Antes de sentarse frente a fiscales estadounidenses y contar lo que sabía sobre el narcotráfico, Fernando Chang Monroy conoció el negocio desde un lugar privilegiado: los aviones que hacían posible mover toneladas de cocaína por el continente.
No habló solamente de historias que otros le contaron. Originario de Zacapa, el guatemalteco admitió ante la justicia estadounidense que compró dos avionetas en Estados Unidos y que posteriormente las vendió a narcos de Honduras y Colombia.
Una de aquellas aeronaves hizo una ruta que retrata la dimensión del negocio: Estados Unidos, Venezuela y Honduras.
El 27 de octubre de 2013, un Beechcraft King Air C90 llegó al estado Apure, en Venezuela, fronterizo con Colombia. Allí cargaron 1,000 kilos de cocaína, equivalentes a 2,204 libras.
La droga consiguió salir destino a Honduras. El cargamento, según el expediente judicial, llegó hasta el municipio de Limón, en Colón.
Chang Monroy no solo ayudó a poner el avión en manos de narcotraficantes la droga.
Según admitió posteriormente ante la justicia, recibió como pago un porcentaje de la venta de la droga.
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El narcotráfico y los aviones legales para un negocio ilegal
La operación mostró una de las piezas menos visibles del narcotráfico: antes de que la cocaína despegara desde una pista clandestina, alguien tenía que conseguir el avión.
Chang Monroy tenía 36 años cuando se declaró culpable en la Corte Federal de Distrito de Richmond. Admitió que, junto con otra persona, conspiró para comprar las aeronaves en Estados Unidos.
Una de ellas era el Beechcraft King Air C90, después de adquirirla, la revendió a un grupo de narcotraficantes hondureños que la utilizó para transportar cocaína desde Venezuela hacia Honduras.
Pero aquel avión no sobrevivió mucho tiempo al negocio. Tras completar la entrega del cargamento procedente de Venezuela, la red hondureña destruyó la aeronave.
El avión desapareció, pero la ruta dejó huellas.

Una segunda avioneta terminó bajo fuego
Chang Monroy volvió a participar en otra operación y esta vez se trató de un King Air E90, adquirido también en Estados Unidos y posteriormente vendido a narcos colombianos.
Los compradores incluso exigieron conocer primero las condiciones de aeronavegabilidad del aparato antes de pagar por él.
El 2 de marzo de 2014, la avioneta llegó nuevamente a Apure, Venezuela, pero esta vez el vuelo no salió.
Mientras cargaban aproximadamente 2,204 libras de cocaína, una aeronave de las Fuerzas Armadas venezolanas detectó la operación y atacó el avión cuando todavía estaba en tierra.
El King Air E90 quedó destruido y aquella operación terminó convirtiéndose en una pista para las autoridades estadounidenses.
DEA y FBI comenzaron a seguir el rastro
Después del episodio ocurrido en Venezuela, la DEA y el FBI comenzaron una investigación que alcanzó a Chang Monroy.
Las pesquisas reconstruyeron cómo las aeronaves se compraron en Estados Unidos y posteriormente se pusieron al servicio de organizaciones dedicadas al narcotráfico en Honduras y Colombia.
A Chang Monroy lo detuvieron el 10 de septiembre de 2015 en la zona 16 de Ciudad de Guatemala.
Posteriormente lo extraditaron a Estados Unidos, donde terminó frente a una corte federal, allí cambió el papel que desempeñó hasta entonces.
El hombre que conocía cómo se conseguían aviones, quiénes los compraban y para qué eran utilizados comenzó a colaborar con la justicia estadounidense.

De conocer las rutas a contar sus secretos
Su historia no terminó con la confesión sobre las dos avionetas, Chang Monroy pasó a convertirse en una pieza conocida dentro de expedientes del narcotráfico hondureño.
Apareció como testigo en procesos judiciales relacionados con hondureños acusados en Estados Unidos, incluidos casos vinculados a los hermanos Hernández Alvarado.
Sabía que detrás de un cargamento de cocaína no estaban únicamente quienes compraban o vendían la droga.
Había pilotos, pistas clandestinas, compradores de aeronaves, intermediarios y estructuras capaces de desaparecer los aviones después de completar las entregas.
Dos aviones comprados en Estados Unidos terminaron destruidos después de ser incorporados a operaciones de cocaína en América Latina.
El hombre que pasó al otro lado del estrado
Cuando Chang Monroy se declaró culpable ante la Corte Federal de Distrito de Richmond, enfrentó la posibilidad de recibir una severa condena por su participación en aquella conspiración.
Pero su nombre no quedó únicamente ligado a las avionetas, pasó de conocer los engranajes que permitían mover la droga a contar ante la justicia estadounidense lo que sabía sobre el narcotráfico y sus protagonistas.
Su recorrido ayuda a entender algo que rara vez aparece cuando una narcoavioneta la abandonan o destruyen en una pista clandestina de Honduras: el vuelo comienza mucho antes de que el aparato toque tierra.
Alguien consigue la aeronave, alguien pone el dinero, alguien conecta al comprador y alguien organiza la ruta y espera la cocaína.
Chang Monroy conoció esa cadena desde dentro, primero ayudó a poner los aviones en el aire; después contó sus secretos ante la justicia.
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