Desde la Basílica de Suyapa, uno de los centros espirituales más simbólicos del país, el rector Carlo Magno Núñez marcó que el tono de estos días no solo se trata de tradición, sino de asumir un tiempo que exige recogimiento, disciplina y sentido: la Semana Santa.

“Este viernes será viernes de Dolores, ya están a la puerta las actividades de Semana Santa”, recordó el religioso, al describir cómo en las parroquias se activan los viacrucis, algunos dentro de los templos y otros en procesiones que recorren barrios enteros, como una forma de llevar la fe más allá de las paredes.

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Semana Santa, un tiempo que exige más que presencia

"No basta con asistir", dijo Núñez, quien insistió en que estos días implican ayuno, oración y penitencia; prácticas que, lejos de ser rituales vacíos, buscan abrir un espacio de reflexión personal en medio del ruido cotidiano.

El viernes de Dolores no es solo una fecha en el calendario litúrgico, es la antesala que conduce al Domingo de Ramos, cuando la celebración se transforma en un acto colectivo que mezcla alegría y advertencia.

Semana Santa
Los hondureños que se mueven a lo largo del país año tras año en la Semana Santa para aprovechar el feriado que se da en estas fechas. Foto: cortesía.

Tradición, fe y participación comunitaria

En Honduras, la Semana Santa se vive con palmas en alto, procesiones que avanzan lento y multitudes que acompañan. Núñez lo explicó sin rodeos: el Domingo de Ramos tiene dos rostros.

Por un lado, la celebración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde se le aclama como rey.

Por otro, la lectura de su pasión, que anticipa el sacrificio. Es una dualidad que obliga a detenerse, a entender que la fe también pasa por el dolor, la entrega y la coherencia.

“Se aclama al Señor Jesús con las palmas… pero también se lee la pasión”, señaló, subrayando esa continuidad que no se puede ignorar.

Semana Santa
Católicos hondureños participan de una procesión en el marco de la conmemoración del Domingo de Ramos, que da inicio a las actividades religiosas de Semana Santa. Foto: cortesía.

El llamado: vivir, no solo observar

La invitación final no es decorativa. Es directa. Núñez llamó a los fieles a participar activamente, a no quedarse como espectadores de una tradición que, año tras año, corre el riesgo de volverse rutina.

Semana Santa, insistió, es una oportunidad para fortalecer la fe, reflexionar sobre la vida y reencontrarse con el sentido del sacrificio de Jesús, pero también con el compromiso hacia los demás.

Porque al final, lo que está en juego no es solo una celebración religiosa, sino la forma en que cada creyente decide vivirla: desde la costumbre… o desde la convicción.

En medio de procesiones, cantos y silencio, la Semana Santa vuelve a poner a prueba algo más profundo que la tradición: la capacidad de cada persona de detenerse, mirar hacia adentro y decidir si su fe es un acto de rutina… o una decisión consciente.

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