Durante años, las calles del barrio Tenderloin, en San Francisco, California, fueron escenario de un negocio del narco que alimentó de heroína, metanfetamina, cocaína y crack.
Mientras los vendedores callejeros exponían el rostro visible del narcotráfico, detrás de ellos operaron personas encargadas de mantener la maquinaria en funcionamiento.
Entre ellas figuraba el hondureño Jorge Viera Chirinos, quien, según autoridades estadounidenses, no era un simple distribuidor.
Su función consistía en abastecer de droga a quienes la revendían en las calles y garantizar que esos vendedores tuvieran dónde vivir para permanecer cerca de los puntos de distribución.
Ese papel le valió un lugar dentro de una investigación federal que terminó con una acusación contra una estructura integrada por 14 personas vinculadas al tráfico de drogas en una de las zonas más problemáticas de San Francisco, California.
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El hombre que operaba detrás de las esquinas del narco
Según documentos judiciales estadounidenses, Jorge Viera Chirinos formó parte de una conspiración dedicada al tráfico de heroína, metanfetamina, cocaína y pasta base entre junio de 2018 y agosto de 2019.
A diferencia de quienes vendían directamente al consumidor final, su trabajo se desarrollaba en un nivel menos visible.
Se estableció que ayudó a conseguir alojamiento para vendedores callejeros que compraban droga a él y a otros miembros de la organización para luego distribuirla en Tenderloin.
Tenderloin es un barrio conocido por la presencia abierta de mercados de drogas y personas con problemas de adicción.

La logística detrás del negocio
Las autoridades describieron a Viera como un coordinador dentro de la estructura y su función era garantizar que hubiera producto disponible para abastecer la demanda diaria.
Los fiscales también lo señalaron de cobrar una especie de "renta" a quienes operaban en las calles.
Esa es una práctica que reflejó el control que ciertos miembros de la organización ejercían sobre el territorio y la actividad de distribución.
En otras palabras, el negocio no solo dependía de la venta de droga, sino también de una red de apoyo logístico.
La caída de la estructura
El 29 de julio de 2019, a Viera lo arrestaron autoridades estadounidenses y un mes después, un gran jurado federal presentó una acusación formal contra él y otros integrantes de la organización por tráfico de grandes cantidades de heroína, metanfetamina, cocaína y crack.
El proceso judicial del narco avanzó mientras los investigadores profundizaron en el funcionamiento de la red.
Sin embargo, el caso dio un giro inesperado en 2020.

La fuga hacia Honduras
Mientras enfrentaba el proceso en libertad bajo fianza, Jorge Viera abandonó Estados Unidos y viajó a Honduras, violando las condiciones impuestas por la corte.
La fuga lo convirtió en prófugo de la justicia estadounidense y durante varios años permaneció fuera del alcance de las autoridades hasta que fue localizado en el departamento de Olancho.
Su captura abrió el camino para un proceso de extradición solicitado por Estados Unidos.
Finalmente, Honduras autorizó su entrega y Viera fue trasladado nuevamente a territorio estadounidense en 2024 para responder ante los tribunales.
La confesión y la condena
El 16 de octubre de 2024, Jorge Viera Chirinos se declaró culpable de conspirar para distribuir y poseer con intención de distribuir heroína, metanfetamina, cocaína y cocaína base.
La admisión de responsabilidad cerró años de investigación y litigio en este caso del narco que involucró hondureños.
El juez federal Charles Breyer lo condenó a 82 meses de prisión, (seis años y 10 meses) por su participación en la organización.
La sentencia cerró la historia judicial del hondureño que, no construyó su poder desde las esquinas, sino desde la logística que mantenía vivo el negocio.
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