Cuando Deborah McCullough encuentra una Biblia cubierta de polvo, un juguete infantil abandonado o un cuaderno con oraciones escritas a mano en medio del desierto de Arizona, no ve simples objetos olvidados. Ve rastros de vidas de migrantes que atravesaron kilómetros de calor, miedo e incertidumbre con la esperanza de llegar a Estados Unidos.
Desde hace más de 13 años, esta artista estadounidense recorre las mismas rutas que utilizan miles de migrantes para cruzar la frontera.
Camina por senderos escarpados, visita centros de detención y participa en labores humanitarias en una de las zonas más peligrosas para quienes intentan llegar al norte.
En cada recorrido encuentra algo distinto. Una mochila desgastada, una fotografía familiar, un portabebés, una manta o una carta.
Son objetos que para muchos podrían parecer basura, pero que para ella son testimonios silenciosos de una travesía marcada por la necesidad y el sacrificio.
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Migrantes y el desierto como archivo de memoria
El sur de Arizona es un inmenso archivo al aire libre de la migración. Allí quedan esparcidos los objetos que los viajeros abandonan cuando el cansancio, el peso o la urgencia los obliga a seguir adelante.
McCullough comenzó a reunir esos artículos en 2013, cuando fue invitada a participar en una cumbre sobre inmigración organizada por la Diócesis de Tucson.
Lo que inició como un proyecto artístico terminó convirtiéndose en una misión personal.
Con el tiempo, las piezas recolectadas comenzaron a formar parte de exposiciones que buscan acercar al público a una realidad que suele reducirse a estadísticas, debates políticos o discursos electorales.
Su obra más conocida, “Un viaje de esperanza: Vía Crucis”, se construyó con objetos encontrados a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México.
Las catorce estaciones recrean el sufrimiento, la fe y la resistencia de quienes emprenden el camino migratorio.

La historia que cambió su mirada
Entre todas las experiencias acumuladas durante años, hay una que sigue acompañándola.
Fue el caso de Lucresia, una migrante cuya muerte impactó profundamente a la artista.
McCullough asistió a su funeral y allí conoció a César, el padre de la joven, quien había pasado semanas recorriendo el desierto en busca del cuerpo de su hija.
La escena quedó grabada en su memoria, el hijo de Lucresia no pudo asistir porque no obtuvo una visa. Su madre tampoco logró viajar debido a las limitaciones económicas de la familia.
Mientras observaba el dolor de quienes despedían a la joven, McCullough no pudo evitar hacerse una pregunta: ¿qué sentiría si la persona enterrada fuera su propia hija?
Aquella reflexión dio origen a una de sus obras más personales: “La madre de Lucresia”.

Los objetos que hablan
Las piezas que Deborah conserva en su casa provienen de distintos países de América Latina, incluidos numerosos migrantes hondureños.
Entre ellas hay Biblias marcadas con nombres, fotografías familiares, mensajes escritos a mano, cepillos de dientes, mochilas, zapatos destruidos por las caminatas y pequeños recuerdos que alguna vez acompañaron a alguien durante el viaje más importante de su vida.
Cada objeto plantea una pregunta imposible de responder por completo: ¿quién lo llevaba?, ¿logró llegar?, ¿regresó a casa?, ¿sobrevivió al desierto?
Para la artista, la respuesta exacta importa menos que el reconocimiento de la humanidad detrás de cada pertenencia.
Su intención no es alimentar el debate político. Busca algo más simple y, al mismo tiempo, más difícil: que las personas recuerden que detrás de cada cifra migratoria existe un ser humano.

Más allá de la frontera
A lo largo de los años, McCullough también ha viajado a México, Guatemala, El Salvador y Colombia para comprender las razones que empujan a miles de personas a abandonar sus hogares.
Las historias que escucha tienen distintos matices, pero suelen compartir un mismo punto de partida: la búsqueda de una vida mejor.
Por eso insiste en que los objetos encontrados en el desierto no representan únicamente pérdidas materiales. Son fragmentos de sueños, miedos y esperanzas que quedaron atrás durante el trayecto.
Mientras el debate migratorio divide opiniones en ambos lados de la frontera, Deborah McCullough sigue caminando por los senderos de Arizona.
Allí, bajo el sol implacable del desierto, recoge lo que otros dejaron atrás para recordar que detrás de cada mochila abandonada hubo una persona que alguna vez creyó que el camino hacia Estados Unidos podía cambiar su destino.
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