En Tomalá, Lempira, hay un agua a la que durante generaciones nadie logra ponerle precio. No porque falten personas dispuestas a recorrer kilómetros para conseguirla, sino porque, según una antigua historia del pueblo, la única vez que intentaron convertirla en negocio el manantial se secó.
Ocurrió en el sitio que hoy se conoce como el Pocito de la Virgen, un lugar rodeado de enormes piedras donde la fe popular atribuye al agua propiedades milagrosas.
La tradición cuenta que, después de descubrir el pozo, un alcalde dispuso vender el agua que brotaba del lugar, pero poco después dejó de salir.
Pero el manantial no desapareció, los pobladores aseguran que el agua comenzó a brotar más abajo, precisamente a dónde actualmente se encuentra el Pocito de Nuestra Señora de los Remedios.
Para los creyentes en Tomalá, aquello tuvo una explicación: el agua podía beberse, compartirse y llevarse, pero no venderse.
La historia sobrevivió y también el manantial y hoy, a pocos pasos de la iglesia de Tomalá, peregrinos llegan con recipientes para llevarse un poco de esa agua que consideran bendita.
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Pocito de la Virgen: agua que los fieles consideran milagrosa en Tomalá
El Pocito de la Virgen es uno de los lugares de devoción más particulares de Tomalá, Lempira.
Durante las celebraciones patronales recibe a miles de visitantes procedentes de diferentes lugares de Honduras y también de El Salvador y Guatemala.
La razón no está únicamente en el manantial, alrededor de la enorme roca existen historias sobre la aparición de Nuestra Señora de los Remedios.
Hablan de supuestas curaciones y señales que los habitantes transmitieron durante años.
Una de las versiones sostiene que la Virgen, con el niño Jesús en brazos, la encontraron junto al pozo de agua.
Desde entonces, el sitio se ligó a la devoción religiosa de la comunidad y a la creencia de que sus aguas pueden conceder alivio a quienes llegan movidos por la fe.
Los relatos de quienes aseguran recibir favores permanecen incluso dentro del santuario.
En un mural se exponen testimonios de visitantes que atribuyen a la Virgen de los Remedios la recuperación de distintas enfermedades.
Se trata de testimonios de fe y no de evidencia médica sobre propiedades curativas del agua.

Las huellas de la Virgen que borraron los peregrinos
El agua no es el único misterio que atrae a quienes llegan al Pocito de la Virgen. Sobre la gigantesca piedra existen pequeñas marcas parecidas a unos pies que los creyentes identifican como las huellas de la Virgen.
Todavía pueden distinguirse, aunque ya no con la claridad de otros tiempos. La explicación que se conserva en Tomalá apunta precisamente a la devoción de los antiguos peregrinos.
Según el relato, las personas subían hasta la roca y raspaban las supuestas huellas para llevarse el polvo desprendido de la piedra.
Algunos lo mezclaban con el agua del pocito y lo bebían convencidos de que podía ayudarles a sanar.
La práctica desgastó las marcas hasta volverlas borrosas. Lo que para unos es simplemente una formación sobre la roca, para los creyentes es una señal ligada a la presencia de la Virgen en aquel lugar.

Pocito de la Virgen: el manantial que aseguran nunca se seca
Hay otra característica que sostiene la fama del Pocito de la Virgen: los pobladores aseguran que el agua brota pese al paso de los años, las variaciones del clima y la llegada masiva de peregrinos durante las ferias patronales.
Las personas beben, se mojan con ella y llenan recipientes para llevarla hasta sus hogares.
Algunos regresan después para dejar testimonio de lo que consideran un favor recibido; otros llegan por primera vez cargando la esperanza de obtenerlo.
Así sobrevive el Pocito de la Virgen entre fe, tradición y misterio. Sus aguas corren al pie de la enorme piedra donde los peregrinos buscan las huellas de la Virgen.
Pero en Tomalá, sobre el lugar permanece una historia que nadie olvida: cuando alguien quiso cobrar por aquella agua, el pozo dejó de darla y el manantial apareció en otro sitio.
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