruina para otros
Para el vicepresidente del Programa Nacional de Granos Básicos (Prograno), Allan Pagoada, el daño más grave se concentró en la infraestructura.
“Tuvimos suerte los agricultores, porque cuando llegaron las lluvias ya habíamos sacado las cosechas. No se reportaron daños agrícolas significativos”, explicó.
Sin embargo, Pagoada recordó que el verdadero golpe lo recibieron meses atrás, cuando la sequía azotó los cultivos sin piedad.
“Donde sí sufrimos pérdidas catastróficas fue al inicio del ciclo productivo, con una sequía sin precedentes que secó todo lo que habíamos sembrado”, lamentó.
Las lluvias llegaron tarde y con fuerza, sin ofrecer equilibrio. “El clima nos castiga en los dos extremos: primero con la falta de agua, ahora con el exceso”, agregó el productor.
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Agricultores hondureños en el olvido
A pesar del esfuerzo por sostener la producción, los agricultores siguen sin respuestas del gobierno.
Pagoada fue claro: “Pedimos clemencia, no un perdón de deuda, sino readecuación. Pero nadie nos escucha”.
El campo se enfrenta a una doble tragedia: la pérdida de caminos que impide sacar productos y la incertidumbre financiera que crece con cada tormenta.
“Sin carreteras, sin apoyo y con tantas lluvias, no hay cómo levantarse”, expresó el joven productor.
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Un futuro incierto para productores agrícolas si no se actúa
La situación en Olancho refleja el precio de la falta de planificación y adaptación ante el cambio climático.
Lo que antes eran lluvias normales de temporada, hoy se convierten en amenazas que destruyen todo a su paso.
Las comunidades rurales pagan ese costo con aislamiento, hambre y deudas. Mientras tanto, los productores repiten una amarga verdad: en Honduras, cada temporada es una ruleta entre el polvo y el lodo.
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