La migración no siempre empieza en una terminal de buses o frente a un río fronterizo. A veces comienza mucho antes: en una casa donde hubo golpes, en un barrio controlado por pandillas, en una habitación donde una niña fue violentada y nadie hizo nada.

Durante años, la organización Médicos Sin Fronteras (MSF) documentó en Honduras y México los testimonios más crudos de migrantes que escaparon del miedo.

Historias que, aunque se recogieron tiempo atrás, retratan una realidad que no desaparece: la violencia contra las mujeres migrantes es una herida abierta.

Detrás de las cifras sobre migración, deportaciones o detenciones fronterizas existen vidas quebradas por experiencias que rara vez aparecen en los discursos oficiales.

Son relatos donde el hambre se mezcla con la violencia sexual, el desplazamiento forzado y el terror impuesto por estructuras criminales.

Muchas mujeres no abandonaron Honduras únicamente por pobreza, salieron huyendo de agresores, de maras, de abusos dentro de sus propias familias o de territorios donde vivir significó sobrevivir bajo amenaza permanente.

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Migrantes y sus relatos

“Vengo desde Honduras. Atravesé la frontera para llegar a Estados Unidos. Ahora espero en la Casa del Migrante en Coatzacoalcos hasta recuperarme y continuar la ruta. Me siento deprimida. Salí porque no tenía trabajo. Dejé a mi hijo con unos familiares mientras llego al norte. He vivido situaciones muy duras”.

Así comenzó el relato de Mayelli ante personal de MSF. Su historia arrastra dolor desde la infancia.

Cuando apenas tenía tres años quedó huérfana después de que las maras asesinaran a sus padres.

La criaron familiares, pero nunca encontró protección. A los ocho años sufrió abuso sexual por parte de un primo y nadie intervino.

La adolescencia tampoco le ofreció refugio, terminó vinculándose con personas ligadas a pandillas y conoció a un hombre que se convirtió en su pareja.

Él también la violentó y trató de asesinarla. En medio de esa realidad intentó sobrevivir vendiendo comida, pero su pareja le quitó el negocio, el dinero y hasta la ropa.

Sin hogar y viviendo en las calles, tomó una decisión que miles de mujeres hondureñas toman cada año: migrar.

Su frase quedó registrada como un eco doloroso de quienes sienten que ya no tienen nada que perder: deseaba “alas para volar”.

retratos de dolor
La ruta migratoria hacia Estados Unidos sigue marcada por el miedo, la separación familiar y las heridas invisibles que cargan miles de hondureños obligados a huir de la violencia y la pobreza. Foto: Ana Villanueva / MSF.

Las heridas que también cargan los hombres

Pero la violencia criminal deja secuelas psicológicas profundas en hombres que terminan atrapados entre pandillas, amenazas y desplazamiento forzado.

Arturo llegó a consulta psicológica acompañado de su esposa. No quería hablar, comer ni bañarse, el hombre temblaba constantemente y había intentado suicidarse.

Desde niño sufrió maltrato físico y verbal. A los 13 años escapó de su casa y terminó involucrado con barras de fútbol.

Allí creyó encontrar una familia, hasta que uno de los líderes le ordenó asesinar a una amiga.

“No pudo hacerlo”, dijo. Le advirtió a la joven que huyera y él también escapó. Intentó migrar hacia Estados Unidos, pero no logró cruzar y regresó a Honduras y las amenazas continuaron.

Las barras lo localizaron, lo golpearon y luego lo secuestraron. Lo llevaron a una “casa loca”, sitios utilizados por pandillas para cometer torturas y atrocidades.

Allí fue brutalmente agredido, según el relato documentado por MSF, sufrió abuso sexual, ataques con arma blanca y otras formas extremas de violencia.

Después de perder el conocimiento, una mujer desconocida lo rescató y lo llevó a un hospital.

Hasta hoy, Arturo asiste a terapia psicológica completamente disfrazado por miedo a ser reconocido por sus agresores.

“No sé si estoy embarazada”

Uno de los testimonios más estremecedores recogidos por MSF fue el de Cecilia, una adolescente hondureña de apenas 14 años.

Entró tímidamente a consulta médica y pronunció una frase que dejó paralizado al personal humanitario:

“Es que no sé si estoy embarazada”. La médica que la atendió descubrió rápidamente el nivel de abandono que marcó su vida.

Cecilia no sabía leer ni escribir, nunca fue a la escuela y ni siquiera conocía con exactitud su fecha de nacimiento.

Poco a poco comenzó a hablar. Contó que su hermana la llevó a una “casa loca”, una vivienda utilizada por pandilleros.

Allí fue abusada sexualmente por un líder criminal y no era la primera vez que sufría violencia.

Tres años antes, un hombre la interceptó mientras caminaba hacia su casa y la llevó hasta un monte para violarla.

La adolescente regresó sangrando, sucia y desorientada. “El caso de Cecilia lamentablemente no es aislado”, expresó la médica de MSF.

huyen
Muchos huyen del país, otros los deportan y vuelven a enfrentar los miedos por los que un día salieron de Honduras. Foto: cortesía.

La violencia que empuja a migrar

Los relatos de Mayelli, Arturo y Cecilia muestran que las cicatrices de la migración no siempre se producen durante el trayecto.

Muchas nacieron en Honduras y continúan persiguiendo a quienes huyen creyendo que la distancia podía salvarlos de sus propios fantasmas.

Aunque los testimonios fueron recogidos hace años, siguen retratando una realidad que permanece viva.

La migración continúa siendo, para miles de personas, una salida desesperada frente a violencias que todavía no encuentran respuesta.

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