Lo ocurrido en Sulaco, departamento de Yoro, no es un hecho aislado ni un episodio que pueda leerse únicamente desde la violencia de un día.

El asesinato de Flor Marisela Matute Munguía, de 37 años, madre de un menor y originaria del municipio de Victoria, sacudió Yoro y dejó al descubierto una realidad más incómoda: el avance de estructuras criminales que ya no solo operan, sino que imponen reglas y moldean la vida de las comunidades.

El cuerpo de la mujer fue encontrado la mañana del lunes 6 de abril de 2026, en la comunidad de Las Cañas. Aunque la Policía asegura que las investigaciones registran avances, en la localidad la sensación es otra.

Para los pobladores, lo que ocurrió no sorprende: confirma lo que vienen viviendo desde hace meses: el miedo se volvió rutina y la violencia dejó de ser excepcional.

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Sulaco y el miedo como forma de control

En Sulaco, como en otros municipios de Yoro, la violencia no solo se mide en cifras, sino en silencios.

Las calles que antes se llenaban de actividad agrícola y vida comunitaria hoy se vacían al caer la tarde.

“Aquí ya no se habla de eso… uno aprende a quedarse callado. Después de las seis de la tarde nadie quiere andar en la calle, y si uno escucha algo, mejor se mete a la casa”.

Las conversaciones bajan de tono cuando se mencionan nombres o hechos, y las detonaciones de armas de fuego dejaron de ser un evento aislado para convertirse en una presencia constante.

Habitantes de la zona señalan que grupos criminales, entre ellos el autodenominado “Cártel del Diablo”, consolidan su influencia mediante el miedo, las amenazas y la violencia directa.

Ese dominio no necesita ser visible en todo momento: se siente en la forma en que la gente cambia sus rutinas, evita ciertos lugares o simplemente opta por callar.

Sulaco

Un patrón que se expande

El caso de Matute Munguía se inserta en una cadena de hechos violentos que han convierten a Yoro en uno de los departamentos donde la criminalidad está mutando y expandiéndose.

Ya no se trata de focos aislados, pues la violencia se desplaza, se adapta y encuentra nuevos espacios donde establecerse.

La propia Policía confirmó que la víctima había sido detenida en 2024 por tráfico de drogas vinculado a una estructura criminal, en un operativo donde se decomisaron más de un centenar de envoltorios de marihuana y dinero en efectivo.

Ese antecedente forma parte de las líneas de investigación, pero no cambia el fondo del problema: territorios donde el crimen se infiltra, se organiza y termina imponiendo su ley.

Mujeres en la línea más vulnerable

La muerte de esta madre de familia también se suma a una cifra que no deja de crecer. En lo que va de 2026, más de 60 mujeres fueron asesinadas en Honduras, según el Observatorio de la Violencia de la UNAH.

Detrás de ese número no solo hay víctimas, sino comunidades que comienzan a normalizar la violencia como parte de su entorno.

En Yoro, esa realidad se agrava por la combinación de criminalidad organizada, débil presencia estatal y un tejido social cada vez más golpeado.

Las mujeres, en este contexto, quedan expuestas a múltiples formas de violencia que muchas veces terminan en la muerte.

Sulaco

Un territorio que clama por control

Lo que hoy se vive en Sulaco es, para muchos, un reflejo de lo que ocurre en otras zonas del departamento.

La sensación de abandono crece al mismo ritmo que la violencia, y el reclamo de los pobladores es claro: mayor presencia policial, acciones concretas y una respuesta que vaya más allá de operativos aislados.

Porque mientras el Estado intenta reaccionar, en el territorio la percepción es que el crimen va un paso adelante, ocupando espacios, imponiendo reglas y dejando a la población atrapada entre el miedo y la incertidumbre.

Sulaco ya no es solo el escenario de un crimen. Es otro punto en el mapa donde la violencia dejó de ser noticia para convertirse en forma de vida.

Y eso, en Yoro, empieza a repetirse demasiado.

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