La madrugada del 31 de agosto de 2010 no solo asesinaron a un jefe policial en La Lima, Cortés. A Walter Romero, también lo silenciaron.
Fue uno de los investigadores que, según las propias autoridades de aquella época, se convirtió en un obstáculo para estructuras ligadas al narcotráfico, el tráfico de armas y las bandas criminales que operaban en el norte de Honduras.
Dieciséis años después, el expediente todavía arrastra preguntas sin respuesta, hipótesis enterradas y una frase que resume el fondo del crimen:
“Walter Romero era un obstáculo para que determinada organización criminal continuara con la venta de drogas y armas”.
Eso es lo único que quedó escrito oficialmente sobre el posible motivo del asesinato del entonces jefe departamental de la desaparecida Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) en Cortés.
Pero detrás de esa línea existe una historia más oscura.
De interés: En emboscada matan a policía en la colonia Divanna de Comayagüela
Walter Romero, el policía que tocó estructuras criminales
Walter Iván Romero Alvarenga no era un agente cualquiera. Dentro de la Policía lo recuerdan como un investigador insistente, activo y obsesionado con cerrar casos.
Sus últimos meses estuvieron marcados por operativos de alto impacto en el Valle de Sula y la zona norte del país, territorios donde el narcotráfico, el robo de vehículos, las pandillas y las bandas de sicarios disputaron control, rutas y poder.
Romero participó en el decomiso de 500 kilos de cocaína ocultos en una volqueta, en capturas de supuestos sicarios ligados al crimen organizado y en operativos contra bandas dedicadas al robo de carros y tráfico de armas.
También dirigió allanamientos en yonkers donde encontraron vehículos robados y coordinó acciones contra estructuras vinculadas a la Mara Salvatrucha y Barrio 18.
Pero hubo un caso que empezó a marcarlo. Según las investigaciones preliminares y declaraciones brindadas por fiscales en aquel momento, Walter Romero se negó a recibir dinero para dejar pasar un camión cargado con armas y que finalmente fue decomisado en La Lima.
Esa decisión comenzó a rodearlo de amenazas. “La otra causa sería la venganza por ejecutar bien su trabajo, ya que era muy acucioso y ágil y eso era un obstáculo para el crimen organizado”, declaró entonces la fiscal Marlen Banegas, asesinada en octubre de 2014.

La noche en que lo emboscaron
La Lima dormía cuando lo mataron. Eran cerca de la una de la madrugada y Walter Romero se encontraba en la calle del Comercio, a pocas cuadras del parque central del municipio.
Salió a visitar familiares y conocidos y se encontraba dentro de su vehículo, un Isuzu pick up cabina y media. El motor seguía encendido y las luces también.
Según el expediente y los relatos policiales, Romero conversaba con algunas personas cuando una camioneta Nissan Frontier negra apareció en la escena.
Dos hombres bajaron armados, no hubo discusión, ni advertencia, solo disparos. Los atacantes descargaron ráfagas de AK-47 y pistolas nueve milímetros contra el vehículo donde estaba el inspector policial.
En la escena quedaron cerca de 40 casquillos. El cuerpo de Romero terminó irreconocible por las heridas en el rostro, la cabeza, el tórax y los brazos.
El expediente que nunca cerró las dudas
Desde el inicio, el crimen tuvo aroma a represalia y las autoridades manejaron múltiples hipótesis ligadas a investigaciones de narcotráfico, pero también al tráfico de armas y estructuras criminales que Romero golpeó durante su paso por la DNIC en Cortés.
La entonces coordinadora regional del Ministerio Público sostuvo públicamente que el asesinato estaba ligado al crimen organizado y específicamente al narcotráfico.
Pero con el paso de los años, la investigación comenzó a reducirse. Aunque cuatro personas fueron acusadas por el asesinato, el expediente judicial nunca logró establecer quién ordenó el crimen ni qué estructura criminal estuvo detrás de la ejecución.
Al final, el requerimiento fiscal terminó vinculando el caso a otro asesinato investigado por Romero y no a las líneas más delicadas relacionadas con narcotráfico y armas.
Los nombres de los supuestos autores intelectuales nunca aparecieron, el crimen terminó atrapado entre hipótesis, silencios y cabos sueltos.

Un mensaje de sangre
El asesinato de Walter Romero ocurrió cuando el Valle de Sula empezó a convertirse en uno de los territorios más violentos del país.
Matar a un jefe de investigación con fusiles de guerra en pleno centro de La Lima no fue un hecho aislado.
Fue un mensaje para quienes investigaban, para los que decomisaban droga y para quienes tocaban cargamentos de armas.
Romero tenía apenas seis meses al frente de la jefatura departamental de la DNIC en Cortés cuando lo asesinaron.
Años después, el crimen recuerda que hubo policías que enfrentaron estructuras criminales y terminaron muertos antes de conocer quién dio la orden para asesinarlos.
Lea también: A machetazos matan a policía hondureño cuando atendía denuncia por escándalo público
