Gabriela, una niña hondureña, sonrió mientras cruzaba el escenario con su vestido rosa, un ramo de flores en la mano y la esperanza, inocente pero persistente, de ver a su madre entre el público.
Fue en vano. La silla que Wendy Saraí Pineda debió ocupar permaneció vacía. Solo una semana antes, agentes de ICE detuvieron a Wendy frente a una oficina en Chicago durante lo que parecía una simple cita de rutina.
Su hija no lo sabía, tampoco entendía por qué, pero desde entonces su mundo cambió por completo.
Una niña sin madre ni destino
La menor, de apenas seis años, quedó bajo el cuidado de una vecina mayor que ocasionalmente le brindó cuidados.
Sin un tutor legal, sin acceso a sus padres y con un caso de asilo pendiente, Gabriela está ahora sola en un sistema que no sabe qué hacer con ella.
Camerino Gómez, prometido de Wendy, se aferra a la niña con ternura, pero sin herramientas legales.
“Le dije que su mamá fue a hacer unos trámites para que pronto estén juntas en Honduras”, relata con la voz quebrada.
Sin embargo, él mismo duda que eso sea posible. ICE no responde a sus solicitudes ni a las del abogado de la madre. Y el tiempo pasa.

ICE: un sistema sin respuestas para los niños
La palabra clave aquí es ICE, pero no por su significado literal, sino por lo que representa en la vida de miles de familias migrantes: frialdad institucional e indiferencia burocrática.
La agencia, al ejecutar detenciones sin considerar la situación de los hijos, deja un vacío que ningún protocolo federal suple.
“Gaby tiene miedo de que se la lleve el gobierno. Su madre también. Teme no volver a verla nunca”, afirma Gómez.
Según Eréndira Rendón, experta en justicia migratoria, “no hay infraestructura para proteger a los niños cuyos padres son deportados”.
Y eso es precisamente lo que enfrentan ahora Wendy y su hija: una desgarradora separación, sin mecanismos claros para la reunificación.
La deportación que nadie previó
Wendy, de 39 años, llegó con su hija a Estados Unidos en mayo de 2023 para solicitar asilo.
No tenía antecedentes penales. Pero una antigua orden de deportación, que desconocía, fue suficiente para que ICE la separara de Gabriela.
El 4 de junio de 2025, junto a otras 20 personas, fue detenida en un operativo que defensores de derechos humanos denuncian como excesivo.
Desde entonces, permanece recluida en Kentucky, esperando que la deporten a Honduras.
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El limbo de las niñas migrantes
Historias como la de Gabriela se repiten, pero pocas salen a la luz. Menores que quedan solos, sin saber a quién acudir ni cómo volver a abrazar a sus madres.
El trauma emocional es profundo. El miedo, constante. Y la incertidumbre, absoluta. Gaby, con su sonrisa de niña fuerte y su ramo de flores, aún cree que su mamá regresará.
Pero entre las oficinas del gobierno, los muros del centro de detención y los silencios de ICE, la esperanza se desgasta.
Gabriela no huyó. Solo buscó un futuro al lado de su madre. Hoy, separadas por una frontera invisible de trámites y decisiones frías, ambas se enfrentan a un sistema que no las ve.
Mientras tanto, en algún rincón de Chicago, una niña hondureña guarda su vestido rosa, sin saber si lo volverá a usar para una celebración... o para una despedida.
