No eran desconocidos. Eran hombres y mujeres que llevaban alrededor de 26 años viviendo en Rigores, Trujillo, Colón, una comunidad levantada a fuerza de trabajo, resistencia y miedo en medio del conflictivo Bajo Aguán.
Allí sembraron maíz, levantaron casas humildes y trataron de construir una vida lejos del ruido de las balas.
Pero en esa misma tierra donde buscaron refugio, terminó alcanzándolos otra vez la violencia.
“Era nuestra tierra”, repiten los pobladores con la voz quebrada. Hoy, esa tierra está manchada de sangre.
La masacre en Rigores volvió a colocar al Aguán en el centro del horror. Otra vez aparecen cadáveres, familias destruidas y una comunidad atrapada entre el silencio y el terror.
Otra vez surge la misma pregunta que durante años nadie logra responder: por qué la violencia nunca dejó de caminar libre por esta región de Colón.
En Rigores, dicen los pobladores, las patrullas militares pasan, los operativos se anuncian y los retenes aparecen, pero la muerte siempre regresa.
Ni la Fuerza Xatruch ni los distintos despliegues policiales y militares lograron detener una espiral violenta que desde hace más de una década consume comunidades enteras en el Aguán.
“La estrategia no sirvió. Aquí seguimos enterrando gente”, lamentó un poblador mientras observaba el dolor de las familias.
De interés: La masacre de Rigores golpeó a tres empresas asociativas campesinas
Desalojos, incendios y persecución marcan la historia de Rigores
La tragedia que hoy enluta a Rigores no comenzó con esta masacre. Viene arrastrándose desde hace años.
Juana Esquivel, exdirectora de la Fundación San Alonso, en Tocoa, Colón, retrató parte de esa historia en su artículo “La barbarie que no cesa en la Comunidad Nueva Vida, Rigores, Colón (Margen izquierda)”.
En ese escrito describe cómo las familias campesinas vivieron durante años bajo persecución, amenazas y violencia sistemática.
“Han sufrido persecución y violencia sistemática por parte de terratenientes y de un sistema que no sirve a los pobres, sino que vive de ellos y su sufrimiento”, escribió Esquivel.
Para explicar la profundidad de las heridas que carga la comunidad, Esquivel recuerda el desalojo de junio de 2011, uno de los episodios más dolorosos que golpeó a las familias campesinas de Rigores.
Según relata, maquinaria pesada destruyó viviendas mientras policías y militares incendiaban los hogares. "Echaron gasolina y prendieron fuego”, recuerda.
Las casas quedaron reducidas a cenizas. Las familias huyeron entre humo, miedo y llanto.
Sin embargo, pese al terror, la comunidad regresó tiempo después para reconstruir sobre las mismas tierras de las que los expulsaron.
“Aún después de esa brutalidad fue admirable la fuerza y la resiliencia comunitaria”, señala Esquivel.

Una violencia que no desapareció
En su análisis, Esquivel también menciona supuestos abusos durante la gestión de César Ham en el Instituto Nacional Agrario (INA), periodo en el que, asegura, la comunidad quedó atrapada entre corrupción y especulación alrededor de las tierras.
“La comunidad vio cómo el valor de sus tierras se sobrevaloró de forma desproporcionada de 12 a más de 50 millones de lempiras”, sostiene.
Con los años, la tensión en el Aguán dejó de limitarse a los conflictos agrarios. La violencia comenzó a mezclarse con estructuras criminales, amenazas y hechos cada vez más brutales.
Esquivel describe una margen izquierda “secuestrada por grupos criminales que operan en total impunidad”.
Mientras enumera episodios recientes que profundizaron el miedo colectivo: el hallazgo de una mujer asesinada por ahorcamiento y la quema de una iglesia en la comunidad.
A esa historia también se suma la desaparición forzada de Francisco Pascual en 2011, un caso que llegó al conocimiento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
Para los pobladores, todo fue formando una bomba de tiempo que terminó explotando nuevamente con la masacre.

La masacre revive una tragedia que nunca terminó
Juana Esquivel sostiene que lo ocurrido no puede verse como un hecho aislado. “Lo que está pasando con las familias de Nueva Vida, Rigores, no es un hecho aislado; es una barbarie anunciada. Es la cruda realidad de un territorio donde la impunidad camina libre y donde defender la tierra se paga con la vida”, advierte.
Y mientras las familias intentan identificar a sus muertos y entender cómo sobrevivir después de otra tragedia, Rigores vuelve es símbolo de un Aguán que parece condenado a repetir el dolor.
Porque aquí los campesinos sobrevivieron desalojos, fuego, persecuciones y amenazas. Pero no lograron escapar de la muerte.
Lea también: Rigores, Trujillo: la bomba de tiempo que convirtió al Aguán en campo de muerte
