El teléfono suena en la central del 911. Al otro lado, una voz temblorosa murmura: “Me golpeó otra vez, pero esta vez tengo miedo de que me mate” clama una mujer víctima de violencia doméstica.
Esa llamada, es una de las miles que se reciben en Honduras cada semana. Forman parte de una estadística que crece de forma silenciosa, entre susurros y gritos contenidos.
Del 1 de enero al 28 de febrero de 2025, el Sistema Nacional de Emergencia 911 registró 5,921 denuncias por violencia doméstica y 7,221 por maltrato familiar en todo el país.
Desde el año 2016, el Centro de Derechos de Mujeres documenta cada una de esas llamadas que no solo buscan ayuda, sino que representan un grito desesperado por sobrevivir.
Pero detrás de los números hay historias que no siempre logran contarse. Historias de mujeres que, aun con el rostro herido o el alma rota, prefieren callar porque temen represalias, desconfían del sistema o simplemente no saben a quién acudir.

Los departamentos que más denuncian
Las cifras dejan ver con claridad un patrón geográfico: Cortés encabeza las denuncias por violencia doméstica con 1,271 casos, seguido muy de cerca por Francisco Morazán (1,265) y luego Yoro (442).
En maltrato familiar, el orden cambia levemente: Francisco Morazán lidera con 1,148 denuncias, luego Cortés con 1,010 y Yoro con 540.
Para Migdonia Ayestas, directora del Observatorio de la Violencia de la UNAH, esta concentración de denuncias se debe en parte a que “estos departamentos tienen mayor densidad poblacional, actividad comercial intensa y un flujo migratorio constante”.
Pero añade una advertencia: no significa que en otros departamentos no exista violencia, sino que no se denuncia.

El silencio de las regiones más aisladas
Mientras los grandes centros urbanos reportan miles de casos, Colón y Gracias a Dios apenas registran 39 denuncias cada uno.
No es que allí no haya violencia. La realidad, según organizaciones feministas, es mucho más compleja: el silencio domina en las comunidades más aisladas y el acceso a canales de denuncia es limitado.
“El miedo, la dependencia económica y la normalización de la violencia hacen que muchas mujeres ni siquiera consideren llamar”, denuncian.
Entre golpes, miedo y silencio
En el Módulo de Atención Integral Especializada (MAIE), en Tegucigalpa, cada jornada es una muestra cruda de la realidad: entre seis y 13 personas llegan a denunciar a sus parejas o parientes por violencia.
“También recibimos casos de maltrato a adultos mayores por parte de sus hijos o nietos, y denuncias por delitos sexuales, especialmente contra menores”, relata una investigadora de la Policía.
A veces las mujeres llegan solas, con lágrimas. Otras veces llegan acompañadas por una hermana o una vecina.
Y en los casos más graves, entran con un policía al lado. Pero también están las que nunca llegan.
La otra cara: las que no denuncian
Las organizaciones de mujeres coinciden: las cifras oficiales apenas muestran una punta del iceberg.
“¿Cuántas mujeres viven violencia todos los días y no lo dicen? ¿Cuántas lo consideran algo normal? ¿Cuántas sienten que no vale la pena denunciar porque nadie les cree?”, se preguntan con indignación.
El problema, dicen, no es solo cultural, sino institucional. La falta de seguimiento a los casos, la revictimización, los jueces que minimizan las agresiones y la impunidad alimentan un sistema donde muchas veces la víctima vuelve a su casa… con el agresor.
Un país que debe aprender a escuchar a tiempo
La violencia doméstica y el maltrato familiar no son problemas privados, ni asuntos “de pareja”. Son delitos. Son urgencias. Son gritos que, si no se escuchan a tiempo, terminan en tragedia.
Más de 13,000 denuncias en dos meses deberían bastar para encender todas las alarmas.
Pero las cifras, por sí solas, no cambian realidades. Lo que transforma es el compromiso: el de las instituciones para proteger, el de las comunidades para no callar, y el de una sociedad entera para escuchar sin juzgar y actuar sin demoras.
Porque cada vez que una mujer llama al 911, no está exagerando: está pidiendo ayuda para sobrevivir.
