Pasaron todo el día frente al calor del horno, las tejas estaban listas, el trabajo había terminado y la recompensa parecía sencilla: unas botellas de aguardiente para cerrar la jornada entre conocidos.

Nadie imaginó que aquella casa de Las Tejeras, en Comayagua, horas después era el escenario de una ejecución que todavía permanece grabada en la memoria del departamento.

La madrugada del 10 de enero de 2016, al menos diez hombres vestidos de negro irrumpieron violentamente en la vivienda.

No llegaron a intimidar ni a robar, llegaron con un objetivo claro: matar. Cuando el silencio volvió al lugar, seis hombres yacían sin vida.

Las víctimas fueron: Santos Euceda, José Ramos, Nelson Vega, Marvin Montoya, Rigoberto Hernández y Orlando Orellana.

Sus cuerpos fueron encontrados varias horas después, atados de manos y pies, evidencia de que antes de los disparos nadie tuvo posibilidad de escapar.

La escena era devastadora, entre casquillos de bala y botellas de licor quedaron las últimas señales de una reunión que, según los familiares, solo pretendía celebrar el final de un día de trabajo.

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Una masacre que cambió a Las Tejeras

La noticia sacudió a Comayagua desde las primeras horas del domingo y los cuerpos los trasladaron a la morgue del Ministerio Público en Tegucigalpa mientras investigadores comenzaron a reconstruir una madrugada que la marcó el miedo y el desconcierto.

Los primeros indicios establecieron que el ataque ocurrió entre la una y las dos de la mañana.

Los sicarios entraron en grupo, dominaron a quienes estaban dentro de la vivienda y ejecutaron a todos los presentes antes de desaparecer.

La forma en que ocurrió el crimen dejó claro para los investigadores que no se trató de un hecho improvisado, sino de una operación planificada.

la masacre
Llas víctimas departían en el interior de una vivienda, hasta donde llegaron desconocidos y los atacaron a disparos en Las Tejeras, Comayagua. Foto: redes sociales.

Dos versiones de una misma tragedia

Mientras las autoridades levantaron evidencias, las explicaciones comenzaron a dividirse.

Para los familiares, las víctimas eran trabajadores que, como tantas otras noches, terminaron de cocer un horno de tejas alrededor de las siete de la noche y decidieron quedarse compartiendo unas bebidas.

Doña Esperanza Hernández Aguilar, esposa y madre de dos de los fallecidos, aseguró entonces que ni su esposo ni su hijo hablaron de amenazas o enemigos.

"Después del trabajo se tomaban sus tragos, era lo único que hacían ellos", relató en medio del dolor en aquel momento.

Otro familiar ofreció una versión distinta sobre el móvil del crimen. Según dijo, los atacantes buscaban a uno de los hombres que estaba en la casa, pero asesinaron a todos para no dejar testigos.

Nunca reveló el nombre de esa persona por temor a represalias.

La línea que siguió la investigación

La Policía orientó rápidamente sus pesquisas hacia otra hipótesis y las investigaciones apuntaron a que la masacre de Las Tejeras se relacionó con una disputa por el control de la venta de drogas en la zona.

Durante las diligencias, los agentes revisaron antecedentes familiares y establecieron que la madre de dos de las víctimas cumplía prisión por tráfico de drogas desde julio de 2015.

También confirmaron que el padrastro de esos jóvenes permanecía en ese entonces recluido por el mismo delito en la cárcel de Comayagua.

Esa información fortaleció la teoría de un ajuste de cuentas ligado al narcomenudeo y al control territorial, aunque nunca se confirmó.

Los datos

Diez años después

Han pasado diez años desde aquella madrugada, pero la masacre de Las Tejeras se recuerda.

Para los pobladores fue una de las ejecuciones múltiples más violentas ocurridas en Comayagua.

Lo que inició con el humo de un horno de tejas terminó con seis familias destrozadas y un pueblo que aprendió, de la forma más cruel, que en Honduras una noche cualquiera es una escena de guerra antes de que amanezca.

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