Honduras no comenzó el año en pausa, sino con una violencia que no se detiene. Cada día, al menos seis personas mueren de forma violenta, una cifra que, más allá de su repetición, marca el pulso de una inseguridad que se mantiene constante mientras la extorsión continúa extendiéndose hacia municipios donde antes no tenía presencia.

Para el abogado y experto en seguridad Germán Licona, el problema no es únicamente la persistencia de los delitos, sino la falta de una reacción oportuna frente a un fenómeno que sigue ganando terreno.

“Venimos empezando el año, pero eso de que cada día mueran seis personas preocupa, y más cuando la extorsión sigue galopando”, señala.

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Inseguridad, una transición, decisiones tardías y espacios para el crimen

El análisis de Licona se detiene en los primeros meses del nuevo gobierno, un periodo que, según su lectura, estuvo marcado por decisiones que no llegaron a tiempo.

Tras la salida de un estado de excepción parcial —que implicó la suspensión de garantías constitucionales—, el país entró en una fase donde la conducción en materia de seguridad no se definió de inmediato.

Ese retraso, advierte, generó un vacío que fue aprovechado por estructuras criminales para operar.

“No vamos a desconocer que salimos de un estado de excepción… pero cuando entra un nuevo gobierno, sabemos que no se nombró a tiempo al ministro, y ese vacío lo usaron los grupos criminales para hacer de las suyas”, afirma.

En ese escenario, la violencia no solo continuó, sino que encontró condiciones para expandirse en distintos territorios.

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Extorsión que se mueve y crimen que se adapta

Uno de los puntos que más inquieta al experto es la evolución de la extorsión. Ya no se trata de un delito concentrado en zonas específicas, sino de un fenómeno que comienza a desplazarse hacia municipios donde antes no tenía presencia.

Eso asegura Licona, amplía el impacto y afecta nuevas dinámicas económicas y sociales.

Ese comportamiento revela, según su análisis, "una capacidad de adaptación de las estructuras criminales frente a un Estado que aún intenta reorganizar su respuesta".

Datos incompletos en medio de una violencia visible

A la par de esa dinámica, surge otro elemento que complejiza el panorama: la calidad de los datos.

La analista en seguridad Mirna Flores advierte que el país podría estar operando con información incompleta, lo que limita la comprensión real del fenómeno.

“Lo que preocupa es no saber con qué datos está trabajando la Policía. Porque si usted se mete a Sepol, Sepol no tiene muchos datos”, señala, en referencia a Sistema Estadístico Policial (SEPOL).

Esa “cifra negra” —los delitos que no se registran— abre una brecha entre lo que dicen las estadísticas y lo que percibe la población ante la inseguridad.

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Violencia que se siente más allá de las cifras

Masacres, asesinatos entre familias, vendettas, enfrentamientos entre grupos de narcotráfico y secuestros.

Son delitos que no solo incrementan el conteo, sino que elevan el impacto emocional de la violencia.

Además, alimentan una percepción que crece incluso cuando los datos no logran capturar toda su dimensión.

En ese punto, la violencia deja de ser únicamente un número y se convierte en una experiencia cotidiana que redefine la percepción de la población.

La combinación de un ritmo constante de homicidios, una extorsión en expansión y decisiones que, según el análisis, no llegaron a tiempo, deja al país frente a un escenario complejo.

Honduras no solo enfrenta el desafío de contener la inseguridad, sino de hacerlo mientras intenta reorganizar su estrategia.

Porque cuando la respuesta llega después, y los datos no alcanzan a explicar todo lo que ocurre, el riesgo no es solo quedarse corto, sino seguir reaccionando a una violencia que ya tomó ventaja.

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