A los 25 años, Jorge Castellanos Oseguera trabaja intentando adelantarse a algo que no acepta horarios ni certezas: el estado del tiempo.
Desde el Centro de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos (Cenaos), analiza modelos, condiciones atmosféricas y señales que después pueden convertirse en un pronóstico del clima para millones de personas.
Pero detrás de expresiones aparentemente sencillas como “lluvias y chubascos” o “condiciones secas” existe una responsabilidad mucho mayor.
Un pronóstico puede servir para tomar decisiones ante una amenaza y, en situaciones críticas, convertirse en información relevante para determinar medidas de prevención o evacuación.
Ese es parte del peso que Castellanos carga mientras intenta descifrar una atmósfera que, en Honduras, puede cambiar rápidamente.
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Un joven y el clima, un cielo difícil de predecir
Castellanos nació el 2 de noviembre de 2000 en Tegucigalpa, aunque pasó sus primeros años en la aldea Guadalajara, en Morocelí, El Paraíso.
Su camino hacia la meteorología no comenzó mirando mapas del tiempo. De niño cavaba túneles, construía con arena y mezclaba sustancias mientras imaginaba que creaba “antídotos” y “medicinas”.
Años después llevó aquella curiosidad a la universidad y asumió un desafío poco común: estudiar simultáneamente Ingeniería Química Industrial y el Técnico Universitario en Meteorología en la UNAH.
En 2024 tuvo que pausar temporalmente Meteorología para terminar Ingeniería Química.
Actualmente también amplía su formación mediante un curso de Meteorología Básica de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) de España.
Pero hubo un episodio que lo empujó hacia el estudio de la atmósfera. Los huracanes Eta e Iota, que golpearon Honduras en 2020, expusieron nuevamente la vulnerabilidad del país ante los fenómenos naturales.
Para Castellanos, aquella experiencia reforzó el interés por comprender el comportamiento del tiempo y utilizar ese conocimiento para proteger vidas.

Cuando equivocarse también queda expuesto
La topografía hondureña agrega otra dificultad: montañas, valles, costas y numerosos microclimas pueden provocar que las condiciones sean diferentes incluso entre zonas relativamente cercanas.
Castellanos trabaja dentro de esa incertidumbre y cuando el cielo se comporta distinto de lo previsto, el error queda expuesto ante una población que exige respuestas.
Para el joven analista, las críticas forman parte del trabajo. Su desafío no consiste únicamente en revisar qué ocurrió.
Busca encontrar formas más sencillas de explicar a la población qué significa realmente un pronóstico y cuáles son sus márgenes de incertidumbre.
A eso se suma otro reto: comunicar frente a las cámaras. Una cosa es interpretar modelos y otra traducir esa información para una persona que necesita saber si puede viajar, si debe proteger su vivienda o si existe algún riesgo en su comunidad.
Honduras intenta anticiparse con limitaciones
Pero no todo depende del meteorólogo que aparece frente a una pantalla, Castellanos advierte que Honduras enfrenta obstáculos importantes para observar y estudiar su propia atmósfera.
Entre ellos menciona la limitada disponibilidad de observaciones en tiempo real, carencias de infraestructura tecnológica y poca investigación local para validar y mejorar los modelos utilizados en el país.
También señala desafíos dentro de Cenaos, como personal limitado, equipos computacionales que necesitan actualizarse.
Además de las dificultades para atraer profesionales altamente especializados debido a condiciones laborales y económicas poco competitivas.
La atmósfera puede cambiar más rápido de lo que los sistemas disponibles consiguen registrar, especialmente cuando aparecen sistemas convectivos de rápida evolución.
Por eso, mejorar un pronóstico del clima no pasa únicamente por exigirle precisión al meteorólogo.
También requiere estaciones de observación, capacidad informática, investigación científica y especialistas capaces de interpretar enormes cantidades de información.

Del laboratorio químico a las nubes
Su formación como ingeniero químico también terminó acompañándolo hasta el cielo.
Conceptos relacionados con el transporte de materia y el intercambio de energía, utilizados en procesos industriales, pueden ayudarle a interpretar fenómenos físicos que ocurren en la atmósfera.
Esa combinación de disciplinas también marca su postura frente a experimentos que Honduras ha comenzado a explorar, como la siembra de nubes.
Castellanos considera que esta técnica no puede sustituir soluciones estructurales para enfrentar los problemas de disponibilidad de agua.
También advierte que "existen dificultades científicas para determinar con precisión cuánto de una lluvia fue producto de procesos naturales y cuánto es por una intervención artificial".
Tener 25 años y aprender a convivir con la incertidumbre
Jorge Castellanos todavía tiene una larga carrera por delante, pero su trabajo ya lo coloca frente a decisiones donde los números dejan de ser únicamente números.
Detrás de una pantalla puede aparecer una tormenta en formación y detrás de un modelo puede estar una comunidad vulnerable.
Y detrás de cada pronóstico del clima hay personas esperando saber qué ocurrirá sobre sus cabezas.
Honduras, además, le impone una dificultad particular: un territorio montañoso, múltiples microclimas y una atmósfera tropical capaz de alterar rápidamente las condiciones previstas.
Castellanos intenta entenderla desde la ciencia, con 25 años, con una formación que mezcla química y meteorología y una responsabilidad que no se mide únicamente por acertar si caerá lluvia.
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