Josué vive en el barrio Buenos Aires del Distrito Central y cada vez que oscurece, relata, cuenta los disparos. A veces cinco, otras diez. En ese lugar, la guerra no es abstracta: tiene nombre, apodos y cruces marcadas en las paredes.
Según informan investigadores policiales, 'El combo que no se deja' y la Pandilla 18 libran una disputa mortal por el control de El Picachito y Buenos Aires.
La violencia deja homicidios y atentados, como el perpetrado contra Luis Oliva, alias “Frutero”, integrante del Combo, quien sobrevivió a un intento de ejecución por parte de la 18.
Los pobladores lamentan que a los responsables no los capturan, la presencia policial no basta y el miedo ya se instaló, por lo que piden a las autoridades actuar.
Órdenes de muerte
En el sector de Belén en Comayagüela, los homicidios recientes, según revela un agente a tunota.com, obedecen a ajustes de cuentas y extorsiones.
Pero lo más alarmante es el nivel de planificación: las órdenes, según refieren, salían directamente de centros penales por líderes de la Pandilla 18.
Uno de los casos más atroces ocurrió en la colonia Hábitat, donde un cabecilla de la Pandilla 18 ordenó la violación de una mujer y la muerte de dos personas sin autorización.
Esta acción, cometida sin el aval de los líderes, generó tensión interna. Ahora, según fuentes, esa misma estructura contempla eliminarlo por actuar por cuenta propia.
Otro caso que reportan es un triple homicidio que, según identificaron las autoridades, fue ejecutado por la MS-13 en la colonia El Diamante en contra de la 18.
Por estas muertes, las comunidades viven en tensa espera. Temen una respuesta violenta de la pandilla afectada, que busca vengar la caída de sus integrantes, según aseguran los pobladores.
Aunque la Policía mantiene patrullajes en la zona, la realidad es cruda: cuando estas estructuras criminales deciden atacar, poco pueden hacer para detenerlas.
La violencia entre ellas es como una ola que avanza, difícil de contener y siempre con saldo trágico.

La violencia
Hay otra cara del conflicto: los asesinatos entre miembros de la misma Pandilla 18 por dinero mal entregado, cuentas sin cuadrar o por robo de plazas de droga.
La tensión sigue creciendo, pues pobladores aseguran que la Pandilla 18 busca vengar la muerte de tres de sus miembros, asesinados por la MS-13 y cuyos cuerpos fueron abandonados en el sector de La Cañada.
Vecinos de la colonia 15 de Septiembre claman por mayor seguridad ante el aumento diario de robos que los mantiene en constante zozobra.
Se sienten indefensos. También urgen patrullajes a pie en zonas críticas como El Pedregal, identificado como uno de los principales puntos rojos en el mapa del crimen.
Villanueva
En el sector de Villanueva la violencia es más sofisticada. Se registran homicidios planificados desde la prisión, según investigadores.
El foco rojo se intensifica en las zonas donde convergen estructuras de la Pandilla 18 y la MS-13.
En esas fronteras invisibles, los asesinatos se volvieron constantes y la violencia, una amenaza diaria para quienes habitan en medio del conflicto.
También, la libertad de algunos líderes de la MS en zonas como Nueva Suyapa mantiene en alerta a las comunidades.
Su permanencia en las calles, aseguran, podría detonar nuevos actos de violencia, especialmente en contextos marcados por venganzas pendientes y disputas por el control del territorio.
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Dominio criminal
El Distrito Central ya no es solo la capital política de Honduras. Es un territorio marcado por fronteras invisibles trazadas a punta de plomo.
Cada zona tiene su propio infierno: desde vendedores que no son lo que parecen, hasta órdenes de violación salidas de una celda.
En medio del miedo que los envuelve, muchos pobladores mantienen viva una esperanza: que con el traslado de privados de libertad a cárceles de máxima seguridad, disminuya la violencia que asfixia sus barrios.
Esperan que cesen las muertes ordenadas desde celdas, que los hilos del crimen se debiliten y que sus comunidades puedan, al fin, recuperar algo de la paz que les arrebataron.
La violencia se mueve, se transforma, se adapta en el Distrito Central. Los rostros cambian, pero el miedo permanece.
Y mientras el Estado reacciona con patrullajes y operativos, las maras y pandillas redibujan el mapa del terror.
Porque en Tegucigalpa y Comayagüela, la guerra no termina. Solo cambió de forma.
