A las 8:00 de la noche de este 25 de abril en Roma (12 del mediodía en Honduras), la Basílica de San Pedro, que tantas veces acogió las palabras y gestos del papa Francisco, se convirtió en un recinto de silenciosa despedida.
En el Altar de la Confesión, bajo el imponente baldaquino de Bernini, el rito de clausura del féretro del papa se llevó a cabo lejos de los reflectores, pero cargado de emoción y simbolismo.
El cardenal camarlengo, Kevin Joseph Farrell, presidió el acto íntimo, acompañado de algunos familiares cercanos del Pontífice, que, con discreta presencia, fueron testigos del último gesto de la Iglesia hacia quien fue su guía y servidor.
El rito: una despedida que trasciende el tiempo
Siguiendo el Ordo Exsequiarum Romani Pontificis, el protocolo centenario para el último adiós a un Papa, se leyó solemnemente el Rogito.
Este documento, redactado en latín, plasmó la vida, las obras y la huella de Jorge Mario Bergoglio, quien eligió llamarse Francisco y caminar junto a los más humildes.
Tras su lectura, el Rogito se selló dentro de un tubo metálico, marcado con el emblema de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, y se colocó en el interior del féretro junto a las monedas y medallas que fueron acuñadas a lo largo de su pontificado.

Un velo blanco para cubrir un rostro de esperanza
En uno de los momentos más conmovedores, un velo blanco se extendió cuidadosamente sobre el rostro del papa.
El gesto, lleno de ternura y respeto, simbolizó la paz del pastor que, tras años de servicio, descansaba en la Casa del Padre.
Luego, el féretro se cerró, llevó en su superficie la cruz, el escudo papal y una placa grabada con su nombre, sus años de vida terrenal y el tiempo de su ministerio en la sede de Pedro.
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Una vigilia de amor y fe
La celebración concluyó a las 900 de la noche, pero la presencia espiritual no se extinguió.
Durante toda la noche, el Capítulo de San Pedro permaneció en oración y vigilia junto al cuerpo del Pontífice.
Cada oración en la penumbra fue un susurro de gratitud, una lágrima silenciosa, un acto de amor hacia el papa que enseñó que ser grande era ser pequeño entre los pequeños.
El silencio de San Pedro no fue de muerte, sino de vida eterna. El rito privado, aunque alejado de las multitudes que tanto amaron a Francisco, fue la expresión más profunda del respeto.
También de esa fe que deja un hombre que no buscó grandeza, sino hermandad. Mientras las oraciones llenaron la noche romana, el legado de Francisco comenzó a sembrarse en el corazón de quienes, como él, creen que el amor es la última palabra.
