Nicole Amador tenía apenas seis años cuando la violencia irrumpió en su casa. Axel Joseph Hernández Carcamo tenía nueve y caminaba hacia la escuela cuando fue asesinado. Gonzalo Corea Acosta también tenía nueve cuando desapareció y días después apareció muerto junto al cuerpo de otro niño que ni siquiera identificaron.
Eran niños en Honduras y tenían nombres, familias y sueños, pero formaron parte de una lista de víctimas que marcó una de las etapas más oscuras de la violencia en el país.
No eran nombres conocidos, tampoco ocuparon titulares nacionales todos los días. Eran niños y hace 16 años quedaron atrapados en un documento que hoy permite reconstruir esas historias.
En septiembre y octubre de 2008, Casa Alianza reunió decenas de casos de niños asesinados y jóvenes víctimas de muertes violentas.
Más que un informe estadístico, el documento fue un retrato de cómo la infancia comenzó a quedar en medio de una violencia que parecía no distinguir edades.
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Niños asesinados: cuando la violencia dejó de hacer distinciones
El informe registró que, únicamente entre septiembre y octubre de 2008, 78 menores de 23 años fueron asesinados.
Trece de ellos eran niños y adolescentes menores de 18 años.
Para entonces, la organización advertía que entre enero de 1998 y octubre de 2008 ya se contabilizaban 4,430 muertes violentas de niños, niñas y jóvenes menores de 23 años en Honduras.

Las casas, las calles y buses también se convirtieron en escenarios de muerte
El documento no solo registró víctimas, también describió un patrón: los niños asesinados y los jóvenes aparecían en grupos de dos o más personas.
Algunos eran atacados dentro de sus propias viviendas, otros los abandonaban en lugares solitarios y varios presentaban señales de haber sido privados de libertad antes de morir.
También hubo casos de menores ejecutados en barrios, colonias e incluso dentro de autobuses del transporte urbano.
Era una violencia que ya no respondía únicamente a conflictos aislados. Tenía formas repetidas y una sensación creciente de impunidad.

Los nombres que quedaron escritos en el informe
Nicole Amador tenía seis años. El informe señala que fue asesinada junto a sus hermanas dentro de su vivienda en el barrio La Isla, en La Ceiba.
Axel Joseph Hernández Carcamo tenía nueve años. Su nombre quedó registrado con una frase que todavía estremece: fue asesinado cuando iba hacia la escuela.
Daniel Antonio Euceda tenía diez años y murió junto a integrantes de su familia en Comayagua.
Javier Navarrete Hernández tenía catorce años y lo asesinaron junto a su primo y varios amigos en Colón.
Wilson Mariel Velásquez Mejía tenía dieciséis años. Jessica Isabel García Reyes, diecisiete. Franklin Roney Reyes Banegas, también diecisiete.
Todos forman parte de la misma lista que Casa Alianza reunió durante aquellos dos meses.
Y en octubre aparecieron Gonzalo Corea Acosta, de nueve años, y otro niño de aproximadamente doce años, hallados sin vida en La Ceiba tras haber sido reportados como desaparecidos.

La impunidad también quedó registrada
El informe concluía que la mayoría de los responsables nunca se identificaro y en el 87 % de los casos los autores figuraban como desconocidos.
Solo un pequeño porcentaje se atribuyó a pandilleros, policías u otros actores. Para Casa Alianza, el elemento común era la impunidad.
Hubo ausencia de respuestas efectivas frente a la violencia que golpeaba a niños y jóvenes.

Dieciséis años después, los nombres siguen hablando
El tiempo convirtió aquel documento en un archivo histórico, pero no borró los nombres que aparecen en sus páginas.
Nicole nunca llegó a cumplir siete años. Axel no volvió a entrar a su salón de clases. Gonzalo desapareció antes de terminar la infancia y Javier tenía catorce años.
Dieciséis años después, el informe recuerda que, antes de convertirse en cifras, fueron niños con familia, amigos, sueños y una vida que terminó demasiado pronto.
La violencia les arrebató el futuro; el documento evitó que también les arrebatara la memoria.
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