Juana España López nunca imaginó que un viaje de visita familiar a Portland terminaría en uno de los capítulos más oscuros de su vida. A sus 71 años, viajó desde Honduras con una visa válida y un boleto de regreso a casa, pero la arrestó ICE en junio junto a su hija Jackie Merlos en la frontera con Canadá.
“Yo quedé tan traumada… me pegan pesadillas que estoy allí”, contó tras recuperar su libertad. Durante su encierro, la presión arterial le subió a 180 y tuvo que recibir atención médica.
Una reunión familiar convertida en pesadilla por ICE
La hondureña y su hija llegaron al parque Peace Arch, en Blaine, Washington, para reencontrarse con otro miembro de la familia.
Lo que debía ser un momento de alegría se convirtió en angustia cuando agentes de ICE los confrontaron y se llevaron detenidos a la abuela, a Jackie y a los cuatro hijos pequeños de ella, todos ciudadanos estadounidenses.
Aunque a los niños los liberaron dos semanas después, la experiencia dejó huellas imborrables.
“Ella sufre por esos niños”, dice Juana sobre su hija, quien continúa tras las rejas.
Jackie Merlos sigue detenida en Estados Unidos
Mientras la abuela logró salir de prisión a inicios de septiembre, Jackie Merlos permanece detenida sin que se expliquen los motivos.
Los cargos iniciales de “tráfico de extranjeros” fueron retirados en julio, pero no fue puesta en libertad.
“Yo la consolaba a ella: ‘Hija, no se preocupe, ya vamos a salir de aquí’”, recuerda Juana.
Sin embargo, esa promesa sigue inconclusa para su hija, que continúa separada de sus niños.
Denuncias contra el sistema migratorio
El caso encendió alarmas en legisladores de Oregón y Washington, quienes condenaron el trato recibido por la familia.
La congresista Maxine Dexter subrayó la contradicción: ICE gastó más de 15,000 dólares en detener a una mujer de 71 años que cumplió las normas migratorias.
“Esta crueldad calculada está diseñada para maximizar las ganancias y deshumanizar a nuestros vecinos”, declaró, denunciando que las cárceles privadas lucran con el sufrimiento humano.
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El trauma que no se borra
Hoy, Juana España López está de regreso en Portland, pero el dolor no termina. Vive con el recuerdo de las noches frías, la comida enlatada y la incertidumbre diaria de si volvería a ver a su familia libre.
“El trauma no se quita”, repite. Una frase que resume el costo humano de un sistema migratorio que convirtió un viaje familiar en meses de encierro.
