En municipios de Yoro, la noche ya no significa descanso ni calma, sino una señal silenciosa de resguardo, una advertencia que recorre las calles antes de que el sol termine de esconderse y que obliga a las familias a encerrarse, a bajar las cortinas y a reducir su vida a lo esencial para evitar convertirse en la próxima historia que se cuente en voz baja.
No hay patrullas anunciando toque de queda ni decretos oficiales que limiten la movilidad, pero en la práctica el efecto es el mismo: los pobladores terminaron por imponerse su propio estado de sitio.
Aseguran que es la única forma de resistir en un territorio donde, el miedo tiene nombre y apellido: el de Esteban Gumercindo Ferrera Rodas, conocido como “El Diablo”.
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Yoro y el miedo que se mete en la rutina
“Nos tocó irnos. Después de que mataron a mis dos hermanos, entendí que si me quedaba iba a ser el siguiente”, cuenta un poblador que abandonó su comunidad en Yoro.
Ahora habla desde la distancia, con la voz contenida de quien no solo dejó su casa, sino también la vida que conocía.
Su historia no es aislada, sino parte de un patrón que se repite entre quienes optaron por huir antes de quedar atrapados en una violencia que, aseguran, se intensificó en los últimos meses y que terminó por infiltrarse en cada aspecto de la vida cotidiana.
Como él, otros han tomado el mismo camino. Han dejado casas, trabajos y vínculos atrás para escapar.
En esos pueblos, salir ya no es una acción simple. Es un cálculo, es medir rutas, horarios, miradas. Es preguntarse si vale la pena exponerse o si es mejor esperar, quedarse, no arriesgar.

El silencio que protege y condena
Los que se quedan han aprendido a hablar menos, a observar más y a evitar cualquier situación que pueda interpretarse como un riesgo innecesario.
“Uno ya no pregunta, uno ya no se mete en nada. Aquí lo mejor es quedarse callado”, dice otro habitante que aún permanece en la zona y que prefiere no dar detalles que lo identifiquen.
Ese silencio no es natural, es impuesto por las circunstancias, es una forma de protección, pero también una carga que se acumula, porque obliga a convivir con el miedo sin poder nombrarlo en voz alta.
Algunos pobladores describen una realidad compleja, donde el temor convive con la resignación y, en ciertos casos, con una percepción de poder que logró consolidarse en medio de esa ausencia de confrontación.

Desconfianza que deja a la gente sola
El miedo no solo está en las calles, también está en la relación con las instituciones. “No confiamos en la Policía. Si no mandan grupos de otras zonas a operar aquí, nunca atraparán a esta banda”, asegura una pobladora que también huyó.
Esa desconfianza se repite entre quienes salieron de la zona, ellos coinciden en que la sensación de desprotección fue un factor determinante para tomar la decisión de huir.
Sin confianza en la autoridad y con el miedo instalado en la vida diaria, las comunidades quedan atrapadas en una especie de limbo donde sobrevivir depende más de las decisiones individuales que de una protección efectiva.
Vivir encerrados para seguir con vida
En Yoro, la violencia no solo deja muertos, también deja pueblos que dejan de vivir como antes.
El nombre de “El Diablo” circula en conversaciones en voz baja, en advertencias entre vecinos y en decisiones cotidianas que antes no existían, marcando una línea invisible que divide lo que se puede hacer de lo que es mejor evitar.
Porque en estos poblados, donde antes la noche era parte de la normalidad, hoy es el momento en que todo se detiene.
Y en ese silencio, en esas calles vacías y en esas puertas cerradas, lo que realmente se impone no es solo el miedo, sino una forma de vida que nadie eligió, pero que muchos adoptaron para no morir.
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