El eco de un crimen brutal aún sacude la memoria de Siguatepeque. Era sábado por la noche, el 7 de noviembre de 2012, cuando Ana Brenda Boden Guzmán, de 40 años, madre de tres hijos, cayó asesinada en su propia sala por las manos de su hija de 15 años y el novio de esta, un joven de 17.

La razón: la madre no aceptaba la relación. Lo que empezó como una disputa doméstica se convirtió en el parricidio que marcaría a toda una ciudad.

El parricidio que impactó a Siguatepeque

La menor no actuó impulsivamente: planeó cada detalle, dijeron las autoridades. Encerró al perro, dejó la puerta de la cocina abierta y avisó por mensajes al novio que todo estaba listo.

El muchacho se escondió en el baño de la casa, cuchillo en mano, esperando el momento.

Cuando la madre salió del cuarto, cayó en la emboscada. El ataque fue despiadado: seis puñaladas, dos en la cabeza, dos en el cuello y dos en la espalda.

El primer cuchillo se quebró en el forcejeo, y fue la propia hija quien trajo otro para culminar el asesinato.

La mentira que no resistió

Tras la tragedia, la joven intentó engañar a la Policía. Inventó la historia de que un hombre vestido de negro irrumpió en la casa y mató a su madre. Pero no había puertas forzadas ni huellas de intrusos.

El novio presentó heridas en la mano y, bajo presión, al final confesó. En pocas horas reveló la verdad.

Dijo que el plan nació del rechazo de la madre al noviazgo. A ella la detuvieron al día siguiente, mientras estaba en el velorio de quien le dio la vida.

Siguatepeque recuerda el asesinato.
El caso movilizó a agentes especializados para corroborar con evidencias los hechos. Foto: cortesía.

El adiós a Ana Brenda Boden

El velorio en la iglesia El Legado fue desgarrador. Amigos, familiares y hermanos de fe lloraban en silencio.

“Era una mujer ejemplar, siempre dedicada a sus hijos”, recordó el pastor Alfredo Guzmán.

Su hijo mayor viajó desde Estados Unidos. Con tristeza recorrió la casa donde creció. Aún había manchas de sangre en el piso de la sala, prueba cruel de la tragedia que les arrebató a Ana.

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Una ciudad marcada

El Ministerio Público acusó a los dos menores por parricidio y los envió a centros de rehabilitación en Tegucigalpa y San Pedro Sula.

Hoy aquellos adolescentes ya son adultos: la hija de Ana tiene 28 años y el que fue su novio, 30.

Sin embargo, en Siguatepeque sus nombres siguen presentes, porque aquel crimen dejó una herida que la ciudad nunca logró asimilar.

“Era una familia unida, nadie puede creerlo”, decían los feligreses. La imagen de la adolescente llorando en el funeral de su madre, horas antes de su arresto, quedó grabada en la memoria colectiva.

Han pasado más de trece años, pero el recuerdo sigue vivo. El asesinato de Ana Brenda Boden no fue solo un crimen familiar: fue un hecho que cambió la percepción de toda una ciudad sobre la violencia en los hogares.

Siguatepeque no olvida. No olvida a la hija que mató a su madre por un amor adolescente, ni el dolor que esa decisión sembró en toda una comunidad.