Hace poco más de una década los narcodrones eran apenas 150, después fueron miles. Para 2024, los sistemas de detección registraron 37,423 vuelos de drones cerca de las fronteras de Estados Unidos.
No todos eran del narco, pero detrás de una parte de ese enjambre existe un negocio que aprendió rápido a sacar provecho de una tecnología pequeña, barata y difícil de perseguir: los narcodrones.
Primero sirvieron para vigilar policías y movimientos en la frontera, después comenzaron a cargar droga.
Y en algunos territorios controlados por organizaciones criminales dieron un salto todavía más inquietante: fueron adaptados para participar en ataques.
El viejo narcotráfico de avionetas, lanchas y camiones encontró otra herramienta.
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De 150 "narcodrones" a decenas de miles de vuelos
La transformación ocurrió rápidamente y las autoridades mexicanas advertían desde 2010 sobre el empleo de aeronaves pilotadas a distancia por organizaciones criminales.
Estados Unidos comenzó a documentar el problema poco después y entre 2012 y 2014 fueron detectados aproximadamente 150 drones cruzando la frontera entre México y Estados Unidos, según información recopilada posteriormente por la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE).
Parecía una cifra pequeña, pero dejó de serlo y durante 2022, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos registró 10,000 incursiones de drones solamente en el sector del Valle del Río Grande, en Texas.
Y para 2024 el cielo fronterizo estaba todavía más congestionado. Los datos presentados ante el Congreso estadounidense por la empresa especializada en detección Dedrone señalaron que sus sistemas registraron aproximadamente 37,423 vuelos cerca de las fronteras estadounidenses durante parte del año fiscal 2024.
De ellos, más de 2,492 habrían cruzado ilegalmente la frontera. Las cifras no significan que los 37,423 aparatos pertenecieran a organizaciones narcotraficantes. Incluyen vuelos de distinta naturaleza.
Pero otro dato revela por qué las autoridades están preocupadas es porque entre el 1 de octubre y el 16 de noviembre de 2024, sensores de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza registraron más de 6,900 vuelos de drones a menos de 500 metros de la frontera.
La inteligencia de CBP vinculó una proporción importante de esa actividad con operaciones ilícitas y el narco ya no necesita tener todos sus ojos en tierra.

Pequeños cargamentos y muchos viajes
Los narcodrones tienen una debilidad evidente: no pueden reemplazar un barco cargado de cocaína ni una avioneta transportando cientos de kilos.
Pero esa tampoco parece ser su misión y según la JIFE los drones utilizados directamente por traficantes suelen recorrer distancias cortas y transportar cargas de hasta unos pocos kilogramos.
Para el crimen organizado eso abre otra posibilidad: mover cantidades pequeñas sin exponer directamente a una persona durante el cruce.
En diferentes partes del mundo interceptaron aparatos relacionados con el transporte de sustancias como heroína y metanfetamina, mientras los drones también aparecen asociados a operaciones vinculadas con otras drogas.
El paquete puede ser pequeño y la ventaja está en poder repetir el viaje.
De mensajeros a ojos del narcotráfico
Transportar droga es apenas una parte del negocio, los drones también permiten observar.
Organizaciones criminales los utilizan para vigilar carreteras, movimientos policiales y operaciones de las fuerzas de seguridad, especialmente en zonas fronterizas.
Un aparato elevado sobre determinada área puede proporcionar información sin obligar a un vigilante a permanecer físicamente en el lugar.
Eso cambió uno de los oficios más viejos del narcotráfico: el del hombre encargado de avisar cuando aparecía la Policía; el vigilante ahora también puede tener hélices.

El salto más peligroso: drones para atacar
La evolución tecnológica no terminó con transportar paquetes o vigilar autoridades. En México por ejemplo -especialmente en estados golpeados por las disputas entre organizaciones criminales-, las autoridades documentan el empleo de drones modificados para lanzar artefactos explosivos.
Michoacán se convirtió en uno de los territorios donde este fenómeno encendió las mayores alarmas.
El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) ha sido señalado por autoridades mexicanas por incorporar drones dentro de sus enfrentamientos contra grupos rivales y fuerzas de seguridad.
Así, un aparato comercial creado para grabar imágenes es otra herramienta dentro de la guerra entre organizaciones criminales. El salto es enorme.

¿Y Honduras?
Para Honduras el fenómeno todavía no tiene la dimensión documentada en la frontera entre México y Estados Unidos.
Pero hay una razón para observarlo, el país forma parte del corredor utilizado durante décadas para movilizar cocaína procedente de Sudamérica hacia Guatemala, México y finalmente Estados Unidos.
Las rutas cambian muchas veces y cuando aumentó la vigilancia aérea, aparecieron pistas clandestinas en lugares remotos.
Cuando se reforzaron determinados controles terrestres, el tráfico encontró nuevos caminos y escondites.
Los drones representan otra posible adaptación y no existe evidencia pública que permita afirmar que Honduras enfrenta actualmente miles de vuelos de narcodrones ni una estructura comparable con la detectada en México.
Pero el fenómeno regional deja una advertencia: la tecnología que hoy parece marginal puede multiplicarse rápidamente.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en la frontera norte.
Primero fueron 150 drones detectados entre 2012 y 2014. Después llegaron 10,000 incursiones en un solo sector durante 2022. Y en 2024, sistemas especializados contabilizaron 37,423 vuelos cerca de las fronteras estadounidenses, aunque no todos estuvieran relacionados con el narcotráfico.
La cifra importa por lo que muestra detrás, mientras policías y militares buscan cargamentos en carreteras.
Además en las costas y pistas clandestinas, el crimen organizado lleva años explorando una ruta diferente.
Una que no necesita abrir caminos entre montañas ni dejar huellas sobre la tierra, porque una parte del negocio del narco ya aprendió a volar.
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